Don Quijote
Capítulo 45

La gran pelea de todos contra todos y la orden de arresto

Espanhol B1 Intermédio
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El barbero estaba furioso porque don Quijote seguía diciendo que su plato era un casco mágico. El cura, don Fernando, Cardenio y el juez decidieron seguirle la corriente a don Quijote para reírse un poco.

Señor barberodijo el cura, aguantando la risa—, es evidente que esto es un yelmo (casco militar), aunque le falte una parte.

—¡Claro que ! —afirmó don Fernando.

El pobre barbero se quedó con la boca abierta.

—¡Por Dios! —exclamó—. ¿Es posible que gente tan honorable diga que esto es un casco? Bien, si esto es un casco, entonces la silla de montar de mi burro debe ser un objeto de lujo para un caballo.

Sobre la silla de montar no quiero opinardijo don Quijote con mucha seriedad—. Este castillo está lleno de encantamientos. Quizás ustedes, que no son caballeros, tengan la mente libre de magia y puedan decir qué objeto es ese.

Don Fernando hizo como que tomaba los votos de todos en secreto y luego anunció:

Buen hombre, todos dicen que esa es una silla de lujo para caballos, no una silla de burro. Ha perdido usted el debate.

Uno de los hombres que había llegado a la venta escuchó todo esto y se molestó. Era un cuadrillero de la Santa Hermandad (un tipo de policía rural).

—¡Eso es una silla de burro! —gritó el policía—. ¡Y el que diga lo contrario está borracho!

—¡Mientes, cobarde! —le respondió don Quijote. Y, sin pensarlo dos veces, levantó su lanza y le dio un golpe terrible. La lanza se rompió en mil pedazos.

Los otros policías gritaron pidiendo ayuda a la Santa Hermandad. El ventero, que también era parte de la policía, fue por su espada. En ese momento, el caos se apoderó de la venta. Todo el mundo empezó a pelear.

Don Quijote sacó su espada contra los policías. El barbero y Sancho se daban golpes y patadas en el suelo por la silla de montar. Don Luis le dio un puñetazo a uno de los criados de su padre porque intentaba llevárselo. Don Fernando tiró al suelo a uno de los policías y le empezó a pisar. Las mujeres lloraban, gritaban y suspiraban. La venta entera era un infierno de puñetazos, espadas, gritos y sangre.

De repente, la voz de don Quijote se escuchó por encima de todo el ruido:

—¡Silencio! ¡Todos quietos! ¡Envainen sus espadas si quieren vivir!

Todos se detuvieron por un momento, sorprendidos por su tono de voz tan fuerte.

—¿No les dije que este castillo estaba encantado y habitado por demonios? —continuó don Quijote—. Señor juez, señor cura, pongan paz, por favor. Es una locura que gente tan noble se mate por causas tan estúpidas.

El cura y el juez lograron separar a todos y calmar la situación. Acordaron que don Luis iría a Andalucía con don Fernando, mientras tres de los criados regresarían a Madrid para contarle la verdad a su padre. La silla de montar y el plato de barbero se quedaron como estaban. Parecía que, por fin, la venta estaba en paz.

Pero uno de los policías, que había recibido una paliza de don Fernando, recordó algo de repente. Buscó en su bolsillo y sacó un pergamino (papel antiguo). Era una orden de la Santa Hermandad para arrestar a don Quijote por haber liberado a unos peligrosos criminales (los galeotes) días atrás.

El policía miró el papel, luego miró a don Quijote, y confirmó que era el mismo hombre. Agarró a don Quijote del cuello con mucha fuerza y gritó:

—¡Ayuda a la Santa Hermandad! ¡Aquí está la orden de arresto contra este bandido!

Don Quijote, rojo de furia (enojo extremo), agarró al policía por la garganta. El ventero corrió a ayudar al policía, y la pelea estaba a punto de empezar de nuevo.

Don Fernando separó a don Quijote y al policía. El oficial seguía pidiendo que lo ataran y lo entregaran a la justicia por ser un criminal de los caminos. Don Quijote se rió con calma y dijo con mucho orgullo:

Gente ignorante y estúpida. ¿Llaman "crimen" a dar libertad a los prisioneros y ayudar a los necesitados? ¡Ustedes no entienden la caballería andante! ¿Qué juez ignorante firmó una orden de arresto contra un caballero como yo? ¿Acaso no saben que los caballeros andantes no siguen las leyes normales? Nuestra ley es nuestra espada. Ningún caballero paga impuestos, ni paga por dormir en un castillo, ni paga a su sastre. ¡Cualquier caballero tiene la fuerza para dar cuatrocientos golpes a cuatrocientos policías cobardes como ustedes!

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