Don Quijote de la Mancha, segunda parte

El gobernador Sancho

Sancho recibe por fin su isla, y la gente espera ver qué clase de gobernador es.

Bölüm 9 İspanyolca A2 Temel
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Al día siguiente, el duque le dijo a Sancho que se preparara: su isla lo esperaba. Don Quijote se enteró y se llevó a Sancho a su cuarto. Cerró la puerta, lo hizo sentarse a su lado y le habló con voz tranquila:

—Sancho, amigo, muchos trabajan toda la vida para conseguir un cargo así, y no lo consiguen. A ti te llega sin hacer nada, gracias a la caballería andante. Escúchame bien. Primero, teme a Dios, porque allí empieza la sabiduría. Segundo, recuerda siempre quién eres. Conócete a ti mismo: así no vas a querer ser más de lo que eres, como la rana que quería ser tan grande como el buey. No tengas vergüenza de decir que vienes de campesinos y que cuidaste cerdos.

—Es verdad —respondió Sancho—, pero fue de niño. Después, ya más grande, cuidé gansos, no cerdos.

—Sé humilde —siguió don Quijote—, porque la sangre se hereda, pero la virtud se gana. Busca la verdad igual entre las lágrimas del pobre que entre los regalos del rico. Y cuando la justicia tenga dudas, elige la misericordia.

Después le habló del cuerpo: que fuera limpio y se cortara las uñas; que llevara la ropa bien puesta; que no comiera ajo ni cebolla, para que nadie supiera por el olor que era campesino; que comiera poco y cenara menos, y que bebiera con moderación.

—Y también, Sancho, no mezcles tantos refranes en lo que dices.

—Eso solo Dios lo puede arreglar —respondió Sancho—, porque sé más refranes que un libro. Cuando hablo, me vienen tantos juntos a la boca que se pelean por salir. Pero voy a tener cuidado, que en casa llena pronto se hace la cena, y más vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga, y...

—¡Eso, Sancho! —gritó don Quijote—. ¡Te digo que no digas refranes, y en un momento sueltas una docena!

—Señor, todo lo que usted me dijo es muy bueno —dijo Sancho—, pero ¿de qué me sirve, si no me acuerdo de nada? Démelo por escrito. Yo no sé leer, pero se lo doy a mi confesor, y él me lo repite cuando haga falta.

—¡Ay, qué mal está que un gobernador no sepa leer ni escribir! —dijo don Quijote—. Tengo miedo, Sancho, de que pongas toda la isla patas arriba.

—Señor —respondió Sancho—, si usted cree que no sirvo para gobernar, lo dejo ahora mismo. Prefiero ir al cielo como Sancho que al infierno como gobernador.

—Por Dios, Sancho, solo por estas palabras mereces gobernar mil islas. Tienes buen corazón, y sin eso no sirve ninguna ciencia.

Aquella tarde, todo estaba listo para el viaje de Sancho a su isla. Con él iba el mayordomo del duque, el mismo hombre que había hecho de Dolorida. El duque lo enviaba para que le contara todo lo que hiciera Sancho y preparara las bromas de la isla. Al verlo, Sancho le dijo a su amo en voz baja:

—Señor, la cara de este mayordomo es la misma cara de la Dolorida.

Don Quijote lo miró bien.

—Es verdad que la cara de la Dolorida es la del mayordomo, Sancho. Pero eso no quiere decir que el mayordomo sea la Dolorida. Seguro que son cosas de encantadores.

Al despedirse, Sancho besó las manos de los duques, y su amo le dio la bendición con lágrimas en los ojos. Sancho también lloró un poco. Salió vestido como un hombre de leyes, sobre una mula, y detrás iba su burro, adornado con seda por orden del duque. Sancho volvía la cabeza de vez en cuando para mirarlo, y con él iba tan contento que no se cambiaba ni por un emperador.

La isla de Sancho no era una isla. Era un pueblo de unos mil habitantes, uno de los mejores del duque, y le dijeron que se llamaba la isla Barataria. A la entrada, la gente lo recibió tocando las campanas, lo llevó a la iglesia a dar gracias a Dios, y le dio las llaves del pueblo. Todos miraban sorprendidos a su nuevo gobernador, tan bajo y tan gordo. Después lo sentaron en la silla del juez, porque en la isla había una costumbre: el nuevo gobernador tenía que resolver enseguida un caso difícil.

Entraron dos hombres: un campesino y un sastre, con unas tijeras en la mano.

—Señor gobernador —dijo el sastre—, ayer este hombre vino a mi tienda con un pedazo de tela y me preguntó si alcanzaba para hacerle un gorro. Le dije que sí. Él pensó que yo quería robarle tela, y me preguntó si alcanzaba para dos. Le dije que sí. Y siguió así, hasta cinco gorros. Ahora viene a buscarlos, y no me quiere pagar mi trabajo. Además, quiere que le devuelva la tela.

—¿Es así, hermano? —le preguntó Sancho al campesino.

—Sí, señor. Pero que le enseñe los cinco gorros.

—Con mucho gusto —dijo el sastre.

Y sacó la mano de debajo de la capa: en la punta de cada dedo tenía un gorro pequeñito.

—Aquí están los cinco gorros. Y no me sobró nada de tela.

Todos se rieron. Sancho pensó un poco y dijo:

—El sastre pierde su trabajo, el campesino pierde su tela, y los gorros son para los presos de la cárcel.

Después llegaron dos viejos. Uno de ellos caminaba con un bastón.

—Señor —dijo el otro—, hace tiempo le presté a este hombre diez monedas de oro. Se las pido, y dice que ya me las devolvió. Yo no tengo testigos. Si él jura que me las devolvió, yo lo perdono.

—Yo juro —dijo el viejo del bastón— que me prestó las diez monedas y que se las devolví.

Pero antes de jurar le había dado su bastón al otro viejo, como para tener las manos libres. Después de jurar lo tomó otra vez y se fue. El otro viejo pensó que tal vez ya le había pagado y él no se acordaba, y bajó la cabeza. Sancho se quedó pensando un momento, con un dedo sobre la nariz. Después mandó llamar al viejo del bastón.

—Deme su bastón, buen hombre. Lo necesito.

Se lo dio. Sancho se lo pasó al otro viejo y le dijo:

—Váyase con Dios, que ya está pagado.

—¿Yo, señor? ¿Este bastón vale diez monedas de oro?

—Sí. Y si no, soy el más tonto del mundo.

Mandó romper el bastón delante de todos, y dentro aparecieron las diez monedas de oro. Todos quedaron admirados.

Después entró una mujer que llevaba agarrado a un hombre, un rico criador de cerdos.

—¡Justicia, señor gobernador! —gritaba—. ¡Este hombre me atacó en medio del campo!

—Es mentira, señor —dijo el hombre—. Vengo de vender unos cerdos en el pueblo. En el camino estuve con esta mujer, y le pagué lo que era justo. Pero ella quería más, y por eso me trae aquí.

Sancho le preguntó al hombre si llevaba dinero. Él dijo que sí: una bolsa de cuero con monedas de plata.

—Désela a ella —le mandó Sancho.

El hombre se la dio, temblando. La mujer se fue muy contenta, dándole las gracias al gobernador. Entonces Sancho le dijo al hombre:

—Vaya detrás de ella y quítele la bolsa.

El hombre salió corriendo. Poco después volvieron los dos, peleando. La mujer apretaba la bolsa contra el cuerpo y gritaba:

—¡Justicia! ¡Este hombre me quiere quitar la bolsa en medio de la calle!

—¿Y se la quitó? —preguntó Sancho.

—¿Quitármela? ¡Antes me quita la vida!

—Es verdad, señor —dijo el hombre—. No puedo con ella.

—Deme esa bolsa —le dijo Sancho a la mujer.

Ella se la dio, y Sancho se la devolvió al hombre.

—Señora, una mujer que defiende así una bolsa sabe defenderse también a sí misma. Nadie la atacó. Váyase, y no vuelva a esta isla.

La mujer se fue con la cabeza baja. Todos quedaron otra vez admirados de su nuevo gobernador, y el mayordomo lo escribió todo para el duque, que esperaba la carta con impaciencia.

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