Don Quijote de la Mancha, segunda parte

El Caballero de los Espejos

En un bosque, de noche, don Quijote conoce a un caballero que dice que venció a don Quijote de la Mancha.

Kapitel 3 Spansk A2 Let øvet
Navneord Egennavn Udsagnsord Hjælpeudsagnsord Tillægsord Biord Stedord Bestemmerord Forholdsord Talord Sideordnende bindeord Underordnende bindeord Partikel Udråbsord Andet

Una noche, poco después, don Quijote y Sancho dormían debajo de unos árboles altos. De pronto, un ruido despertó a don Quijote. Eran dos hombres a caballo. Uno de ellos bajó del caballo y se tiró al suelo, y sus armas hicieron ruido. Por eso don Quijote supo que era un caballero andante. Despertó a Sancho y le dijo en voz baja:

—Hermano Sancho, tenemos aventura.

—Dios nos la dé buena. ¿Y dónde está esa señora aventura?

—Mira allí: un caballero andante, y no parece muy feliz. Escucha.

El caballero cantó una canción de amor. Después dijo con voz triste:

—¡Oh, Casildea de Vandalia, la mujer más hermosa y más ingrata del mundo! ¿Todavía no te basta? Todos los caballeros de Castilla y de la Mancha ya dicen que eres la más hermosa del mundo. Yo los obligué.

—Eso no es verdad —dijo don Quijote en voz baja—. Yo soy de la Mancha, y nunca dije eso.

El caballero los oyó y se levantó.

—¿Quién está ahí? ¿Son de los felices o de los tristes?

—De los tristes —respondió don Quijote.

—Entonces venga aquí, y va a encontrar la tristeza misma.

Los dos caballeros se sentaron juntos en el suelo, como buenos amigos, a hablar de sus damas. Y el escudero del desconocido tomó a Sancho del brazo:

—Vamos los dos a otro lugar, a hablar como escuderos.

Los dos escuderos se sentaron un poco lejos y hablaron de su vida, tan dura.

—Mi amo está loco —dijo el otro escudero—. Para curar a otro caballero que perdió el juicio, se vuelve loco él. Y tal vez le salga mal lo que quiere hacer.

—El mío también está loco —dijo Sancho—, pero no tiene nada de malo. Tiene el alma de un niño. Cualquier niño le puede hacer creer que es de noche al mediodía. Por eso lo quiero tanto, y no lo dejo, aunque haga mil locuras.

Entonces el otro escudero sacó una gran bota de vino y una empanada enorme. Sancho comió sin esperar a nadie. Después tomó la bota, se la puso en la boca y estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora. Al final, los dos escuderos se durmieron, con la bota casi vacía en las manos.

Mientras tanto, el desconocido le decía a don Quijote:

—Mi señora Casildea me mandó recorrer toda España: todos los caballeros andantes tienen que decir que ella es la más hermosa del mundo. Ya vencí a muchos. Pero de lo que estoy más orgulloso es de esto: vencí al famoso don Quijote de la Mancha, y le hice decir que mi Casildea es más hermosa que su Dulcinea. Y como él venció a todos, ahora toda su fama es mía.

Don Quijote quiso gritarle: «¡Mentira!». Pero se calmó, porque quería oír más detalles de aquella mentira.

—¿A don Quijote de la Mancha? —dijo tranquilo—. Tal vez fue otro que se parecía a él.

—¡Claro que fue él! Es alto y flaco, de pelo gris, nariz grande y curva, y bigote negro y largo. Se llama el Caballero de la Triste Figura. Su escudero es un campesino llamado Sancho Panza, su caballo es Rocinante y su dama es una tal Dulcinea del Toboso.

—Ese don Quijote es mi mejor amigo —dijo don Quijote—. Por lo que usted dice, parece que era él. Pero no puede ser. Tal vez uno de sus enemigos encantadores tomó su forma y se dejó vencer, para quitarle la fama. Hace solo dos días, esos encantadores convirtieron a la hermosa Dulcinea en una campesina fea. Y si esto no basta, aquí está el mismo don Quijote para probarlo con sus armas.

Y se levantó con la mano en la espada.

—Si lo vencí a usted cuando estaba cambiado, también puedo vencerlo como es —respondió el otro—. Pero los caballeros no luchan en la oscuridad, como los ladrones. Vamos a esperar el día. Y hay una condición: el vencido va a hacer todo lo que quiera el vencedor, siempre que sea algo digno de un caballero.

—Acepto —dijo don Quijote.

Con la primera luz del día, Sancho vio la nariz del otro escudero y se asustó muchísimo. Era enorme, curva, llena de verrugas y de color morado, como una berenjena, y le llegaba más abajo de la boca. Sancho empezó a temblar.

Don Quijote miró a su enemigo. Ya tenía el casco puesto y cerrado, y no se le veía la cara. Era fuerte y no muy alto. Sobre la armadura llevaba una capa de tela de oro, cubierta de muchas lunas pequeñas hechas de espejos brillantes. Su lanza era larguísima y gruesa.

—Señor caballero —dijo don Quijote—, levante un poco la visera. Quiero ver su cara.

—Ya va a tener tiempo de verla —respondió el Caballero de los Espejos—, como vencido o como vencedor.

Montaron a caballo y se separaron para tomar distancia. Pero Sancho no quería quedarse solo con aquel escudero. Corrió detrás de su amo.

—Señor, ayúdeme a subir a ese árbol. Desde allí voy a ver mejor la batalla.

—Más bien quieres verla sin peligro, Sancho.

—La verdad, señor, la nariz de ese escudero me da mucho miedo.

Mientras don Quijote ayudaba a Sancho, el Caballero de los Espejos empezó a correr hacia él. Pero su caballo no era mejor que Rocinante, y solo iba al trote. A mitad de camino, el caballero vio a don Quijote ocupado con Sancho y paró. Y el caballo, muy cansado, ya no quiso moverse más. Don Quijote picó con fuerza a Rocinante con las espuelas, y Rocinante corrió de verdad, la única vez en toda su vida. El otro caballero picaba y picaba a su caballo, pero el caballo no se movía. El golpe de don Quijote fue tan fuerte que el Caballero de los Espejos cayó al suelo por detrás del caballo. Y allí se quedó, sin mover ni un pie ni una mano, como muerto.

Sancho bajó del árbol y corrió hacia su amo. Don Quijote bajó de Rocinante y le quitó el casco al caído. Quería ver si estaba muerto, o darle aire si estaba vivo. Y vio… ¡la cara de Sansón Carrasco!

—¡Ven, Sancho! —gritó—. ¡Mira lo que pueden hacer los encantadores!

Sancho vio la cara de Sansón y empezó a hacerse cruces.

—Señor —dijo—, por si acaso, métale la espada en la boca a este que parece Sansón Carrasco. Tal vez así mata a uno de sus enemigos encantadores.

—No dices mal —respondió don Quijote—. Cuantos menos enemigos, mejor.

Sacó la espada, pero en ese momento llegó corriendo el otro escudero, ya sin aquella nariz tan fea.

—¡Cuidado, señor don Quijote! ¡Ese es Sansón Carrasco, su amigo, y yo soy su escudero!

—¿Y la nariz? —preguntó Sancho.

—Aquí la tengo, en el bolsillo.

Y sacó una nariz falsa de cartón pintado. Sancho lo miró bien y gritó:

—¡Santa María! ¿No eres tú Tomé Cecial, mi vecino y compadre?

—¡Claro que lo soy! Después te explico todo. Pero ahora pídele a tu amo que no le haga daño a este caballero.

En ese momento, el caballero abrió los ojos. Don Quijote le puso la punta de la espada sobre la cara.

—Está usted muerto, caballero, si no dice que la señora Dulcinea del Toboso es más hermosa que su Casildea de Vandalia. Y además va a ir a El Toboso de mi parte, a hacer lo que ella quiera.

—Lo digo —respondió el caballero caído—: un zapato viejo y sucio de la señora Dulcinea del Toboso vale más que toda mi Casildea. Y prometo ir a verla.

—Y también tiene que decir otra cosa —siguió don Quijote—: el caballero que usted venció no era don Quijote de la Mancha, sino otro que se parecía a él. Y yo también creo que usted no es Sansón Carrasco, aunque se parece a él. Mis enemigos le dieron su cara, para calmar mi rabia.

—Lo digo y lo creo todo, igual que usted. Pero déjeme levantarme, por favor. La caída me dejó muy mal.

Don Quijote y Tomé Cecial lo ayudaron a levantarse. Sancho le hacía preguntas a Tomé, y todas las respuestas mostraban que era de verdad su vecino. Pero su amo decía que todo era cosa de encantadores, y Sancho ya no sabía qué creer. Así, amo y escudero siguieron sin saber la verdad. El Caballero de los Espejos y su escudero se fueron tristes, a buscar a alguien que le curara las costillas. Don Quijote y Sancho siguieron su camino, muy contentos. Don Quijote iba orgulloso de su victoria.

¿Y quién era de verdad el Caballero de los Espejos? Era el mismo Sansón Carrasco. Cuando animó a don Quijote a salir otra vez, ya tenía un plan con el cura y el barbero. Iba a salir detrás de él, vestido de caballero andante, y lo iba a vencer, cosa que le parecía muy fácil. Y como vencedor, le iba a dar una orden: volver a su casa y no salir en dos años. Don Quijote era un caballero de verdad, y por eso iba a obedecer. Sansón esperaba que en ese tiempo don Quijote se curara de su locura. Tomé Cecial, un hombre alegre y amigo de las bromas, quiso ser su escudero, y se puso la nariz falsa para que Sancho no lo reconociera.

Pero el plan salió al revés. Por el camino, Tomé le dijo a Sansón:

—Tenemos lo que merecemos, señor Sansón. Don Quijote está loco, y nosotros cuerdos. Pero él se va sano y riendo, y usted se queda lleno de golpes y triste. Entonces, ¿quién está más loco: el que está loco porque no puede evitarlo, o el que está loco porque quiere?

—El que está loco a la fuerza —respondió Sansón— siempre va a estar loco. El que está loco porque quiere puede dejar de estarlo cuando quiera.

—Pues yo estuve loco porque quise, cuando me hice su escudero. Y ahora quiero dejar de estarlo. Me vuelvo a mi casa.

—Haga usted lo que quiera, Tomé —dijo Sansón—. Yo no vuelvo a casa sin darle a don Quijote una buena paliza. Y ya no lo busco para curarle la locura, sino para vengarme. Me duelen demasiado las costillas.

En un pueblo encontraron a un hombre que sabía curar huesos. Allí Tomé Cecial dejó a Sansón y volvió a su casa. Y Sansón se quedó solo, pensando en su venganza.

Oversættelsen er ikke oprettet endnu.

Indlæser sætninger...

50+
20+
10+
5+
4
3
2
1

Velkommen tilbage!

Log ind for at fortsætte

Glemt adgangskode?
Ingen konto endnu? Opret konto