Leyendas

El monte de las ánimas

En Soria, el día de Todos los Santos, el joven cazador Alonso le cuenta a su prima Beatriz la historia de un monte donde los muertos salen de noche, y esa misma noche ella pone a prueba su valor.

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La noche de difuntos me despertó el sonido de las campanas. Doblaban por los muertos, lentas, tristes, sin fin, y me recordaron una tradición que oí hace poco en Soria. Ya no pude dormir, y para pasar el tiempo decidí escribirla. La oí en el mismo lugar donde pasó, y la escribí volviendo a veces la cabeza con miedo, cuando el viento frío de la noche hacía temblar los cristales de mi balcón.

—Aten los perros y toquen las trompas para reunir a los cazadores. Volvemos a la ciudad. Ya llega la noche, hoy es el día de Todos los Santos y estamos en el monte de las ánimas.

—¿Tan pronto?

—Cualquier otro día terminaría con esos lobos que la nieve del Moncayo echó de sus cuevas, pero hoy es imposible. Dentro de poco las campanas del convento de los templarios llamarán a la oración, y las ánimas de los muertos empezarán a tocar su campana en la capilla del monte.

—¿En esa capilla en ruinas? ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

—No, prima hermosa. Tú no sabes lo que pasa en esta tierra, porque llegaste de muy lejos hace menos de un año. Lleva tu yegua más despacio, y por el camino te contaré esa historia.

Los condes de Bórges y de Alcudiel subieron a sus caballos, y todos siguieron a sus hijos, Beatriz y Alonso, que iban delante, bastante lejos de los demás. Por el camino, Alonso contó la historia que había prometido:

—Ese monte era de los templarios. ¿Ves su convento, allí, al lado del río? Los templarios eran guerreros y monjes a la vez. Cuando Soria fue conquistada a los árabes, el rey los trajo de tierras lejanas para defender la ciudad, y esto ofendió mucho a los nobles de Castilla, que la habían conquistado solos. Entre los templarios y los nobles creció un odio profundo. Los templarios guardaban ese monte para cazar solo ellos, y los nobles decidieron organizar allí una gran cacería, aunque los monjes guerreros lo prohibían. Nada pudo detener ni a los unos ni a los otros. Aquello no fue una cacería: fue una batalla terrible. El monte se llenó de cadáveres, y los lobos tuvieron un festín de sangre. Al final, el rey declaró abandonado el monte, y la capilla de los monjes, junto a la cual enterraron juntos a amigos y enemigos, empezó a caer en ruinas.

Beatriz no dijo nada, y Alonso siguió:

—Desde entonces dicen que, cuando llega la noche de difuntos, la campana de la capilla suena sola, y que las ánimas de los muertos, envueltas en sus sudarios rotos, corren entre las zarzas como en una cacería fantástica. Los lobos aúllan, las serpientes silban, y al día siguiente se ven en la nieve las huellas de los pies sin carne de los esqueletos. Por eso lo llamamos el monte de las ánimas, y por eso quiero salir de él antes de que llegue la noche.

Alonso terminó su historia justo cuando llegaban al puente que lleva a la ciudad. Allí esperaron a los demás, y todos juntos desaparecieron por las calles estrechas y oscuras de Soria.

Esa noche, en el palacio de los condes de Alcudiel, algunas damas y caballeros conversaban junto al fuego de la alta chimenea, y el viento golpeaba los cristales de las ventanas. Solo Beatriz y Alonso no participaban en la conversación. Beatriz miraba las llamas, perdida en sus pensamientos; Alonso miraba el reflejo del fuego en los ojos azules de Beatriz. Las viejas criadas contaban historias de fantasmas y de muertos que vuelven, y a lo lejos doblaban las campanas de las iglesias de Soria.

—Prima hermosa —dijo por fin Alonso—, pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre. Sé que no te gustan Castilla ni su vida dura y sencilla; varias veces te oí suspirar, quizá por algún joven de tu tierra lejana, o quizá por la corte de Francia, donde viviste antes de venir a Soria.

Beatriz hizo un gesto frío de indiferencia con sus labios delgados.

—De un modo o de otro, siento que pronto voy a perderte, y quiero que te lleves un recuerdo mío. ¿Te acuerdas de la joya que llevaba en el sombrero el día en que fuimos a la iglesia, cuando te curaste? Te gustó mucho. ¡Qué bonita quedaría sobre tu pelo oscuro! Mi padre se la regaló a mi madre, y ella la llevó el día de su boda. ¿La quieres?

—No sé cómo es en tu tierra —contestó ella—, pero en la mía, quien acepta un regalo acepta también un compromiso. Solo en un día de fiesta se puede aceptar un regalo de un pariente.

La voz helada de Beatriz confundió un momento al joven, pero se calmó y dijo con tristeza:

—Lo sé, prima. Pero hoy es el día de Todos los Santos, y también el día de tu santo; hoy es un día de fiesta y de regalos. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió un poco los labios y tomó la joya sin decir una palabra.

Los dos volvieron a quedarse en silencio. Otra vez se oían las voces cansadas de las viejas, que hablaban de brujas y de duendes, el viento en los cristales y el triste doblar de las campanas. Después de unos minutos, Alonso habló otra vez:

—Hoy también es el día de mi santo, y tú puedes dejarme un recuerdo sin comprometerte. ¿No lo harás?

Y la miró a los ojos. La mirada de su prima brilló un momento como un relámpago, iluminada por una idea diabólica.

—¿Por qué no? —respondió ella, y se llevó la mano al hombro, como si buscara algo en su ancha manga de terciopelo. Luego, con una cara triste de niña, añadió—: ¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería? Me dijiste que su color era el color de tu alma.

—Sí.

—Pues... ¡se perdió! Se perdió, y quería dejártela de recuerdo.

—¡Se perdió! ¿Y dónde? —preguntó Alonso, con una expresión extraña de miedo y de esperanza.

—No sé... Quizá en el monte.

—¡En el monte de las ánimas! —murmuró él. Se puso pálido y se dejó caer en su asiento. Luego siguió con voz baja y entrecortada—: Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces: en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. La alfombra que pisas está hecha con las pieles de animales que maté con mis propias manos. Luché con ellos de día y de noche, a pie y a caballo, y nadie puede decir que me vio huir del peligro. Cualquier otra noche iría volando a buscar esa banda, e iría feliz, como a una fiesta. Y sin embargo esta noche... esta noche, ¿para qué te lo voy a ocultar?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, y las ánimas del monte empiezan ahora a levantar sus cráneos amarillos entre las plantas que cubren sus tumbas... ¡Las ánimas! Con solo verlas, al hombre más valiente se le hiela la sangre, o se lo llevan en su carrera loca, como el viento se lleva una hoja.

Mientras él hablaba, una sonrisa casi invisible apareció en los labios de Beatriz. Cuando él terminó, ella removió el fuego, donde la leña saltaba echando chispas, y dijo con indiferencia:

—¡Oh! De ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante tontería! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y el camino lleno de lobos!

Dijo esta última frase de un modo tan especial que Alonso comprendió toda su amarga ironía. Se levantó de golpe, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo, y con voz firme le dijo:

—Adiós, Beatriz, adiós. Hasta... pronto.

—¡Alonso! ¡Alonso! —dijo ella, y se volvió rápidamente.

Pero cuando quiso detenerlo, o fingió que quería detenerlo, el joven ya no estaba allí. Pocos minutos después se oyó un caballo que se alejaba al galope. Beatriz, con una expresión de orgullo satisfecho, escuchó aquel ruido, que se hacía más débil, que se perdía, que al fin desapareció.

Pasó una hora, dos, tres. Era casi medianoche, y Alonso no volvía, aunque podía estar de vuelta en menos de una hora.

—¡Habrá tenido miedo! —dijo Beatriz, y se fue a la cama.

Apagó la lámpara, cerró las cortinas de seda alrededor de la cama y se durmió, pero su sueño era ligero e inquieto. Cuando el reloj dio las doce, oyó entre sueños las campanadas, lentas y tristísimas, y abrió un poco los ojos. Le pareció oír también su nombre, pero lejos, muy lejos, en una voz apagada y llena de dolor.

—Será el viento —se dijo, y se puso la mano sobre el corazón para tranquilizarse.

Pero su corazón latía cada vez más fuerte. Una puerta sonó con un chirrido largo y agudo. Luego otra, y otra, cada vez más cerca: todas las puertas que llevaban a su habitación fueron sonando, una tras otra. Después, silencio; pero un silencio lleno de ruidos extraños: agua lejana, perros que ladraban, voces confusas, pasos que iban y venían, ropas que se arrastraban, suspiros, y ese temblor que anuncia algo que no se ve, pero que se nota cerca en la oscuridad.

Beatriz, inmóvil, temblando, sacó la cabeza entre las cortinas y escuchó. Nada: silencio. Le parecía ver bultos que se movían en todas direcciones; pero cuando fijaba los ojos en un punto, nada: oscuridad.

—¡Bah! —dijo, y volvió a apoyar la cabeza en la almohada—. ¿Voy a tener tanto miedo como esta pobre gente, que lleva armadura y tiembla cuando oye una historia de fantasmas?

Cerró los ojos e intentó dormir, pero pronto volvió a incorporarse, más pálida, más asustada. Ya no era una ilusión: las cortinas de la puerta se habían movido, y unos pasos lentos sonaban sobre la alfombra. Era un ruido sordo, casi imperceptible, pero continuo, y al mismo ritmo se oía crujir algo, como madera o como hueso. Y se acercaban, se acercaban... y el reclinatorio que estaba junto a su cama se movió. Beatriz dio un grito, se tapó la cabeza con las sábanas y contuvo la respiración.

El viento golpeaba los cristales, los perros ladraban a lo lejos, y las campanas de Soria doblaban tristemente por las ánimas de los muertos.

Así pasó una hora, dos, la noche entera, un siglo, porque aquella noche le pareció eterna a Beatriz. Por fin llegó el amanecer. ¡Qué hermosa es la luz clara y blanca del día después de una noche de terror! Beatriz abrió las cortinas de la cama y ya estaba a punto de reírse de sus miedos, cuando de repente un sudor frío le cubrió el cuerpo, los ojos se le abrieron de horror y una palidez mortal le borró el color de las mejillas: sobre el reclinatorio estaba, rota y llena de sangre, la banda azul que había perdido en el monte, la banda azul que Alonso había ido a buscar.

Sus criados llegaron asustados para darle la noticia: esa mañana habían encontrado a Alonso entre las plantas del monte de las ánimas, comido por los lobos. Pero la encontraron a ella agarrada con las dos manos a una de las columnas de la cama, con los ojos muy abiertos, la boca entreabierta, los labios blancos, el cuerpo rígido: muerta, ¡muerta de horror!

Dicen que, después de esto, un cazador se perdió en el monte de las ánimas y pasó allí la noche de difuntos. Al día siguiente, antes de morir, contó cosas horribles. Contó que, a la hora de la oración, vio levantarse de sus tumbas los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria. Vio caballeros montados en esqueletos de caballos, que perseguían como a un animal a una mujer hermosa y pálida. Con los pies desnudos y llenos de sangre, y dando gritos de horror, ella corría alrededor de la tumba de Alonso.

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