Don Quijote de la Mancha, primera parte

Noticias de Dulcinea

Sancho inventa noticias de Dulcinea, y un muchacho conocido vuelve a encontrarse con don Quijote.

Bölüm 16 İspanyolca A2 Temel
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Don Quijote y Sancho se adelantaron un poco a los demás. Don Quijote quería saber todo de la visita de Sancho a Dulcinea. Y Sancho, que nunca llegó a El Toboso, tuvo que inventarlo todo.

—Llegaste, ¿y qué hacía aquella reina de la belleza? —preguntó don Quijote—. Seguro que estaba haciendo un collar de perlas, o un bordado de oro para su caballero.

—No, señor —respondió Sancho—. Estaba limpiando trigo en el patio de su casa.

—Pues imagina que los granos de ese trigo eran perlas en sus manos. ¿Y qué hizo con mi carta? ¿La besó?

—Cuando se la iba a dar, estaba muy ocupada con el trigo. Me dijo: «Pon esa carta sobre aquel saco, amigo. No la puedo leer hasta terminar este trabajo».

—¡Qué dama tan inteligente! —dijo don Quijote—. Quería leerla después, despacio y con gusto. ¿Y qué te preguntó de mí?

—Nada, señor. Pero yo le conté su penitencia. Le dije que estaba usted en la sierra, sin camisa, como un salvaje. Que dormía en el suelo, comía sin mesa y no se peinaba la barba. Y que lloraba y maldecía su suerte.

—Ahí te equivocaste —dijo don Quijote—. Yo no maldigo mi suerte. La bendigo, porque me deja amar a una señora tan alta como Dulcinea del Toboso.

—Alta sí es —dijo Sancho—. Es más alta que yo. Me di cuenta cuando la ayudé a poner un saco de trigo sobre un burro.

—¿Y no sentiste, cerca de ella, un perfume maravilloso, como de flores?

—Olía un poco a hombre, señor. Tal vez estaba sudada del trabajo.

—No era eso, Sancho —respondió don Quijote—. Seguro que tú estabas resfriado, o te oliste a ti mismo. Yo sé bien cómo huele esa rosa.

—Puede ser —dijo Sancho—. Muchas veces yo huelo así.

—¿Y qué hizo cuando leyó la carta?

—No la leyó, porque no sabe leer ni escribir. La rompió en pedazos, para no mostrársela a nadie del pueblo. Me dijo que le besaba las manos a usted. Y le mandó una orden: tiene que salir de la sierra y dejar las locuras. Quiere verlo enseguida en El Toboso. Se rio mucho cuando le dije su nombre: el Caballero de la Triste Figura.

—Todo va bien —dijo don Quijote—. Pero dime, ¿qué joya te dio al despedirse? En mis libros, las damas siempre dan una joya muy rica al escudero, por las noticias.

—Eso era antes, señor. Ahora solo dan un pedazo de pan y queso. Eso me dio mi señora Dulcinea, por encima de la pared del patio. Y era queso de oveja.

En ese momento, el barbero los llamó. Querían parar a beber agua en una fuente. Sancho se alegró mucho, porque ya estaba cansado de mentir. Tenía miedo de equivocarse en algo. Él conocía a Aldonza Lorenzo, pero nunca fue a llevarle la carta.

Bajaron junto a la fuente y comieron un poco. En ese momento pasaba por el camino un muchacho. Miró con atención a la gente de la fuente y, de repente, corrió hacia don Quijote. Lo abrazó por las piernas y empezó a llorar.

—¡Ay, señor! ¿No me conoce usted? Míreme bien. Soy Andrés, el muchacho del árbol.

Don Quijote lo reconoció. Lo tomó de la mano y les habló a todos:

—Así pueden ver ustedes qué importantes son los caballeros andantes en el mundo. Hace unos días, en un bosque, encontré a este muchacho. Estaba atado a un árbol, y un campesino lo golpeaba. Era su amo, y no le quería pagar. Yo lo hice desatar, y el campesino me juró pagarle todo. ¿No es verdad, Andrés? Cuéntales a estos señores.

—Todo lo que usted dice es verdad —respondió el muchacho—. Pero el final fue al revés.

—¿Cómo al revés? ¿No te pagó?

—No me pagó nada. Cuando usted se fue del bosque, me ató otra vez al mismo árbol. Me dio tantos golpes que casi me mata. Y con cada golpe, se burlaba de usted. Hasta ahora estuve en un hospital. ¡Y la culpa es suya! Mi amo solo quería darme unos pocos golpes, y después pagarme. Pero usted lo insultó, y él se vengó conmigo.

—El error fue irme de allí —dijo don Quijote—. Tenía que quedarme allí hasta ver tu dinero en tus manos. Pero te juré volver para castigarlo. Ahora mismo voy a buscarlo.

Se levantó y le pidió a Sancho su caballo. Pero Dorotea le recordó su promesa. Antes de su aventura, no podía meterse en ninguna otra.

—Es verdad, señora —dijo don Quijote—. Andrés, tienes que esperar hasta mi vuelta. Te juro otra vez que vas a recibir tu dinero.

—No creo en esos juramentos —dijo Andrés—. Prefiero algo de comer para mi viaje a Sevilla.

Sancho le dio un pedazo de pan y de queso. Andrés lo tomó y empezó a caminar. Pero antes de irse, se volvió hacia don Quijote:

—Por amor de Dios, señor caballero andante. Si otra vez me encuentra en peligro, no me ayude, por favor. Con su ayuda, mi desgracia siempre es mayor. ¡Malditos todos los caballeros andantes del mundo, y sobre todo usted!

Don Quijote quiso castigarlo, pero Andrés salió corriendo, y nadie lo siguió. Don Quijote se quedó con mucha vergüenza. Los demás tuvieron que hacer un gran esfuerzo para no reírse.

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