Don Quijote de la Mancha, primera parte

El castillo

Don Quijote llega a una posada, cree que es un castillo y pide una ceremonia para ser caballero.

Kapitel 2 Spansk A2 Let øvet
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Una mañana de julio, antes de salir el sol, don Quijote se puso sus armas. No dijo nada a nadie. Subió a Rocinante y tomó su lanza y su escudo. Luego salió al campo por la puerta de atrás. Iba muy contento.

Pero de repente tuvo un pensamiento terrible. ¡Todavía no era caballero! Para serlo, necesitaba una ceremonia. Según las leyes de los libros, no podía luchar con ningún caballero. Casi volvió a su casa. Pero su locura era más fuerte que todo, y tomó una decisión. La primera persona en el camino lo iba a armar caballero. Así lo hacían muchos héroes de sus libros. Más tranquilo, siguió adelante. No eligió el camino: el camino lo elegía Rocinante.

Mientras caminaba, hablaba solo:

—Algún día un sabio va a escribir la historia de mis aventuras. ¡Y todo el mundo la va a leer! ¡Oh, princesa Dulcinea, señora de mi corazón, no te olvides de este pobre caballero!

Caminó casi todo el día, y no le pasó nada. El sol de julio quemaba mucho. Al llegar la noche, él y su caballo estaban cansados y muertos de hambre. Entonces vio cerca del camino una posada. Para don Quijote no era una posada. Era un castillo con cuatro torres y un puente, como en sus libros.

En la puerta de la posada estaban dos mujeres jóvenes. Iban a Sevilla con unos arrieros, que pasaban allí la noche. En ese momento, un hombre tocó un cuerno para llamar a sus cerdos. Don Quijote pensó:

—Es el enano del castillo. Está anunciando mi llegada.

Las dos mujeres vieron a un hombre con armadura, lanza y escudo, y se asustaron. Corrieron hacia la puerta. Don Quijote levantó su visera de cartón y les habló con voz tranquila:

—No huyan, señoras. Un caballero nunca hace daño a nadie, y menos a unas damas tan nobles como ustedes.

Las mujeres trataban de ver su cara, pero la visera de cartón todavía tapaba una parte. Y cuando oyeron «damas nobles», se rieron mucho. Don Quijote se enojó:

—La risa sin motivo es una tontería, señoras.

Pero las mujeres se rieron todavía más. En ese momento salió el dueño de la posada. Era un hombre muy gordo y muy tranquilo. Al ver a don Quijote, casi se rio también. Pero las armas le dieron un poco de miedo, y le habló con mucha educación:

—Señor caballero, si busca un lugar para dormir, aquí hay de todo, menos cama.

—Para mí, cualquier cosa es suficiente, señor del castillo —respondió don Quijote—. Mis armas son mi ropa, y mi descanso es luchar.

El dueño lo ayudó a bajar del caballo. Fue difícil, porque don Quijote estaba muy débil y tenía mucha hambre. Las dos mujeres le quitaron la armadura. Pero no pudieron quitarle el casco, porque estaba atado con unas cintas verdes. Había que cortar las cintas, y don Quijote no quiso. Así pasó toda la noche con el casco puesto.

Era viernes. En la posada solo había un poco de bacalao mal cocinado y un pan muy negro. Le pusieron la mesa en la puerta. Comer fue muy difícil, porque tenía el casco puesto. Una de las mujeres le ponía la comida en la boca. Para el vino, el dueño usó una caña larga y hueca. Todos se reían, pero don Quijote estaba feliz. En ese momento, un hombre tocó una pequeña flauta en el camino. Don Quijote ya no tenía dudas: estaba en un castillo famoso, con música y damas.

Solo una cosa le preocupaba: todavía no era caballero. Después de la cena, llevó al dueño al establo. Allí se puso de rodillas delante de él.

—Señor, quiero pedirle un favor —le dijo—. No me voy a levantar de aquí si antes no me dice que sí.

El dueño no sabía qué hacer, y le dijo que sí.

—Gracias, señor —dijo don Quijote—. Esta noche voy a velar mis armas en la capilla de su castillo. Y mañana usted me va a armar caballero.

El dueño de la posada era muy bromista. Ya sabía que su huésped estaba loco. Para reírse un poco esa noche, decidió hacer todo lo que su huésped quería. Le contó que de joven también fue caballero andante. Viajó por toda España, y por eso lo conocían muchos jueces. Le dijo también que en ese momento el castillo no tenía capilla. La estaban construyendo de nuevo. Pero las armas se podían velar en el patio.

—¿Tiene usted dinero? —le preguntó el dueño.

—Ni una moneda —respondió don Quijote—. En los libros, los caballeros andantes nunca llevan dinero.

—Se equivoca —dijo el dueño—. Todos llevaban dinero, camisas limpias y medicinas para sus heridas. Los libros no lo dicen, porque es algo muy normal.

Don Quijote le prometió llevar siempre dinero y camisas desde ese día.

En el patio había un pozo y, al lado, una pila de piedra para los animales. Don Quijote puso sus armas sobre la pila. Tomó su escudo y su lanza, y empezó a caminar delante de ellas. Esa noche había mucha luna, y todo se veía muy bien. El dueño les contó a todos la locura de su huésped. La gente salió para mirarlo desde lejos.

Entonces uno de los arrieros fue a dar agua a sus mulas. Para eso necesitaba quitar las armas de la pila. Don Quijote le gritó:

—¡Tú, caballero atrevido! ¡No toques esas armas! Son del caballero más valiente del mundo.

El arriero no le hizo caso. Tomó las armas y las tiró lejos. Don Quijote miró al cielo y pensó en su señora Dulcinea. Después levantó la lanza con las dos manos. Le dio al arriero un golpe muy fuerte en la cabeza. El hombre cayó al suelo. Don Quijote volvió a poner las armas sobre la pila, y siguió caminando con calma.

Poco después llegó otro arriero, que también quería dar agua a sus mulas. Él también fue a quitar las armas de la pila. Don Quijote no dijo nada esta vez. Levantó otra vez la lanza y le abrió la cabeza al segundo arriero. Al oír el ruido, salió toda la gente de la posada. Los compañeros de los heridos empezaron a tirarle piedras desde lejos. Don Quijote se protegía con su escudo y no se movía de la pila.

—¡Tiren, cobardes! —gritaba—. ¡No les tengo miedo!

El dueño gritaba también:

—¡Déjenlo! ¡Ya les dije que está loco!

Por fin dejaron de tirar piedras, y se llevaron a los heridos. El dueño no quería más problemas. Decidió terminar rápido con la ceremonia, y le dijo a don Quijote:

—Usted ya veló las armas más de cuatro horas. Es suficiente.

Trajo el libro donde anotaba la paja y la cebada de los arrieros. Un muchacho lo acompañó con una vela, y llegaron también las dos mujeres. Don Quijote se puso de rodillas. El dueño leía en su libro y movía los labios, como en una oración. Luego le dio un golpe en el cuello. Después, con la espada de don Quijote, le dio otro en la espalda. Una de las mujeres le puso la espada en la cintura. Casi no podía aguantar la risa.

—Buena suerte en sus batallas, señor caballero —le dijo.

Don Quijote le preguntó su nombre. Ella le dijo que se llamaba la Tolosa. Él le dijo:

—Desde hoy, usted se llama doña Tolosa.

La otra mujer le puso las espuelas. Se llamaba la Molinera, y desde ese día también fue doña Molinera.

Ahora don Quijote era caballero, y tenía prisa por buscar aventuras. Le puso la silla a Rocinante, subió y abrazó al dueño de la posada. Le dio las gracias con palabras muy extrañas. El dueño solo quería verlo lejos de allí. No le pidió dinero por la noche, y lo dejó ir.

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