Don Quijote de la Mancha, primera parte

Los presos

Don Quijote encuentra a unos presos del rey y escucha sus historias antes de decidir cómo ayudarlos.

Bölüm 13 İspanyolca A2 Temel
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Entonces don Quijote vio a unos doce hombres que venían a pie por el camino. Iban atados por el cuello a una gran cadena de hierro, uno detrás de otro. Llevaban también las manos atadas. Con ellos venían cuatro guardias: dos a caballo, con escopetas, y dos a pie, con espadas.

—Esos son presos del rey —dijo Sancho—. Van a las galeras.

—¿Presos? —preguntó don Quijote—. ¿El rey lleva a la gente a la fuerza? ¿Es posible?

—No es eso, señor —respondió Sancho—. Son delincuentes. Como castigo, van a remar en los barcos del rey.

—Pero van a la fuerza. Ellos no quieren ir —dijo don Quijote.

—Así es.

—Entonces aquí tengo trabajo: ayudar a los débiles y a los pobres.

—Mire, señor —dijo Sancho—, el rey no les hace ninguna injusticia. Solo los castiga por sus delitos.

Cuando llegaron los presos, don Quijote habló con los guardias. Les preguntó por qué llevaban así a esa gente.

—Son presos del rey y van a las galeras —respondió uno de ellos—. No hay nada más que saber.

—Me gustaría saber la historia de cada uno —dijo don Quijote, con mucha educación.

—Pregúnteles a ellos —dijo otro guardia—. Les encanta contar sus maldades.

Don Quijote se acercó al primer preso y le preguntó por qué iba así.

—Por enamorado —respondió el preso.

—¿Solo por eso? ¡Entonces yo también merezco las galeras!

—Mi amor no es como el suyo, señor —dijo el preso—. Yo me enamoré de una cesta llena de ropa blanca. La abracé tan fuerte que la justicia tuvo que quitármela. Me dieron cien golpes en la espalda y tres años de galeras.

El segundo preso iba muy triste y no dijo nada. El primero respondió por él:

—Este va por cantar, señor.

—¿Cómo? ¿También mandan a las galeras a los que cantan?

—Sí, señor —respondió el preso—. Aquí, quien canta una vez llora toda la vida.

—No entiendo —dijo don Quijote.

—Señor caballero —le explicó un guardia—, entre esta gente, «cantar» quiere decir confesar en el tormento. A este lo torturaron, y confesó que robaba animales. Por eso va seis años a las galeras. Y los otros ladrones lo tratan muy mal, porque confesó.

El tercer preso respondió muy tranquilo:

—Yo voy cinco años a las galeras porque me faltaron diez monedas de oro.

—Yo le doy veinte, con mucho gusto, para salvarlo de esta desgracia —dijo don Quijote.

—Ahora es tarde, señor. Las necesitaba antes, para el juez. Ahora ya no sirven. Pero Dios es grande. Paciencia.

El cuarto era un viejo con una larga barba blanca. Cuando don Quijote le preguntó, empezó a llorar y no respondió. Lo llevaban por hechicero.

—Yo no hice ninguna magia, señor —dijo por fin el viejo—. Y soy viejo y estoy enfermo. No sé si voy a volver.

Sancho tuvo tanta pena que le dio una moneda.

Al final de la cadena iba un hombre de unos treinta años. Tenía buena cara, pero era un poco bizco. Iba mucho más atado que los demás. Tenía una cadena muy larga alrededor de todo el cuerpo. En el cuello llevaba dos anillos de hierro. Tenía las manos sujetas con un gran candado, y no podía llevarlas a la boca.

—¿Por qué va este hombre más atado que los otros? —preguntó don Quijote.

—Porque él solo tiene más delitos que todos los otros juntos —respondió el guardia—. Y es tan atrevido que siempre puede escaparse. Va diez años a las galeras. Es el famoso Ginés de Pasamonte, también llamado Ginesillo de Parapilla.

—Señor guardia, más despacio —dijo el preso—. Me llamo Ginés, no Ginesillo. Y mi apellido es Pasamonte, no Parapilla. Señor caballero, si tiene algo para darnos, dénoslo ya, y váyase con Dios. Y si quiere saber mi vida, sepa que soy Ginés de Pasamonte. Yo mismo escribí mi vida con estos dedos.

—Es verdad —dijo el guardia—. Él mismo escribió su historia. El libro se quedó en la cárcel, como pago de una deuda.

—¿Tan bueno es? —preguntó don Quijote.

—Es mejor que el Lazarillo de Tormes —respondió Ginés—. Y todo es verdad.

—¿Y cómo se llama el libro?

—La vida de Ginés de Pasamonte.

—¿Y está terminado?

—¿Cómo va a estar terminado, si mi vida no está terminada? —respondió Ginés.

El guardia levantó el palo para pegarle a Ginés, pero don Quijote lo paró. Después se volvió hacia todos los presos y les dijo:

—Queridos hermanos, ustedes van a las galeras contra su voluntad. Tal vez algunos no tuvieron dinero, o un juez fue injusto. Por eso el cielo me mandó a este mundo: para ayudar a los débiles.

Luego se volvió hacia los guardias:

—Señores, por favor, desaten a estos hombres y déjenlos ir en paz. Dios y la naturaleza hicieron libres a los hombres. ¿Por qué hacerlos esclavos? Estos pobres no les hicieron nada a ustedes. Les pido esto con calma. Pero si no lo hacen, esta lanza y esta espada los van a obligar.

—¡Qué tontería! —respondió el guardia—. ¿Quiere que soltemos a los presos del rey? Siga su camino, señor, y póngase bien esa palangana que lleva en la cabeza.

—¡Usted es un tonto y un malvado! —gritó don Quijote.

Y lo atacó tan rápido que el guardia no pudo defenderse. Cayó al suelo, herido por la lanza. Era uno de los guardias con escopeta. Los otros guardias se sorprendieron. Después sacaron sus espadas y atacaron a don Quijote. Pero los presos vieron su oportunidad. Empezaron a romper la cadena para escapar. Los guardias no sabían qué hacer: luchar contra don Quijote o perseguir a los presos.

Sancho ayudó a Ginés de Pasamonte a soltarse. Ginés fue el primero en quedar libre. Corrió hacia el guardia del suelo y le quitó la espada y la escopeta. Con la escopeta apuntaba a uno y a otro, pero nunca disparó. Los guardias huyeron, por miedo a la escopeta y a las piedras de los presos.

Sancho estaba muy preocupado.

—Señor, esos guardias van a avisar a los otros guardias del rey —le dijo—. Nos van a buscar. Vamos a escondernos en esa sierra.

—Muy bien —dijo don Quijote—. Pero primero hay una cosa más.

Llamó a todos los presos, y ellos lo rodearon.

—Las personas de bien son agradecidas —les dijo—. Ustedes recibieron de mí un gran favor. Como pago, quiero una cosa. Pónganse otra vez esta cadena y vayan a El Toboso. Allí preséntense ante mi señora Dulcinea. Díganle que los manda su caballero, el de la Triste Figura, y cuéntenle esta aventura. Después son libres.

—Eso es imposible, señor —respondió Ginés por todos—. No podemos ir juntos por los caminos. Tenemos que separarnos y escondernos, porque los guardias del rey nos van a buscar. Mejor rezamos unas oraciones por usted. Pero ¿ponernos otra vez la cadena e ir a El Toboso? ¡Eso nunca!

Don Quijote se enojó muchísimo.

—¡Pues entonces va a ir usted solo, Ginesillo de Parapilla! ¡Y con toda la cadena!

A Ginés no le gustaron nada esas palabras. Ya sabía que don Quijote estaba loco: solo un loco suelta a unos presos. Les hizo una señal a sus compañeros con el ojo. Todos se apartaron, y empezaron a tirarle piedras a don Quijote. Eran tantas que el escudo no era suficiente. Rocinante no se movía, aunque don Quijote le daba con las espuelas. Sancho se escondió detrás de su burro.

Muchas piedras le dieron a don Quijote en el cuerpo, y lo tiraron al suelo. Enseguida, uno de los presos le quitó la palangana de la cabeza. Le dio con ella tres o cuatro golpes en la espalda. Después la golpeó contra el suelo y la dejó toda abollada. Después le quitaron a don Quijote la chaqueta que llevaba sobre la armadura. A Sancho le quitaron el abrigo. Luego se repartieron todo, y cada uno se fue por su lado. Tenían más miedo de los guardias del rey que ganas de ir a El Toboso.

Allí se quedaron solos el burro y Rocinante, Sancho y don Quijote. El burro tenía la cabeza baja y movía las orejas de vez en cuando. Tal vez creía que todavía les tiraban piedras. Rocinante estaba en el suelo, junto a su amo. Sancho, sin abrigo, tenía miedo de los guardias del rey. Y don Quijote estaba muy triste. Él les hizo tanto bien, y esos hombres lo trataron muy mal.

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