Don Quijote de la Mancha, primera parte

La princesa Micomicona

Una joven se presenta como la princesa Micomicona y pide ayuda a don Quijote contra un gigante.

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La mujer del dueño de la posada le prestó al cura un vestido de mujer. El barbero se hizo una barba enorme, roja y blanca, con la cola de un buey. Pero por el camino, el cura pensó que un sacerdote no podía vestirse de mujer. Por eso le propuso al barbero cambiar los papeles.

En la sierra encontraron a una joven muy hermosa, llamada Dorotea. Ella tenía sus propios problemas de amor, y el cura le contó su plan. Dorotea quiso ayudarlos.

—Yo puedo ser la doncella mejor que el barbero —dijo—. Tengo aquí vestidos de dama. Y leí muchos libros de caballerías. Sé muy bien cómo piden ayuda las doncellas a los caballeros andantes.

Sacó de su bolsa un vestido muy rico, un collar y otras joyas. En un momento parecía una gran señora. Para Sancho, era la mujer más hermosa del mundo.

—¿Quién es esta señora tan bonita? —le preguntó al cura.

—Es la princesa Micomicona, heredera del gran reino de Micomicón —respondió el cura—. Viene de muy lejos a buscar a don Quijote. Un gigante malvado le robó su reino, y don Quijote tiene que ayudarla.

—¡Qué suerte! —dijo Sancho—. Mi amo va a matar a ese gigante, si no es un fantasma. Y después tiene que casarse con esta princesa. Así no va a ser arzobispo, y va a ser rey.

Dorotea subió a una mula, y el barbero se puso su barba de buey. Sancho los llevó hasta su amo. Le dijeron a Sancho que no podía decir que los conocía. El cura se quedó atrás, porque don Quijote lo iba a reconocer.

Encontraron a don Quijote entre unas rocas, ya vestido. Dorotea bajó de la mula y se puso de rodillas delante de él.

—No me voy a levantar de aquí, valiente caballero —dijo—, sin una promesa suya. Soy la doncella más triste del mundo. Vengo de una tierra muy lejana a buscarlo, porque su fama es muy grande.

—No le voy a responder, hermosa señora —dijo don Quijote—, hasta verla de pie.

—No me voy a levantar, señor, sin su promesa.

—Se lo prometo —respondió don Quijote—. Pero no puedo hacer nada contra mi rey, mi patria ni mi dama.

Sancho se acercó a su amo y le dijo al oído:

—Prometa, señor. Es solo matar a un gigantazo. Y ella es la gran princesa Micomicona, reina del reino de Micomicón.

—No importa quién es —respondió don Quijote—. Yo voy a hacer lo que debo.

Luego le dijo a la dama:

—Levántese, hermosa señora. Le prometo lo que me pide.

—Pues le pido esto —dijo la doncella—: venga conmigo enseguida. Y no se meta en ninguna otra aventura hasta vengarme de un traidor. Ese traidor me robó mi reino.

—Se lo prometo —dijo don Quijote—. Con la ayuda de Dios y de mi brazo, va a recuperar su reino muy pronto. ¡Vamos, Sancho! Prepara a Rocinante y dame mis armas.

Sancho estaba feliz. Su amo, sin duda, se iba a casar con la princesa. ¡Iba a ser rey de Micomicón! ¡Y él, por lo menos, iba a ser conde!

El cura esperaba al grupo en el camino, a la salida de la sierra. Cuando vio a don Quijote, fingió una gran sorpresa y lo abrazó.

—¡Mi buen amigo don Quijote de la Mancha! ¡El mejor de los caballeros andantes!

Don Quijote lo reconoció y se sorprendió mucho. El cura no tenía mula, y por eso el barbero le dio la suya. El barbero quiso subir detrás. Pero la mula era de alquiler, y mala, y dio dos patadas al aire. El barbero se cayó al suelo, y con él cayó también su barba. Se tapó la cara con las dos manos y gritó:

—¡Ay, me rompió los dientes!

Don Quijote vio esa barba en el suelo, sin sangre y sin cara.

—¡Por Dios, qué gran milagro! —dijo—. ¡La barba se le cayó entera!

El cura vio el peligro: su plan podía fracasar. Tomó la barba y fue hacia el barbero. Le puso la cabeza contra su pecho y le pegó la barba otra vez. Mientras tanto, decía unas palabras en voz baja. Según él, era una oración especial para pegar barbas. Al final, el escudero quedó con su barba, tan sano como antes. Don Quijote estaba muy sorprendido.

—Señor cura, enséñeme esa oración —le pidió—. Si pega barbas, también debe de curar heridas.

—Con mucho gusto, en la primera ocasión —respondió el cura.

Luego todos siguieron hacia la posada. Por el camino, el cura contó una historia. Unos presos le robaron todo lo que llevaba. Y esos presos estaban libres por culpa de un loco. ¡Los soltó a todos, contra la justicia del rey! Mientras el cura hablaba, don Quijote cambiaba de color, pero no dijo nada.

Después, Dorotea contó la historia de su reino. Su padre, el rey Tinacrio el Sabio, sabía mucha magia. Antes de morir, vio el futuro. Un gigante terrible, Pandafilando de la Fosca Vista, iba a robarle el reino a su hija. Lo llamaban así porque siempre miraba torcido, para dar miedo. Pero en España, su hija iba a encontrar a un caballero famoso. Se llamaba don Azote o don Gigote...

—Don Quijote, señora —dijo Sancho—. O el Caballero de la Triste Figura.

—Eso es —dijo Dorotea—. Mi padre dijo también que ese caballero tenía un lunar con pelos debajo del hombro izquierdo.

—Ven, Sancho —dijo don Quijote—, ayúdame a quitarme la ropa. Quiero ver si tengo ese lunar.

—No es necesario, señor —dijo Sancho—. Usted tiene un lunar así en medio de la espalda.

—Es suficiente —dijo Dorotea—. Entre amigos, no importa dónde está el lunar. Y mi padre dijo algo más. Después de matar al gigante, este caballero puede casarse conmigo, si quiere. Así va a ser el rey de mi reino.

—¿Oyes, Sancho? —dijo don Quijote—. ¡Ya tenemos un reino para gobernar, y una reina para mí!

Sancho dio dos saltos de alegría. Después se puso de rodillas delante de la mula de Dorotea y le besó las manos. Para él, ella ya era su reina.

—Muchas gracias, alta señora —dijo don Quijote—. Voy a ir con usted hasta el fin del mundo. Y le voy a cortar la cabeza a ese gigante. Pero después no puedo casarme con usted, ni con nadie. Mi corazón ya tiene dueña.

A Sancho no le gustó nada esta respuesta.

—¡Usted no está bien de la cabeza, señor! —gritó—. ¿Cómo puede decir que no a una princesa así? ¿Es más hermosa la señora Dulcinea? ¡No, señor, ni la mitad! Cásese ya, tome ese reino, y hágame conde. Después, si quiere, puede volver con Dulcinea.

Don Quijote no pudo aguantar esas palabras contra su dama. Levantó la lanza y le dio dos golpes tan fuertes que lo tiró al suelo. Dorotea le gritó, y don Quijote dejó de pegarle.

—¡Desagradecido! —gritaba don Quijote—. ¿No sabes que sin Dulcinea no puedo matar ni a una pulga? Ella lucha en mí y vence en mí. Yo vivo y respiro en ella. ¿Quién va a ganar este reino y a hacerte conde? ¡Ella, con mi brazo!

Sancho se levantó y se escondió detrás de la mula de Dorotea.

—Escuche, señor: sin casarse, usted no va a tener el reino. Y sin reino, ¿qué me va a dar a mí? Por eso me quejo. Y de belleza no hablo: las dos me parecen bien. Aunque a la señora Dulcinea no la vi muy bien.

—¿Cómo que no la viste bien, traidor? —dijo don Quijote—. ¿No acabas de llevarle mi carta?

—Quiero decir que no la vi con calma, señor. Pero de lejos me pareció muy hermosa.

—Entonces te perdono —dijo don Quijote—. Pero ten cuidado con lo que dices.

Dorotea los ayudó a hacer las paces. Sancho le besó la mano a su amo, y don Quijote le dio su bendición.

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