En ese momento, llegó otro joven del pueblo con más comida para los cabreros.
—¿Saben las noticias, compañeros? —preguntó el muchacho—. Esta mañana murió Grisóstomo, el estudiante que se hizo pastor. Dicen que murió de amor por culpa de la hermosa Marcela. Él dejó escrito en su testamento que quiere un entierro (ceremonia para un muerto) en el campo, bajo las estrellas, en el mismo lugar donde la vio por primera vez. Será mañana.
Don Quijote, muy curioso, le pidió a un cabrero llamado Pedro que le explicara quiénes eran esas personas.
—Grisóstomo era un hidalgo (hombre de origen noble) muy rico que estudió muchos años en la universidad —explicó Pedro—. Él sabía mucho de las estrellas. Nos avisaba cuándo iba a ocurrir un cris del sol o de la luna.
—Se dice eclipse, amigo mío, no cris —lo corrigió don Quijote.
—Bueno, eso. También adivinaba si el año agrícola iba a ser abundante o estil.
—Querrá decir estéril (que no produce frutos) —dijo don Quijote con paciencia.
—Como sea —continuó Pedro—. Gracias a sus consejos, su familia ganó mucho dinero. Pero un día, Grisóstomo decidió cambiar su ropa elegante por ropa de pastor. Se fue a vivir al campo porque estaba loco y enamorado de Marcela.
Don Quijote quería saber más sobre esa mujer, así que Pedro continuó su historia:
—Marcela es hija de un hombre muy rico, pero sus padres murieron. Su tío, el cura del pueblo, la crio. La niña creció y se convirtió en la mujer más hermosa de la región. Muchos hombres ricos querían casarse con ella, pero ella siempre los rechazaba. Decía que era muy joven.
»Sin embargo, un día sorprendió a todo el pueblo: se vistió de pastora y se fue a vivir a los bosques con sus ovejas. Ella busca la libertad de la naturaleza. Es amable con todos los pastores, pero si un hombre le habla de amor, ella lo aparta de su lado inmediatamente. Por eso, los hombres de esta tierra viven llenos de tristeza. Lloran por los rincones y escriben el nombre de Marcela en los árboles. Grisóstomo fue uno de esos hombres desengañados. Le aconsejo, señor caballero, que vaya mañana al entierro.
—Allí estaré —respondió don Quijote, fascinado con esta historia tan romántica.
Pedro le sugirió a don Quijote entrar en la cabaña para dormir y proteger su oreja herida del frío. Sancho Panza, que ya estaba harto de escuchar hablar al cabrero, fue el más feliz con esta idea. Mientras don Quijote pasó toda la noche despierto, suspirando y pensando en su señora Dulcinea, el pobre y cansado Sancho se acostó entre su burro y su rocín (caballo viejo), y durmió profundamente.