—¡Te pillé! —exclamó Sancho con triunfo—. Eso es lo que quería saber. Un hombre encantado no necesita comer, beber ni ir al baño. Así que, mi señor, si usted siente esas necesidades naturales, ¡significa que está perfectamente bien!
—Tienes razón en que siento esas necesidades, Sancho —respondió don Quijote—, pero como te dije antes, las reglas de la magia pueden haber cambiado con el tiempo. Quizás los encantados de hoy sí necesitan ir al baño. Te aseguro que si no estuviera encantado, ya habría roto esta jaula para seguir salvando a los inocentes.
—Aun así, señor —insistió Sancho—, le pido que intente salir de la jaula. Yo le ayudaré. Y si logra salir y subir a Rocinante, podemos buscar nuevas aventuras. Si nos va mal, le prometo que me encerraré con usted en la jaula para siempre.
Don Quijote aceptó el plan. Cuando el carro se detuvo en el hermoso valle verde, Sancho le pidió al cura que dejara salir a su amo un momento, ya que la situación de higiene en la jaula pronto sería muy desagradable.
El cura estuvo de acuerdo, pero advirtió:
—Lo dejaré salir si promete como caballero que no intentará escapar.
—¡Lo prometo! —dijo don Quijote desde la jaula—. Además, un hombre encantado no puede huir, porque los magos lo harían volver por los aires.
El religioso le ató las manos por precaución y lo dejaron salir. Don Quijote se estiró con alivio y fue a acariciar a su querido Rocinante. Después, se fue a un rincón apartado con Sancho para atender sus urgencias naturales.
Mientras todos descansaban sentados en la suave hierba esperando la comida, el religioso se acercó a don Quijote. Le parecía increíble que un hombre tan inteligente pudiera estar tan loco.
—Señor don Quijote —le dijo amablemente el canónigo—, ¿es posible que leer tantos libros de caballerías le haya arruinado la mente? ¿Cómo puede creer que todas esas historias de gigantes, princesas y magos son reales? Esos libros son pura fantasía y mentira. No aportan nada bueno a la sociedad. Le ruego que use su gran inteligencia para leer historias reales, libros de historia verdadera, donde aprenderá sobre grandes generales como Julio César o Alejandro Magno. Eso sí le traerá honor a usted y a su tierra.
Don Quijote escuchó atentamente y, cuando el religioso terminó de hablar, le respondió con firmeza:
—Señor, usted dice que los caballeros andantes nunca existieron, que sus historias son falsas y que me han hecho daño, ¿verdad?
—Así es —asintió el religioso.
—Pues yo creo que el que ha perdido el juicio es usted —replicó don Quijote indignado—. Negar la existencia de los caballeros andantes es como negar que el sol da luz o que el hielo es frío. ¡Todo el mundo sabe que las aventuras de Amadís de Gaula, del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda son verdades absolutas! ¡Decir que son mentiras es una ofensa! En Roncesvalles todavía se guarda el enorme cuerno de guerra del caballero Roldán, y en Madrid he visto reliquias de héroes legendarios. Muchos nobles españoles, como don Fernando de Guevara, fueron verdaderos aventureros que lucharon en torneos por toda Europa. Negar esto es no tener razón.
El canónigo se quedó asombrado por la habilidad de don Quijote para mezclar historia real con pura fantasía.
—Señor don Quijote, le concedo que algunos de los hombres que menciona fueron caballeros reales —respondió el religioso con calma—, y no niego la existencia del Cid Campeador o de los Doce Pares de Francia. Pero esos hombres fueron soldados humanos y normales, no hechiceros ni cazadores de monstruos. No puedo creer las locuras imposibles que se escriben en los libros modernos, y alguien tan inteligente como usted tampoco debería creerlas.