Don Quijote
46 skyrius

El arresto mágico y la profecía de la jaula

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Mientras don Quijote hablaba con orgullo, el cura intentó convencer a los cuadrilleros (policías) de que el pobre hombre estaba completamente loco y que arrestarlo no tenía sentido. Después de ver el comportamiento de don Quijote, los policías estuvieron de acuerdo. Incluso ayudaron a hacer las paces entre el barbero y Sancho: intercambiaron las sillas de montar de los animales y el cura le pagó secretamente unas monedas al barbero por el famoso "casco mágico".

Por fin, la venta volvió a estar en paz. Don Fernando pagó amablemente todo el vino que don Quijote había derramado durante sus aventuras y todas las deudas pendientes de la venta.

Al verse libre de problemas, don Quijote se arrodilló ante Dorotea y le dijo que era el momento de irse a luchar contra el gigante para devolverle su reino. La falsa princesa aceptó jugar su papel:

Señor caballero, haré lo que usted mande. Preparemos la salida.

Don Quijote llamó a su escudero:

Sancho, ensilla a los caballos. ¡Nos vamos a la aventura!

Sancho, que recordaba haber visto a la falsa princesa besándose con don Fernando en un rincón, empezó a mover la cabeza con duda.

Señor, creo que esta mujer no es una reina verdadera. Si fuera una princesa honesta, no andaría besándose a escondidas con los hombres ricos de esta venta.

¡Don Quijote se puso furioso al escuchar estas palabras contra el honor de su princesa! Los ojos le brillaban de ira y empezó a gritarle a su ayudante:

—¡Campesino ignorante y maleducado! ¡Vete de mi presencia para siempre, mentiroso!

Sancho se asustó tanto que deseó que la tierra se abriera para tragarlo. Pero Dorotea, muy inteligente, inventó una excusa para salvar a Sancho:

Señor caballero, no se enoje con él. Recuerde que este lugar está lleno de magia oscura. Seguramente Sancho fue engañado por un encantamiento y vio cosas que no eran reales.

—¡Claro! ¡Tiene usted razón, alteza! —dijo don Quijote, y enseguida perdonó a su fiel escudero.

Como ya habían pasado varios días, el cura y el barbero decidieron que era hora de llevar al pobre don Quijote de vuelta a su aldea para curarlo. Planearon una trampa. Compraron o alquilaron una jaula (caja de madera con barrotes) muy grande y la pusieron encima de un carro de bueyes.

Luego, el cura, el barbero, don Fernando, el juez y todos los demás se disfrazaron poniéndose máscaras y telas negras sobre las caras. Entraron en la habitación de don Quijote mientras él dormía. Lo agarraron con fuerza y le ataron las manos y los pies.

Cuando don Quijote despertó y vio a todas esas figuras extrañas con máscaras, no intentó luchar. Su mente enferma le hizo creer que eran fantasmas y demonios del castillo encantado. Lo metieron en la jaula y la cerraron con candado.

Solo Sancho Panza sabía quiénes eran en realidad, pero tenía tanto miedo de arruinar el plan que no dijo nada.

Mientras levantaban la jaula para subirla al carro, el barbero usó una voz profunda y misteriosa para hacerle una "profecía" al caballero prisionero:

—¡Oh, Caballero de la Triste Figura! No te preocupes por esta jaula. Es un encantamiento necesario para tu gran destino. Todo terminará cuando te cases con la blanca paloma, Dulcinea del Toboso, y tengas valientes hijos con ella. ¡Y , buen escudero Sancho, no te asustes! Tu gran salario será pagado. ¡Adiós!

Don Quijote, al escuchar la promesa de que se casaría con su amada Dulcinea, dio un largo suspiro de felicidad.

—¡Oh, gran mago! —respondió don Quijote desde dentro de la jaula—. Acepto esta prisión con alegría. Y confío en que mi buen Sancho nunca me abandonará.

Sancho se acercó a la jaula con mucho respeto y le besó las manos atadas a su señor. Luego, los "fantasmas" levantaron la jaula y la colocaron lentamente sobre el carro, listos para empezar el viaje de regreso a casa.

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