Lazarillo de Tormes

El jarro de vino

Lázaro descubre que su nuevo amo es muy listo pero también muy tacaño, y busca maneras de no pasar hambre.

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Pues, volviendo a mi buen ciego y a sus cosas, sepa usted que desde que Dios creó el mundo no hizo a nadie más astuto ni más listo. En su oficio era un águila. Sabía de memoria más de cien oraciones. Rezaba con una voz baja, tranquila y muy clara, que hacía resonar toda la iglesia, y ponía una cara humilde y devota, sin hacer gestos con la boca ni con los ojos, como hacen otros.

Además, tenía mil maneras de sacar dinero. Decía que sabía oraciones para todo: para las mujeres que no podían tener hijos, para las que estaban de parto, para las mal casadas, para que sus maridos las quisieran. A las embarazadas les decía si iban a tener niño o niña. Y en medicina decía que sabía más que los grandes médicos, y tenía remedios para el dolor de muelas, para los desmayos y para los males de las mujeres. Nadie le contaba que sufría de algo sin que él le dijera enseguida: «Haga esto, haga lo otro, cueza tal hierba, tome tal raíz». Por eso todo el mundo andaba detrás de él, sobre todo las mujeres, que creían todo lo que les decía. Así ganaba más en un mes que cien ciegos en un año.

Pero también quiero que sepa usted que, con todo lo que ganaba, nunca vi a un hombre tan avaro y tan tacaño. Me mataba de hambre: no me daba ni la mitad de lo necesario. Digo la verdad: si no me hubiera ayudado con mi ingenio y mis buenas mañas, muchas veces me habría muerto de hambre. Pero con todo su saber, yo lo engañaba de tal manera que casi siempre me tocaba la parte mayor y mejor. Para eso le hacía unas bromas endiabladas. Le contaré algunas, aunque no todas me salieron bien.

Él llevaba el pan y todas las demás cosas en un saco de tela que se cerraba con un anillo de hierro, un candado y una llave. Al meter y sacar las cosas, lo hacía con tanto cuidado y las contaba tan bien que nadie en el mundo podía quitarle ni una miga. Yo tomaba la miseria que él me daba y en menos de dos bocados me la comía. Pero después, cuando él cerraba el candado y se descuidaba, pensando que yo estaba ocupado en otras cosas, yo abría un poco la costura en un lado del saco. Por allí le sacaba al pobre saco no migas, sino buenos pedazos de pan, de tocino y de longaniza. Después volvía a coser la costura, y así nadie notaba nada.

Con el dinero hacía lo mismo. Cuando alguien le pagaba una oración con una blanca, como él no veía, yo la tomaba antes que él, me la metía en la boca y le daba en su lugar media blanca, que ya tenía preparada. Así, por rápido que él extendiera la mano, la moneda le llegaba cambiada y valía la mitad. El ciego se quejaba, porque al tocarla sabía enseguida que no era una blanca entera, y decía:

—¿Qué diablos es esto? Desde que estás conmigo, solo me dan medias blancas, y antes muchas veces me pagaban una blanca y hasta un maravedí. Esta mala suerte debe de venir de ti.

Él también acortaba sus oraciones y no terminaba ni la mitad, porque me había mandado que, en cuanto se fuera la persona que pagaba, le tirara de la punta de la capucha. Yo lo hacía, y él volvía enseguida a gritar, como suelen hacer los ciegos: «¿Quién quiere que le rece una oración?».

Cuando comíamos, solía poner a su lado un jarrito de vino. Yo lo tomaba muy rápido, le daba un par de besos callados y lo volvía a poner en su lugar. Pero esto me duró poco, porque al beber notaba que faltaba vino. Desde entonces, para proteger su vino, nunca soltaba el jarro: lo tenía siempre agarrado por el asa. Pero ningún imán atraía las cosas como yo atraía el vino con una paja larga de centeno que tenía preparada para eso. La metía en la boca del jarro, chupaba y le dejaba muy poco. Pero el traidor era tan astuto que creo que me sintió, y desde entonces cambió de plan: ponía el jarro entre las piernas, lo tapaba con la mano, y así bebía seguro.

Yo, que ya me había acostumbrado al vino, me moría por él. Como vi que la paja ya no me servía, decidí hacer en el fondo del jarro una fuentecita, un agujero muy fino, y taparlo con mucho cuidado con una capa muy delgada de cera. A la hora de comer, fingía que tenía frío y me metía entre las piernas del pobre ciego para calentarme en el fuego pequeño que teníamos. Con el calor, la cera, que era muy poca, se derretía enseguida, y la fuentecita empezaba a gotearme en la boca. Yo la ponía de tal manera que no se perdía ni una gota. Cuando el pobre iba a beber, no encontraba nada. Se asombraba, maldecía, mandaba al diablo el jarro y el vino, y no entendía qué podía ser.

—No dirá usted que se lo bebo yo —le decía—, porque no lo suelta de la mano.

Tantas vueltas le dio al jarro y tanto lo tocó que encontró la fuente y entendió el engaño. Pero hizo como si no se hubiera dado cuenta de nada. Al día siguiente, mientras mi jarro goteaba como siempre, yo estaba sentado como solía, sin pensar en el daño que me esperaba ni en que el mal ciego me había descubierto. Estaba recibiendo aquellos dulces tragos, con la cara hacia el cielo y los ojos un poco cerrados para disfrutar mejor del rico vino. Entonces el ciego sintió que era el momento de vengarse: levantó con las dos manos aquel jarro dulce y amargo, y lo dejó caer con toda su fuerza sobre mi boca.

Al pobre Lázaro, que no esperaba nada de esto y estaba tranquilo y feliz como otras veces, le pareció de verdad que el cielo, con todo lo que hay en él, le había caído encima. Fue tal el golpecito que perdí el sentido, y el jarrazo fue tan grande que los pedazos se me clavaron en la cara, me la rompieron por muchas partes y me quebraron los dientes. Sin ellos me he quedado hasta hoy.

Desde aquella hora quise mal al mal ciego. Aunque me cuidaba, me trataba con cariño y me curaba, vi muy bien que había disfrutado con el cruel castigo. Me lavó con vino las heridas que me habían hecho los pedazos del jarro y, sonriendo, decía:

—¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud.

Y decía otras gracias que a mí no me hacían ninguna gracia.

Cuando ya estaba medio curado de las heridas y los moretones, pensé que con unos pocos golpes más como ese el cruel ciego se libraría de mí, y decidí librarme yo de él. Pero no lo hice tan pronto, porque quería hacerlo con más seguridad y provecho. Y aunque yo quería calmar mi corazón y perdonarle el jarrazo, no podía, por el mal trato que desde entonces me daba: sin causa ni razón me pegaba, me daba coscorrones y me tiraba del pelo. Y si alguien le preguntaba por qué me trataba tan mal, contaba enseguida la historia del jarro:

—¿Ustedes creen que este mozo mío es un inocente? Pues oigan, y díganme si el mismo diablo haría algo así.

Los que lo escuchaban se persignaban y decían:

—¡Vaya! ¿Quién iba a pensar que un muchacho tan pequeño haría una maldad así?

Se reían mucho del truco y le decían:

—¡Castíguelo, castíguelo, que Dios se lo pagará!

Y él no hacía otra cosa. Yo, por mi parte, siempre lo llevaba a propósito por los peores caminos, para hacerle daño: si había piedras, por las piedras; si había barro, por donde era más hondo. Yo tampoco iba por lo seco, pero me alegraba de sacarme un ojo con tal de sacarle dos al que no tenía ninguno. Por eso él siempre me golpeaba la nuca con la punta de su bastón, y yo la tenía llena de chichones y sin pelo por culpa de sus manos. Yo le juraba que no lo hacía por maldad, sino porque no encontraba un camino mejor, pero no me servía de nada: no me creía. Tal era el olfato y la gran inteligencia de aquel traidor.

Käännöstä ei ole vielä luotu.

Ladataan lauseita…

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