—Señor, estas hierbas están húmedas. Debe de haber una fuente o un arroyo por aquí. Vamos a buscar agua para calmar esta terrible sed.
Caminaron por el prado en la oscuridad de la noche. De pronto, escucharon un gran ruido de agua que caía. Pero su alegría duró poco. También escucharon unos golpes fuertes y rítmicos, acompañados del sonido de cadenas de hierro. El ruido del agua, el viento moviendo los árboles y los golpes constantes en la noche oscura causaban mucho miedo.
Pero don Quijote, con mucho valor, subió a su rocín (caballo de trabajo, viejo o de poco valor) y preparó su lanza.
—Sancho, amigo mío —dijo don Quijote—. Yo soy el caballero andante (héroe que viaja buscando aventuras) que debe resucitar la Edad de Oro. Para mí están guardados los grandes peligros y las hazañas heroicas. Espérame aquí tres días. Si no vuelvo, ve a nuestro pueblo y dile a mi señora Dulcinea que morí como un héroe digno de ella.
Sancho comenzó a llorar con mucha pena.
—Señor, ¿por qué quiere buscar este peligro en la noche? Podemos ir por otro camino. Tengo mujer e hijos, y dejé mi casa para servirle. Si usted muere, me quedaré sin mi ínsula (isla). Por favor, espere hasta la mañana para investigar ese ruido.
—¡Calla, Sancho! —respondió don Quijote—. Un verdadero caballero no huye del peligro. Voy a ir ahora mismo, vivo o muerto.
Sancho, desesperado, decidió usar su inteligencia para evitar que su amo fuera hacia el peligro. Sin hacer ruido, usó la cuerda de su asno (burro) para atar las patas de Rocinante. Cuando don Quijote intentó avanzar, el caballo solo podía dar pequeños saltos.
—¡Mire, señor! —dijo Sancho—. El cielo ha escuchado mis oraciones. Dios ha ordenado que Rocinante no se pueda mover.
Don Quijote, creyendo que era magia o cosa del destino, aceptó esperar hasta el amanecer.
Para pasar el tiempo, Sancho decidió contar un cuento de su tierra.
—Había una vez un pastor que tenía que cruzar un río con trescientas cabras. Solo encontró una barca muy pequeña, donde solo cabían él y una cabra. Así que subió una cabra, cruzó, y volvió. Luego, subió otra cabra... Señor, preste mucha atención y cuente las cabras que pasan, porque si se olvida de una, el cuento se acaba.
—Imagina que ya pasaron todas —dijo don Quijote, impaciente—. No puedes contar una por una, no terminarás en un año.
—¿Cuántas han pasado hasta ahora? —preguntó Sancho.
—¡Yo qué diablos sé! —respondió don Quijote.
—Pues ahí está el problema. Como no ha llevado la cuenta exacta, el cuento se ha acabado. Ya no recuerdo más.
En ese momento, por el frío de la mañana o por el miedo, Sancho sintió una necesidad urgente en su estómago. Tenía demasiado miedo para separarse de su amo y caminar hacia los oscuros árboles, así que se bajó los pantalones allí mismo, con mucho cuidado. Sin embargo, hizo un poco de ruido.
—¿Qué es ese ruido, Sancho? —preguntó don Quijote.
—No sé, señor. Será alguna aventura nueva.
Sancho terminó su asunto en silencio, pero un olor muy desagradable subió directamente hacia don Quijote. El caballero se tapó la nariz con los dedos y habló con voz extraña.
—Sancho, me parece que tienes mucho miedo... y que hueles muy mal. Aléjate un poco, amigo. La mucha confianza ha destruido el respeto entre nosotros.
Cuando por fin salió el sol, Sancho desató a Rocinante en secreto. Al ver que el caballo ya se movía libremente, don Quijote se llenó de valor. Caminaron entre los árboles altos, acercándose al ruido terrible que no había parado en toda la noche. Sancho iba muerto de miedo, escondiéndose detrás de las piernas del caballo.
Finalmente, llegaron al lugar y vieron la causa del gran misterio. No eran gigantes, ni monstruos, ni ejércitos. Eran seis grandes mazos de batán (unas máquinas de madera pesada que se usaban para lavar y golpear la lana). Los mazos subían y bajaban con la fuerza del río, haciendo ese ruido aterrador.
Don Quijote se quedó en silencio, paralizado y muy avergonzado. Sancho lo miró y, de repente, empezó a reír a carcajadas. No podía parar de reír; se agarraba el estómago. Para burlarse de su amo, Sancho repitió sus heroicas palabras de la noche anterior:
—"Yo soy el caballero andante que debe resucitar la Edad de Oro... Para mí están guardados los grandes peligros..."
Al ver que su escudero (ayudante y sirviente del caballero) se burlaba de él, don Quijote se enojó muchísimo. Levantó su lanza y le dio dos fuertes golpes en la espalda a Sancho.
—¡Tranquilo, señor, que era una broma! —gritó Sancho con dolor, dejando de reír inmediatamente.
—Pues yo no bromeo —respondió don Quijote, ofendido—. ¿Acaso tengo yo la obligación de conocer los ruidos de todas las máquinas de este mundo? A partir de ahora, debes hablarme con más respeto. En todos los libros de caballerías que he leído, ningún escudero habla tanto con su señor como tú.
—Está bien, señor —dijo Sancho, frotándose la espalda—. Pero dígame, si no me da la isla pronto, ¿cuánto salario ganaba un escudero al mes en esos tiempos?
—Los escuderos no tenían un salario por meses ni por días, Sancho. Trabajaban por la recompensa y los favores de sus amos. Yo te he dejado dinero en mi testamento por si muero, porque la vida de un aventurero es muy peligrosa.
—Eso es muy cierto —respondió Sancho—, pues solo el ruido de unas máquinas de lavar lana casi nos mata del susto. Pero le prometo que, desde hoy, cerraré la boca y lo respetaré como a mi señor natural.