Don Quijote de la Mancha, primera parte

Los dos ejércitos

Dos nubes de polvo parecen esconder grandes ejércitos, y don Quijote se prepara para luchar.

Bölüm 9 İspanyolca A2 Temel
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Sancho llegó hasta su amo muy cansado y triste. Casi no podía mover a su burro.

—Ahora estoy seguro, buen Sancho —le dijo don Quijote—. Ese castillo está encantado. Esos hombres que jugaron contigo eran fantasmas. Por eso no pude subir a la pared ni bajar del caballo: me tenían encantado. Si no, ¡qué venganza, Sancho!

—Yo también quería vengarme, pero no pude —respondió Sancho—. Y esos hombres no eran fantasmas, señor. Eran hombres de carne y hueso, como nosotros. Cuando me lanzaban, oí sus nombres. Uno se llamaba Pedro Martínez, y otro, Tenorio Hernández. Y el dueño de la posada se llama Juan Palomeque el Zurdo. Mire, señor: estas aventuras solo nos traen desgracias. Es mejor volver a casa. Ahora es época de cosecha, y hay mucho trabajo en el campo.

—¡Qué poco sabes de caballería, Sancho! —respondió don Quijote—. Calla y ten paciencia. ¿Hay en el mundo algo mejor que ganar una batalla y vencer al enemigo?

—Tal vez —dijo Sancho—. Pero desde que somos caballeros andantes, no hemos ganado ninguna batalla. Solo la del vizcaíno, y de esa salió usted con media oreja y medio casco menos. Después todo fueron palos y más palos, golpes y más golpes. Y a mí, además, me lanzaron con una manta.

Mientras hablaban, don Quijote vio en el camino una gran nube de polvo. Se volvió hacia Sancho y le dijo:

—¡Este es el día, Sancho! Hoy voy a mostrar la fuerza de mi brazo. ¿Ves aquella nube de polvo? Es un ejército enorme, de muchos países, que viene hacia aquí.

—Entonces son dos —dijo Sancho—, porque por este otro lado viene otra nube igual.

Don Quijote miró y vio que era verdad. Se puso muy contento. Para él eran dos ejércitos que venían a luchar en medio del campo. Pero en realidad, esas nubes de polvo eran de dos grandes grupos de ovejas. Venían por el mismo camino, desde dos lados distintos. Con tanto polvo, no se veían bien. Don Quijote hablaba con tanta seguridad que Sancho empezó a creerle.

—Señor, ¿y qué hacemos nosotros?

—Ayudar a los débiles —respondió don Quijote—. Escucha, Sancho. Este ejército que viene delante lo dirige el gran emperador Alifanfarón, señor de la gran isla Trapobana. Y el que viene detrás es de su enemigo, el rey Pentapolín del Brazo Desnudo. Lo llaman así porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho sin armadura.

—¿Y por qué se odian tanto estos dos señores? —preguntó Sancho.

—Porque Alifanfarón está enamorado de la hija de Pentapolín, una dama muy hermosa. Ella es cristiana y él no, y por eso su padre no quiere dársela.

—¡Pentapolín hace muy bien! —dijo Sancho—. Lo voy a ayudar en todo lo posible.

—Muy bien, Sancho. Para esta batalla no necesitas ser caballero.

—Pero ¿dónde dejo a mi burro? —preguntó Sancho—. En las batallas nadie va en burro, creo yo.

—Déjalo libre —dijo don Quijote—. Después de la victoria vamos a tener muchos caballos. Ahora vamos a subir a esa pequeña montaña. Desde allí te voy a mostrar a los caballeros más importantes de los dos ejércitos.

Subieron a la montaña. Desde allí no se veían bien los dos grupos de ovejas, porque había mucho polvo. Don Quijote veía en su imaginación muchas cosas que no estaban allí. Empezó a hablar en voz alta:

—Aquel caballero de la armadura amarilla es el valiente Laurcalco, señor del Puente de Plata. Aquel otro, enorme como un gigante, es Brandabarbarán. Lleva como escudo una puerta. Y mira a este otro lado. Allí está el príncipe Timonel de Carcajona. En su escudo tiene un gato de oro y una palabra: «Miau». Es el principio del nombre de su dama, la bella Miulina.

Y así siguió nombrando a muchos caballeros, con sus armas, sus colores y sus escudos. Todos salían de su loca imaginación y de sus libros. Sancho lo escuchaba sin decir nada. De vez en cuando, volvía la cabeza para ver a los caballeros y gigantes. Pero no veía a ninguno.

—Señor —dijo por fin—, yo no veo ni hombres, ni gigantes, ni caballeros. Tal vez todo es otro encantamiento, como los fantasmas de anoche.

—¿Cómo dices eso? —respondió don Quijote—. ¿No oyes los caballos, las trompetas y los tambores?

—Yo solo oigo ovejas y carneros —respondió Sancho.

Y era verdad, porque los dos grupos de ovejas ya estaban cerca.

—Es el miedo, Sancho —dijo don Quijote—. El miedo no te deja ver ni oír bien. Si tienes tanto miedo, quédate aquí y déjame solo. Yo solo soy suficiente para darle la victoria a Pentapolín.

Y le dio con las espuelas a Rocinante. Con la lanza delante, bajó de la montaña como un rayo.

—¡Vuelva, señor don Quijote! —gritaba Sancho—. ¡Le juro que son ovejas y carneros! ¡No hay gigantes ni caballeros! ¡No hay gatos ni escudos! ¿Qué locura es esta?

Pero don Quijote no volvió.

—¡Caballeros de Pentapolín, síganme todos! —gritaba.

Y entró en medio de las ovejas. Empezó a atacarlas con la lanza. Para él, eran sus peores enemigos. Los pastores le gritaban, pero él no los escuchaba. Entonces tomaron sus hondas y empezaron a tirarle piedras grandes como un puño. Don Quijote no hacía caso de las piedras. Corría por todas partes y gritaba:

—¿Dónde estás, Alifanfarón? ¡Ven aquí! Soy un solo caballero, y quiero luchar contigo.

En ese momento, una piedra le dio en un costado. Le rompió dos costillas. Don Quijote pensó que se estaba muriendo. Entonces se acordó de su bálsamo. Sacó la lata y empezó a beber. Pero antes de terminar, llegó otra piedra. Le dio en la mano y en la lata, y la rompió en pedazos. También le arrancó tres o cuatro dientes y le aplastó dos dedos. Con este segundo golpe, el pobre caballero cayó del caballo.

Los pastores se acercaron y pensaron que estaba muerto. Rápidamente juntaron sus ovejas, cargaron más de siete ovejas muertas y se fueron.

Sancho miraba todo desde la montaña. Se arrancaba la barba y maldecía el día que conoció a su amo. Cuando los pastores se fueron, bajó y se acercó a don Quijote. Estaba muy mal, pero no perdió el sentido.

—¿No se lo decía yo, señor don Quijote? —le dijo—. Aquellos no eran ejércitos, sino ovejas.

—Eso es obra de ese ladrón, el sabio encantador, mi enemigo —respondió don Quijote—. Para los encantadores, es muy fácil cambiar las cosas. Él tuvo envidia de mi gloria, y por eso convirtió a los ejércitos en ovejas. Si no me crees, sube a tu burro y síguelos un poco. Lejos de aquí, ya no van a ser ovejas, sino hombres otra vez. Pero no, no vayas ahora, que te necesito. Ven aquí y mira cuántos dientes me faltan. Creo que no me queda ninguno.

Sancho se acercó tanto que casi le metió los ojos en la boca. Y justo en ese momento, el bálsamo hizo su efecto en el estómago de don Quijote. Lo vomitó todo sobre la barba de su escudero.

—¡Santa María! —dijo Sancho—. ¡Este pobre está herido de muerte, porque vomita sangre!

Pero después miró mejor. Por el color y por el olor, vio que no era sangre, sino el bálsamo. Sintió tanto asco que vomitó también, y lo vomitó todo sobre su señor. Así quedaron los dos.

Sancho fue a su burro. En las alforjas quería buscar algo para limpiarse y curar a su amo. Pero las alforjas no estaban. Casi se volvió loco. Decidió dejar a su amo y volver a su casa. No le importaba perder su sueldo y su isla.

Entonces don Quijote se levantó. Con la mano izquierda se tapaba la boca para no perder más dientes. Con la otra llevaba a Rocinante, que no se movió de su lado en ningún momento. Así fue hasta su escudero. Sancho estaba apoyado en su burro, triste y pensativo, con la mano en la cara.

—Escucha, Sancho —le dijo—. Un hombre no vale más que otro si no hace más que otro. Todas estas desgracias son señales: pronto vamos a tener buena suerte. El mal no dura para siempre, y después de mucho mal, el bien está cerca. Además, estas desgracias me pasan a mí, no a ti.

—¿Cómo que no? —respondió Sancho—. ¿A quién lanzaron ayer con la manta? ¿A otro, o a mí? ¿Y de quién son las alforjas que me faltan hoy?

—¿Te faltan las alforjas, Sancho?

—Sí, señor, me faltan.

—Entonces hoy no tenemos nada para comer.

—Solo esas hierbas del campo que usted conoce —dijo Sancho.

—Ahora prefiero un buen pan y dos sardinas a todas las hierbas del mundo —respondió don Quijote—. Pero sube a tu burro, Sancho, y ven conmigo. Dios cuida a los mosquitos del aire y a los gusanos de la tierra. A nosotros tampoco nos va a olvidar.

—Usted sirve más para cura que para caballero andante —dijo Sancho.

—Los caballeros andantes saben de todo, Sancho. Pero ahora mete el dedo aquí. Mira cuántos dientes y muelas me faltan en este lado de arriba.

Sancho le metió los dedos en la boca.

—¿Cuántas muelas tenía usted aquí, señor?

—Cuatro, todas sanas y enteras.

—Pues abajo tiene dos y media. Y arriba no tiene ninguna. Está todo liso, como la palma de la mano.

—¡Pobre de mí! —dijo don Quijote—. Prefiero perder un brazo, pero no el de la espada. Una boca sin dientes es como un molino sin piedra, Sancho. Un diente vale más que un diamante. Pero así es la dura vida de los caballeros andantes. Sube y ve tú delante. Yo te sigo.

Sancho buscó un lugar para pasar la noche, sin salir del camino. Iban muy despacio, porque a don Quijote le dolía mucho la boca.

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