Don Quijote
17 skyrius

El bálsamo mágico de Fierabrás y Sancho manteado

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Don Quijote y Sancho se quedaron solos en la oscuridad de su cuarto destrozado. El caballero, pensando en todo lo que había sucedido, llamó a su amigo.

—¿Duermes, Sancho?

—¿Cómo voy a dormir con tantos golpes? —respondió el pobre escudero—. ¡Parece que los diablos han estado aquí!

Don Quijote le explicó con misterio que aquel "castillo" estaba encantado. Le contó, con total seguridad, que una bellísima princesa lo había visitado por la noche, pero que un malvado moro mágico e invisible le había dado un puñetazo y luego saltó sobre él por envidia. Sancho, al escuchar esto, suspiró y dijo que a él el "moro mágico" le había dado más de cuatrocientos golpes y que la vida de los caballeros andantes (héroes justicieros) no le gustaba nada.

De pronto, el oficial de policía regresó al cuarto con una vela encendida. Miró a los dos hombres y, al ver a don Quijote todo golpeado y cubierto de sangre y sudor, le preguntó sin mucho respeto:

—¿Cómo estás, buen hombre?

Don Quijote se enfadó mucho y le contestó:

—¡A un caballero andante se le habla con educación, estúpido!

El oficial, que no tenía mucha paciencia, levantó la vela, le dio un golpe muy fuerte en la cabeza a don Quijote y se marchó enfadado.

—¡Sin duda, señor, ese es el moro mágico! —dijo Sancho.

No importarespondió don Quijote frotándose el nuevo chichón—. Sancho, ve a buscar aceite, vino, sal y romero. Ha llegado el momento de preparar el famoso bálsamo de Fierabrás. Es una medicina mágica que cura todas las heridas al instante.

Sancho consiguió los ingredientes con el dueño de la venta. Don Quijote los mezcló, los hirvió y los metió en una vieja aceitera de metal. Luego, rezó ochenta oraciones sobre la botella. Cuando el líquido estuvo listo, se bebió un vaso enorme. Casi inmediatamente, don Quijote empezó a vomitar todo lo que tenía en el estómago. Sudó muchísimo y cayó en un sueño profundo que duró tres horas. Al despertar, se sintió completamente curado y lleno de energía. ¡Él creía firmemente que el bálsamo mágico funcionaba!

Sancho, maravillado por la curación de su amo, pidió permiso para beber el resto de la poción. Pero el estómago de Sancho no estaba acostumbrado a medicina de caballeros. En cuanto bebió, empezó a sudar, a vomitar y a ir al baño sin control durante horas. El pobre hombre pensó que iba a morir.

Amigo Sanchole dijo don Quijote viéndolo sufrir—, creo que esta medicina te ha sentado mal porque no eres un caballero, sino un hombre común.

—¡Y si lo sabía, ¿para qué me dejó beberla?! —lloró Sancho con la cara verde.

Don Quijote, ya recuperado, decidió que era hora de continuar su viaje. Ensilló a Rocinante, ayudó a Sancho a subir a su asno y llamó al dueño de la venta.

Señor dueño del "castillo" —dijo don Quijote con voz muy dramática—, muchas gracias por su hospitalidad. Si algún gigante le debe dinero, yo tomaré mi espada y lo castigaré para pagarle.

El hombre de la venta, que era muy práctico, respondió secamente:

No necesito venganzas, caballero. Solo necesito que me pague el alojamiento y la comida de los caballos.

—¡¿Cómo que esto es una venta y no un castillo?! —exclamó don Quijote sorprendido—. Qué decepción. Entonces no pagaré nada. Los libros de historia dicen que los caballeros andantes nunca pagan las ventas. Su trabajo protegiendo al mundo ya es pago suficiente.

Diciendo esto, don Quijote picó espuelas a su caballo y salió cabalgando a toda velocidad sin pagar.

El dueño, furioso, fue a cobrarle a Sancho Panza. Pero Sancho respondió que él, como buen escudero de caballero andante, seguiría la misma regla y tampoco le iba a dar una sola moneda. En ese momento, un grupo de hombres juguetones y bastante brutos que estaban en la venta se acercaron a Sancho. Lo bajaron del asno, tomaron una gran manta y lo echaron en medio. Salieron al patio trasero, agarraron cada esquina de la manta y empezaron a lanzarlo muy alto por los aires, como si fuera un muñeco.

Sancho volaba y gritaba desesperado: "¡Socorro! ¡Socorro!". Don Quijote escuchó los gritos desde lejos y regresó galopando. Intentó entrar al patio para salvar a su amigo, pero la pared era muy alta y no pudo subir. Solo pudo quedarse fuera insultando a aquellos hombres, que no paraban de reírse mientras Sancho volaba hacia el cielo y caía en la manta una y otra vez.

Finalmente, los hombres se cansaron, subieron al mareado y golpeado Sancho a su burro y lo dejaron ir. Maritornes, la fea pero bondadosa criada, sintió pena por él y le ofreció un vaso de vino frío. Sancho se lo bebió rápidamente, abrió la puerta de la venta y salió a toda prisa para reunirse con su amo, muy feliz porque no había pagado nada... aunque no se dio cuenta de que el dueño, en pago por las camas, ¡le había robado las valiosas alforjas (bolsas de equipaje)!

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