Mientras don Quijote todavía dormía, el cura pidió a la sobrina las llaves de la habitación donde estaban los libros. Ella se las dio de muy buena gana. Entraron todos, incluida el ama de llaves. Allí encontraron más de cien libros grandes, muy bien encuadernados, y otros más pequeños.
En cuanto el ama de llaves vio los libros, salió corriendo de la habitación y volvió con un vaso de agua bendita.
— Tome, señor cura —dijo la mujer, asustada—. Rocíe esta habitación con agua bendita. ¡No vaya a salir algún encantador de estos libros y nos eche una maldición para castigarnos!
El cura se rio de la simplicidad de la mujer. Le pidió al barbero que le pasara los libros uno por uno para leer los títulos, porque tal vez algunos no merecían el castigo del fuego.
— No —dijo la sobrina—. No hay que perdonar a ninguno. Todos tienen la culpa de la locura de mi tío. Lo mejor será tirarlos por la ventana al patio y hacer una gran hoguera (un fuego) con todos ellos.
El ama estaba totalmente de acuerdo; las dos mujeres tenían muchas ganas de quemar aquellos libros.
Pero el cura no quiso quemarlos sin leer los títulos primero. El barbero le pasó el primer libro: Los cuatro libros de Amadís de Gaula.
— Este libro es especial —dijo el cura—. He oído decir que fue el primer libro de caballerías que se imprimió en España. Como es el origen de esta mala secta, deberíamos quemarlo.
— No, señor —dijo el barbero—. También dicen que es el mejor de todos los libros de este estilo. Se debe perdonar porque es único.
— Tienes razón —aceptó el cura—. Le perdonamos la vida. Veamos el siguiente.
El barbero le pasó otro libro que contaba las historias del hijo de Amadís.
— Pues la bondad del padre no va a salvar al hijo —dijo el cura—. ¡Tome, señora ama! Abra esa ventana, tírelo al patio y empiece el montón para la hoguera.
El ama lo hizo con mucha alegría, y el libro salió volando por la ventana, esperando el fuego.
El barbero siguió pasando libros, y el cura mandó casi todos al patio. Eran tantos que el ama dejó de usar las escaleras y simplemente los lanzaba por la ventana para ir más rápido.
De repente, el barbero encontró unos libros más pequeños.
— Estos no son de caballerías —dijo el barbero—. Son libros de poesía y de pastores enamorados.
— Entonces no merecen ser quemados —respondió el cura—. No hacen daño a nadie porque son solo para entretener la mente.
— ¡Ay, señor! —gritó la sobrina—. Quémelos también, por favor. Si mi tío se cura de la enfermedad de ser caballero, tal vez lea estos libros y decida hacerse pastor. ¡Se irá por los bosques cantando! O peor aún, tal vez quiera hacerse poeta. Dicen que ser poeta es una enfermedad incurable y muy contagiosa.
El cura y el barbero se rieron mucho con el comentario de la joven. Siguieron mirando libros hasta que el barbero tomó uno llamado La Galatea.
— ¿Quién es el autor? —preguntó el cura.
— Miguel de Cervantes —respondió el barbero.
— Hace muchos años que ese Cervantes es un gran amigo mío —dijo el cura sonriendo—. Sé que tiene más experiencia en desgracias que en escribir versos. Su libro no está mal, pero la historia no tiene final. Hay que esperar a ver si publica la segunda parte. De momento, guárdelo en su casa, señor barbero.
Finalmente, el cura se cansó de mirar tantos libros. Sin querer leer más títulos, ordenó que el resto de la biblioteca fuera arrojada al fuego. El ama, que deseaba quemarlos más que nada en el mundo, tomó los libros y los echó todos por la ventana.