La Edad de Oro

Bebé y el señor don Pomposo

Bebé, un niño rico y bueno de cinco años, no puede dormir esta noche, porque está pensando en la visita a un tío muy elegante.

Bölüm 5 İspanyolca A2 Temel
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Bebé era un niño magnífico, de cinco años. Tenía el pelo muy rubio, y los rizos largos le caían por la espalda. Siempre llevaba ropa muy fina: una blusa blanca con cuello de marinero, pantalones cortos, también blancos, medias de seda roja y zapatos bajos. Como todos lo querían mucho, él también quería mucho a todos.

No era un santo, ¡oh, no! Cuando Luisa, su niñera francesa, no quería darle más dulces, él le hacía caras feas. Y un día, corriendo detrás de un gato, rompió un jarrón muy hermoso. Pero cuando veía a un niño descalzo, quería darle todo lo que tenía. Todas las mañanas le llevaba azúcar a su caballo y lo llamaba «caballito de mi alma». Con los criados viejos de la casa pasaba horas y horas, escuchando sus historias de África, su tierra, donde ellos eran príncipes y reyes y tenían muchas vacas y muchos elefantes.

Y cada vez que veía a su mamá, Bebé le ponía el brazo alrededor de la cintura, o se sentaba a su lado, y le hacía preguntas: cómo crecían las flores, de dónde sacaba el sol su luz, de qué estaba hecha la aguja con que ella cosía, y si era verdad que unos gusanos hacían la seda de su vestido. La mamá le explicaba que sí, que había unos gusanos que se hacían unas casitas de seda, largas y redondas, que se llaman capullos.

—Y ahora es hora de dormir —le decía—, como los gusanitos, que se meten en el capullo y después salen convertidos en mariposas.

A la hora de acostarse, Bebé estaba muy lindo, con las medias caídas, la cara rosada de los niños que se bañan mucho y su camisa de dormir: parecía un angelito de los cuadros, un angelito sin alas. Abrazaba a su madre muy fuerte, con la cabeza baja, como si quisiera quedarse en su corazón. Después daba vueltas en la cama y saltaba con los brazos arriba, para ver si tocaba la mariposa azul pintada en el techo. A veces nadaba en la cama como en el baño, o jugaba a cepillar la madera de la cama, porque iba a ser carpintero.

Pero esa noche Bebé estaba muy serio. No daba vueltas, no se colgaba del cuello de su mamá para que no se fuera, ni le pedía a Luisa un cuento. Bebé tenía los ojos cerrados, pero no estaba dormido. Bebé estaba pensando.

La verdad es que Bebé tenía mucho en qué pensar. Iba a viajar a París, como todos los años, para que los buenos médicos de allí le curaran la tos a su mamá. Era una tos fea, y a Bebé no le gustaba oírla: cuando su mamá tosía, a él se le llenaban los ojos de lágrimas, y la abrazaba muy fuerte, muy fuerte, como si quisiera sujetarla.

Esta vez Bebé no iba solo a París, porque a él no le gustaba hacer nada solo. Iba con su primito Raúl, que no tenía madre. Los dos iban a ver juntos al hombre que llamaba a los pájaros, la tienda grande donde les regalaban globos a los niños y el teatro de títeres, donde los muñecos hablaban. El sábado iban a salir en un barco grande, con tres chimeneas. Raúl dormía allí, en el mismo cuarto que Bebé: el pobre Raúl, que no tenía el pelo rubio, ni ropa fina, ni medias de seda roja.

Bebé se acordaba de todo lo que hicieron ese día. Fueron con su mamá a hacer muchas visitas. Vieron a los ciegos, que leen con los dedos, en libros con letras en relieve. Fueron a la calle de los periódicos, donde los niños pobres que no tienen casa compran diarios para venderlos después y pagar un lugar para dormir. Y fueron a un hotel elegante, con criados de uniforme azul y amarillo, a ver a un señor muy flaco y muy estirado: el tío de mamá, el señor don Pomposo. Bebé estaba pensando en la visita al señor don Pomposo. Bebé estaba pensando.

Con los ojos cerrados, se acordaba de todo. ¡Qué largo era el tío de mamá, largo como un poste del telégrafo! ¡Qué cadena de reloj tan grande, larga como una cuerda de saltar! ¡Y qué piedra tan fea tenía en la corbata, como un pedazo de vidrio! A mamá no la dejaba moverse: le puso un cojín detrás de la espalda y un banquito debajo de los pies, y le hablaba como dicen que se les habla a las reinas. Bebé se acordaba de lo que decía el criado viejo: la gente le hablaba así a mamá porque mamá era muy rica, y a mamá no le gustaba eso, porque mamá era buena.

En cuanto Bebé entró en el cuarto, don Pomposo le dio la mano, como se la dan los hombres a los papás. Le puso el sombrerito en la cama con mucho cuidado, como si fuera una cosa santa, y le dio muchos besos, unos besos feos que se le pegaban a la cara como manchas. Y a Raúl, al pobre Raúl, ni lo saludó, ni le quitó el sombrero, ni le dio un beso. Raúl estaba sentado en un sillón, con el sombrero en la mano y los ojos muy grandes.

Entonces don Pomposo se levantó del sofá rojo.

—Mira, mira, Bebé, lo que tengo guardado para ti —dijo—. Esto cuesta mucho dinero, Bebé. Es para que quieras mucho a tu tío.

Sacó del bolsillo un llavero con unas treinta llaves, abrió un cajón y le trajo a Bebé un sable dorado. ¡Oh, qué sable! ¡Qué sable tan grande! Le puso alrededor de la cintura un cinturón de charol brillante y le dijo:

—Anda, Bebé, mírate en el espejo. Es un sable muy fino. Es solo para Bebé, solo para el niño.

Bebé, muy contento, volvió la cabeza hacia Raúl. Raúl lo miraba a él y miraba el sable, con los ojos más grandes que nunca y la cara muy triste, como si se fuera a morir. ¡Oh, qué sable tan feo, tan feo! ¡Oh, qué tío tan malo! En todo eso estaba pensando Bebé. Bebé estaba pensando.

El sable estaba allí, encima del tocador. Bebé levantó la cabeza poco a poco, para que Luisa no lo oyera. La luz de la lámpara caía sobre el puño del sable, y el puño brillaba como si fuera de sol. Así eran los sables de los generales el día del desfile. Él también iba a ser general cuando fuera grande, con un traje blanco, un sombrero con plumas, muchos soldados detrás y un caballo morado, del color del vestido del obispo. Bebé nunca había visto un caballo morado, pero seguro que alguien se lo iba a mandar a hacer. ¿Y a Raúl? ¿Quién le iba a comprar caballos a Raúl? Nadie, nadie. Raúl no tenía una mamá que le comprara ropa fina. Raúl no tenía tíos largos que le compraran sables.

Bebé miró hacia la otra cama. Raúl estaba dormido. Luisa ya se había ido a su cuarto a ponerse perfume. Bebé bajó de la cama sin hacer ruido y fue al tocador en la punta de los pies. Levantó el sable despacio, muy despacio, para que no sonara. ¿Y qué hizo, qué hizo Bebé? ¡Iba riéndose bajito, el muy pícaro! Llegó a la cama de Raúl y le puso el sable dorado en la almohada.

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