Don Quijote
Chapter 14

La defensa de Marcela y el fin del entierro

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Vivaldo leyó en voz alta el largo y triste poema de Grisóstomo. En el texto, el joven pastor hablaba de su inmenso dolor, de sus terribles celos y de la gran crueldad de Marcela. Sin embargo, Vivaldo comentó que esas palabras eran muy extrañas, porque en el pueblo todos decían que Marcela era una mujer honesta y buena. Ambrosio suspiró y explicó que Grisóstomo estaba tan loco de amor que imaginaba traiciones y sufría en su propia cabeza, aunque Marcela no hubiera hecho nada malo.

De pronto, ocurrió algo sorprendente. En lo alto de la montaña, justo encima de la sepultura (agujero en la tierra para un muerto), apareció la mismísima pastora Marcela. Era aún más bella de lo que todos imaginaban. Al verla, Ambrosio se enfadó mucho y le gritó:

—¡Mujer cruel! ¿Acaso vienes a reírte del pobre hombre al que le quitaste la vida con tus rechazos?

Marcela lo miró con calma y respondió con una voz clara y muy segura:

No vengo a reírme, Ambrosio. Vengo a defender mi honor y a explicar la verdad. Dios me hizo hermosa, y por eso ustedes dicen que me aman. Pero yo les pregunto: ¿acaso estoy obligada a amar a cada hombre que me desea solo por mi belleza? Si yo fuera fea, ninguno de ustedes me miraría. El verdadero amor debe ser voluntario, no obligado.

Todos escuchaban en silencio mientras la joven continuaba su inteligente discurso:

Yo nací libre, y para mantener mi libertad elegí la tranquilidad de los campos y los bosques. Nunca le di falsas esperanzas a Grisóstomo. Le dije claramente desde el primer día que yo quería vivir sola. Si él decidió continuar con su obsesión y no aceptar mi "no", fue su propia culpa, no mi crueldad. Yo no lo engañé. Yo vivo tranquila cuidando a mis cabras y mirando las estrellas. Por favor, entiendan esto de una vez y dejen de llamarme asesina.

Después de decir esto, Marcela se dio la vuelta y desapareció en el bosque oscuro. Algunos de los pastores, completamente enamorados tras escucharla y verla, quisieron correr detrás de ella para seguirla.

Al ver esto, don Quijote pensó que era el momento perfecto para actuar como un verdadero caballero andante (héroe justiciero que protege a los débiles). Puso la mano en su espada y gritó con voz amenazante:

—¡Que ninguna persona se atreva a seguir a la hermosa Marcela! Ella ha demostrado con razones muy lógicas que no tiene la culpa de la muerte de este hombre. Ella exige su libertad y merece el respeto de todos. ¡Si alguien la persigue, sentirá la furia de mi espada!

Ya fuera por las amenazas de don Quijote o por el respeto al muerto, nadie se atrevió a dar un paso. Terminaron de enterrar el cuerpo de Grisóstomo, pusieron una gran piedra encima para cerrar la tumba y se despidieron con lágrimas.

Vivaldo y su compañero invitaron a don Quijote a viajar con ellos a la gran ciudad de Sevilla, porque allí había calles llenas de aventuras. Pero don Quijote agradeció mucho la invitación y respondió que primero debía limpiar aquellas montañas de ladrones. Los viajeros respetaron su decisión y se fueron.

Finalmente, don Quijote llamó a su fiel escudero (ayudante) Sancho Panza. El caballero tenía una nueva misión en su cabeza: quería entrar en el bosque para buscar a la pastora Marcela y ofrecerle toda su ayuda y protección, aunque, como veremos pronto, las cosas no siempre saldrían como él esperaba.

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