La Edad de Oro

Meñique: el gigante

Para casarse con la princesa, Meñique tiene que ir al bosque a buscar a un gigante terrible.

Luku 3 Espanja A2 Perustaso
Substantiivi Erisnimi Verbi Apuverbi Adjektiivi Adverbi Pronomini Determini Adpositio Numeraali Rinnastuskonjunktio Alistuskonjunktio Partikkeli Interjektio Muu

El rey no pudo dormir aquella noche. No estaba despierto por agradecimiento: estaba disgustado, porque tenía que casar a su hija con aquel hombrecito que cabía en una bota de su padre. Ya no quería cumplir su promesa, pero en sus oídos sonaban todavía las palabras de Meñique: «Señor rey, su palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley».

Mandó llamar a Pedro y a Pablo. Quería saber quiénes eran los padres de Meñique y si Meñique era una persona de buen carácter y buenos modales. Pedro dijo muchas cosas buenas de su hermano, y el rey se puso de mal humor. Pero Pablo dejó al rey muy contento. Dijo que Meñique era un aventurero vanidoso, un enano lleno de ambición, y que no merecía casarse con la hija de un rey tan grande.

—Ese enano es tan vanidoso —dijo Pablo— que se cree capaz de pelear con un gigante. Cerca de aquí vive uno que asusta a toda la gente del campo, porque se lleva sus ovejas y sus vacas para comérselas. Y Meñique siempre dice que él puede hacer de ese gigante su criado.

—Eso lo vamos a ver —dijo el rey, satisfecho.

Y durmió muy tranquilo el resto de la noche. Dicen que sonreía en sueños, como si pensara en algo agradable.

En cuanto salió el sol, el rey llamó a Meñique delante de toda la corte. Y Meñique llegó fresco como la mañana y alegre como el cielo.

—Querido yerno —dijo el rey—, un hombre tan honrado como tú no puede casarse con una mujer tan rica como la princesa sin darle una casa grande, con criados que la sirvan como se debe en un palacio real. En el bosque vive un gigante alto como un árbol, que se come un buey entero en el almuerzo. Imagínate qué criado tan hermoso sería ese gigante con un sombrero de tres picos, una casaca con adornos de oro y una lanza muy larga. Ese es el regalo que te pide mi hija antes de decidir si se casa contigo.

—No es fácil —respondió Meñique—, pero voy a intentar regalarle el gigante para que le sirva de criado, con su lanza larga, su sombrero de tres picos y su casaca con adornos de oro.

Fue a la cocina y metió en el gran saco de cuero el hacha encantada, un pan fresco, un pedazo de queso y un cuchillo. Se puso el saco a la espalda y entró en el bosque. Pedro lloraba, y Pablo se reía, porque pensaba que su hermano nunca iba a volver del bosque del gigante.

En el bosque, la hierba era tan alta que Meñique no podía ver nada. Entonces empezó a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Eh, gigante, gigante! ¿Dónde está el gigante? ¡Aquí está Meñique, que viene a llevarse al gigante, vivo o muerto!

—Y aquí estoy yo —dijo el gigante, con una voz tan grande que los árboles se encogieron de miedo—. Aquí estoy yo, y te voy a tragar de un bocado.

—No tengas tanta prisa, amigo —dijo Meñique, con una vocecita fina como una flauta—. No tengas tanta prisa, que tengo una hora para hablar contigo.

El gigante movía la cabeza a todos lados, sin saber quién le hablaba. Por fin bajó los ojos y allá abajo, pequeño como un pajarito, vio a Meñique sentado en un tronco, con el gran saco de cuero entre las rodillas.

—¿Eres tú, pequeño pícaro, el que me despertó? —dijo el gigante, y lo miró con unos ojos que parecían de fuego.

—Yo soy, amigo, yo soy. Vengo para que seas mi criado.

—Con la punta del dedo te voy a tirar allá arriba, al nido del cuervo, para que te saque los ojos. Así aprenderás a no entrar sin permiso en mi bosque.

—No tengas tanta prisa, amigo. Este bosque es tan mío como tuyo. Y si dices una palabra más, te lo corto todo en un cuarto de hora.

—Eso quiero verlo —dijo el gigante.

Meñique sacó su hacha y le dijo:

—¡Corta, hacha, corta!

Y el hacha cortó ramas, cortó troncos, sacó raíces y limpió la tierra a la derecha y a la izquierda. Los árboles caían sobre el gigante como cae el granizo sobre las ventanas en una tormenta.

—¡Para, para! —dijo el gigante, asustado—. ¿Quién eres tú, que puedes cortar todo mi bosque?

—Soy el gran hechicero Meñique. Con una palabra que le diga a mi hacha, te corta la cabeza. Tú no sabes con quién estás hablando. ¡No te muevas de ahí!

El gigante se quedó quieto, con los brazos caídos, mientras Meñique abría su gran saco de cuero y se ponía a comer su pan y su queso.

—¿Qué es eso blanco que comes? —preguntó el gigante, que nunca había visto queso.

—Piedras, nada más. Por eso soy más fuerte que tú, que comes carne y te pones gordo. Soy más fuerte que tú. Muéstrame tu casa.

Y el gigante, obediente como un perro, caminó delante de él hasta una casa enorme. Tenía una puerta por donde podía pasar un barco y un balcón grande como un teatro vacío.

—Oye —le dijo Meñique al gigante—, uno de los dos tiene que ser el amo del otro. Vamos a hacer un trato. Si yo no puedo hacer lo que tú haces, seré tu criado. Si tú no puedes hacer lo que hago yo, tú serás mi criado.

—Trato hecho —dijo el gigante—. Me gustaría tener un criado como tú, porque a mí me cansa pensar, y tú tienes cabeza para dos. Bueno, ahí están mis dos baldes: ve a traer el agua para la comida.

Meñique levantó la cabeza y vio los dos baldes. Eran grandes como dos tanques, mucho más altos que él. Para Meñique era más fácil ahogarse en esos baldes que llevarlos.

—¡Ja! —dijo el gigante, y abrió su boca terrible—. A la primera ya perdiste. Haz lo que yo hago, amigo, y tráeme el agua.

—¿Y para qué voy a cargar el agua? —dijo Meñique—. Cárgala tú, que eres un animal de carga. Yo voy a ir al arroyo, lo voy a traer en brazos y te voy a llenar los baldes. Así tendrás tu agua.

—No, no —dijo el gigante—. Ya me dejaste el bosque sin árboles, y ahora me vas a dejar sin agua para beber. Enciende el fuego, que yo traigo el agua.

Meñique encendió el fuego. En la gran olla que colgaba del techo, el gigante echó un buey entero cortado en pedazos, muchos nabos, cuatro cestos de zanahorias y cincuenta repollos. De vez en cuando probaba la comida y le echaba sal y hierbas, hasta que le pareció buena.

—A la mesa, que la comida está lista —dijo el gigante—. Vamos a ver si haces lo que hago yo. Me voy a comer todo este buey, y después te voy a comer a ti de postre.

—Está bien, amigo —dijo Meñique.

Pero antes de sentarse, se metió debajo de la chaqueta la boca de su gran saco de cuero, que le llegaba del cuello a los pies.

El gigante comía y comía, y Meñique también comía sin parar. Pero Meñique no se echaba en la boca los repollos, las zanahorias, los nabos y los pedazos de buey: los echaba en el gran saco de cuero.

—¡Uf! ¡Ya no puedo comer más! —dijo el gigante—. Tengo que desabrocharme un botón del chaleco.

—Pues mírame a mí, pobre gigante —dijo Meñique, y se echó un repollo entero en el saco.

—¡Uf! —dijo el gigante—. Tengo que desabrocharme otro botón. ¡Qué estómago tiene este hombrecito! Claro, está acostumbrado a comer piedras.

—Vamos, perezoso —dijo Meñique—, come como yo.

Y se echó en el saco un gran pedazo de buey.

—¡Paf! —dijo el gigante—. Se me saltó el tercer botón. Ya no me cabe ni un garbanzo. ¿Y tú, hechicero, cómo estás?

—¿Yo? —dijo Meñique—. Es muy fácil hacer un poco de lugar.

Y con el cuchillo se abrió, de arriba abajo, la chaqueta y el gran saco de cuero.

—Ahora te toca a ti —le dijo al gigante—. Haz lo que yo hago.

—Muchas gracias —dijo el gigante—. Prefiero ser tu criado. Yo no puedo comer piedras.

El gigante le besó la mano a Meñique en señal de respeto. Lo sentó en su hombro derecho, se puso en el izquierdo una bolsa llena de monedas de oro y se fue caminando hacia el palacio.

Käännöstä ei ole vielä luotu.

Ladataan lauseita…

50+
20+
10+
5+
4
3
2
1

Tervetuloa takaisin!

Sinun täytyy kirjautua sisään jatkaaksesi

Eikö sinulla ole vielä tiliä? Rekisteröidy