Leyendas

La ajorca de oro

En Toledo, el valiente Pedro encuentra llorando a María, la mujer que ama, y ella le confiesa un deseo que lo llena de terror.

Kapitel 5 Spansk B1 Mellemniveau
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Ella era hermosa, con una hermosura que daba vértigo. No se parecía en nada a la belleza que soñamos en los ángeles, y sin embargo no era de este mundo: era una hermosura diabólica, de esas que tal vez el demonio les presta a algunas personas para usarlas en la tierra.

Él la amaba con un amor sin freno y sin límites, un amor en el que se busca la felicidad y solo se encuentra sufrimiento.

Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante.

Él era supersticioso, supersticioso y valiente.

Ella se llamaba María Antúnez.

Él, Pedro Alfonso de Orellana.

Los dos eran de Toledo, y los dos vivían en la ciudad donde habían nacido. La tradición que cuenta esta maravillosa historia, que pasó hace muchos años, no dice nada más de ellos. Y yo, que solo quiero contar la verdad, no voy a añadir ni una palabra mía.

Un día, él la encontró llorando y le preguntó:

—¿Por qué lloras?

Ella se secó los ojos, lo miró fijamente, suspiró y volvió a llorar.

Entonces él se acercó, le tomó una mano, apoyó el codo en el viejo muro árabe del mirador desde donde ella miraba pasar el río, y le preguntó otra vez:

—¿Por qué lloras?

Abajo, entre las rocas sobre las que se levanta Toledo, el Tajo se retorcía con un ruido como de gemidos. El sol se escondía detrás de los montes, la niebla de la tarde flotaba como un velo azul, y solo el ruido del agua rompía el silencio.

—No me preguntes por qué lloro —dijo María—, no me lo preguntes. Yo no sabría contestarte, y tú no me entenderías. Hay deseos que una mujer guarda en el alma sin decirlos, ideas locas que pasan por la cabeza y que los labios no se atreven a pronunciar. Te lo ruego, no me preguntes. Si te lo dijera, tal vez te reirías de mí.

Ella bajó otra vez la cabeza, y él volvió a preguntar. Por fin, la hermosa rompió su silencio y le dijo con voz baja y entrecortada:

—Tú lo quieres. Es una locura que te va a hacer reír, pero no importa: te lo voy a decir. Ayer estuve en el templo. Era la fiesta de la Virgen. Su imagen brillaba en el altar mayor como una brasa de fuego, la música del órgano temblaba de eco en eco por toda la iglesia y en el coro los sacerdotes cantaban la Salve. Yo rezaba, perdida en mis pensamientos, cuando sin querer levanté la cabeza y miré el altar. No sé por qué mis ojos se fijaron en la imagen... No, en la imagen no: en un objeto que nunca antes había visto y que atraía toda mi atención. No te rías... Era la ajorca de oro que la Madre de Dios lleva en el brazo, en el brazo donde descansa su Hijo. Aparté la vista y volví a rezar... ¡Imposible! Mis ojos volvían solos al mismo lugar. Las luces del altar se reflejaban en sus diamantes, y millones de chispas rojas y azules, verdes y amarillas, giraban alrededor de las piedras como un remolino de fuego. Salí del templo y volví a casa, pero con aquella idea fija en la cabeza. Me acosté y no pude dormir. La noche fue eterna. Al amanecer se me cerraron los ojos, y, ¿lo vas a creer?, aun en sueños veía pasar, perderse y volver a una mujer morena y hermosa que llevaba la joya. Una mujer, sí, porque ya no era la Virgen que yo adoro: era otra mujer como yo, que me miraba y se reía de mí. «¿La ves? —parecía decirme, y me mostraba la joya—. ¡Cómo brilla! Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo en una noche de verano. ¿La ves? Pues no es tuya, y no lo será nunca, nunca... Tal vez tendrás otras mejores, más ricas, pero esta, esta nunca... nunca...». Me desperté, pero con la misma idea clavada aquí, entonces como ahora, como un clavo ardiente. Es una idea diabólica; sin duda me la manda el mismo Satanás... ¿Y qué? ¿Te callas? ¿Bajas la cabeza? ¿No te hace reír mi locura?

Pedro apretó con fuerza el puño de su espada, levantó la cabeza, que de verdad había bajado, y preguntó con voz sorda:

—¿Qué Virgen tiene esa joya?

—La del Sagrario —murmuró María.

—¡La del Sagrario! —repitió el joven con terror—. ¡La del Sagrario de la catedral!

Por un instante su cara mostró el espanto que aquella idea le producía.

—¡Ah! ¿Por qué no la tiene otra Virgen? —siguió con pasión—. ¿Por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona o el diablo entre sus garras? Yo se la quitaría para ti, aunque me costara la vida o el infierno. Pero a la Virgen del Sagrario, a la patrona de nuestra ciudad... yo, que nací en Toledo... ¡Imposible, imposible!

—¡Nunca! —murmuró María con una voz que casi no se oía—. ¡Nunca!

Y siguió llorando.

Pedro se quedó mirando el río con los ojos perdidos, el río que pasaba y pasaba sin parar, rompiéndose entre las rocas al pie del mirador.

¡La catedral de Toledo! Imagínense un bosque de palmeras gigantes de granito, que juntan sus ramas allá arriba y forman una bóveda enorme. Debajo de ella vive todo un mundo de seres reales e imaginarios, entre sombras y rayos de colores. Imagínense un mundo de piedra, inmenso y sombrío, y todavía no tendrán una idea de ese monumento eterno a la fe de nuestros abuelos. Allí viven el silencio, la majestad y un santo horror que defiende sus puertas de los malos pensamientos.

El mismo día de la escena del mirador, la catedral celebraba el último día de la gran fiesta de la Virgen. La multitud ya se había ido, ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las enormes puertas habían chirriado al cerrarse detrás del último toledano, cuando un hombre salió de entre las sombras. Estaba pálido, tan pálido como la estatua de la tumba donde se apoyó un instante para dominar su emoción. Avanzó en silencio hasta la reja de la capilla mayor, y allí la luz de una lámpara iluminó su cara.

Era Pedro.

¿Qué había pasado entre los dos amantes? ¿Por qué hacía ahora lo que antes, solo de pensarlo, le había erizado el pelo de horror? Nunca se supo.

Pero estaba allí, y estaba allí para cometer su crimen. Se le veía en la mirada inquieta, en el temblor de las rodillas, en las gotas de sudor que le corrían por la frente.

La catedral estaba sola, completamente sola, en un silencio profundo. Sin embargo, de vez en cuando se oían ruidos confusos: tal vez la madera que crujía, o el viento, o, ¿quién sabe?, tal vez la imaginación, que en momentos así oye y ve lo que no existe. Pero lo cierto es que, unas veces cerca y otras lejos, a su espalda o a su lado, sonaba algo como sollozos ahogados, como telas que se arrastran, como pasos que van y vienen sin parar.

Pedro hizo un esfuerzo, llegó a la reja y subió el primer escalón de la capilla mayor. Alrededor de esa capilla estaban las tumbas de los reyes; sus estatuas de piedra, con la mano en la espada, parecían vigilar el santuario día y noche.

—¡Adelante! —murmuró.

Quiso andar y no pudo. Sus pies parecían clavados al suelo. Bajó los ojos y se le erizó el pelo: el suelo de la capilla estaba hecho de anchas losas oscuras de sepulturas. Por un momento creyó que una mano fría y sin carne lo sujetaba allí con una fuerza invencible. Las lámparas del fondo de las naves temblaron ante sus ojos; temblaron las estatuas de las tumbas y las imágenes del altar, y tembló todo el templo.

—¡Adelante! —gritó otra vez Pedro, como fuera de sí.

Se acercó al altar, subió por él y llegó hasta los pies de la imagen. A su alrededor todo tomaba formas horribles; todo era tinieblas y una luz dudosa, peor aún que la oscuridad. Solo la Reina de los cielos, iluminada suavemente por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, buena y serena en medio de tanto horror.

Pero aquella sonrisa muda e inmóvil, que lo había calmado un instante, terminó por darle miedo, un miedo más extraño y más profundo que el que había sentido hasta entonces.

Se dominó otra vez, cerró los ojos para no verla, extendió la mano con un movimiento brusco y le arrancó del brazo la ajorca de oro, el regalo de un santo arzobispo, una joya que valía una fortuna. Ya la tenía: sus dedos la apretaban con una fuerza sobrehumana. Solo le quedaba huir. Pero para eso tenía que abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver: de ver la imagen, los reyes de las tumbas, los demonios de las cornisas, los monstruos de las columnas, y las sombras y los rayos de luz que se movían despacio en el fondo de las naves como fantasmas blancos y gigantes.

Por fin abrió los ojos, miró, y un grito agudo se le escapó de los labios.

La catedral estaba llena de estatuas. Vestidas con largas ropas que nadie había visto nunca, habían bajado de sus nichos, llenaban toda la iglesia y lo miraban con sus ojos sin pupilas. Santos, monjas, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes y campesinos se mezclaban en las naves y en el altar. Delante de los reyes, que estaban de rodillas sobre sus tumbas, decían misa los arzobispos de mármol que él había visto otras veces inmóviles sobre sus sepulcros. Y por el suelo, por las columnas y por las bóvedas, se arrastraban y trepaban, como gusanos en un cadáver inmenso, todo un mundo de reptiles y animales de granito, deformes y horribles.

Ya no pudo más. La sangre le golpeaba en las sienes con una fuerza espantosa; una nube roja le oscureció los ojos. Lanzó un segundo grito, un grito desgarrador, que no parecía humano, y cayó sin sentido sobre el altar.

Al día siguiente, los hombres que servían en la iglesia lo encontraron al pie del altar. Todavía tenía la ajorca de oro entre las manos, y al verlos acercarse gritó con una carcajada aguda:

—¡Suya, suya!

El pobre estaba loco.

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