Don Quijote de la Mancha, primera parte

El gigante de la posada

De vuelta en la posada, Sancho cree que su amo lucha contra el gigante de la princesa Micomicona.

Kapitel 17 Spansk A2 Let øvet
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Al día siguiente llegaron a la posada de la manta. Sancho no quería entrar, pero no tuvo otro remedio. El dueño, su mujer, su hija y Maritornes salieron a recibirlos muy contentos. Don Quijote les pidió una cama mejor que la otra vez. La mujer del dueño le respondió que sí, con una condición. Esta vez tenía que pagar. Le prepararon una cama en el mismo cuarto viejo. Don Quijote se acostó enseguida, muy cansado.

Entonces la mujer del dueño agarró al barbero de la barba.

—¡Devuélvame ya mi cola de buey! —le dijo—. Mi marido la necesita para colgar su peine.

El barbero no quería dársela, pero el cura le dijo que ya no la necesitaba. Así que el barbero le devolvió la cola, y le devolvieron también el vestido.

Todos se sentaron a comer, y hablaron de la locura de don Quijote. Después, el cura empezó a leer en voz alta un libro para los demás. Ya casi terminaba el libro cuando Sancho salió del cuarto de don Quijote, gritando:

—¡Vengan, señores, rápido! ¡Ayuden a mi señor! ¡Está en la batalla más terrible del mundo! ¡Está luchando con el gigante enemigo de la princesa Micomicona! ¡Le cortó la cabeza como a un nabo!

—¿Qué dices, Sancho? —dijo el cura—. ¿Estás loco? ¡El gigante está muy lejos de aquí, en su reino!

En ese momento oyeron un gran ruido en el cuarto. Don Quijote gritaba:

—¡Alto, ladrón! ¡Ya te tengo, y no te va a servir tu espada!

Y parecía que daba grandes golpes a las paredes.

—¡Entren, señores! —dijo Sancho—. Aunque ya no es necesario. El gigante está muerto, sin duda. Yo vi correr la sangre por el suelo. Y vi su cabeza cortada, grande como un odre de vino.

—¡Ya sé qué es! —gritó el dueño de la posada—. ¡Ese loco cortó mis odres de vino tinto! Al lado de su cama había varios, llenos de vino. ¡Y ese vino derramado le parece sangre a este tonto!

El dueño entró en el cuarto, y todos lo siguieron. Allí encontraron a don Quijote con una ropa muy extraña. Llevaba solo una camisa muy corta. Se le veían las piernas, muy largas, flacas y llenas de pelo. En la cabeza llevaba un gorro rojo y sucio del dueño. En el brazo izquierdo tenía la manta de la cama. En la mano derecha tenía la espada. Con ella daba golpes por todas partes, como en una batalla de verdad.

Pero lo mejor era esto: tenía los ojos cerrados. ¡Estaba dormido! Soñaba que estaba ya en el reino de Micomicón, luchando contra el gigante. Y daba tantos golpes a los odres que todo el cuarto estaba lleno de vino.

El dueño se enojó tanto que empezó a darle puñetazos. El cura y otro viajero tuvieron que detenerlo. Pero don Quijote seguía dormido. Por fin, el barbero trajo del pozo un balde grande de agua fría. Se lo echó encima. Entonces don Quijote se despertó, pero todavía no sabía bien dónde estaba. Dorotea vio su camisa tan corta y no quiso entrar en el cuarto.

Sancho buscaba la cabeza del gigante por todo el suelo, y no la encontraba.

—Yo ya sé que en esta casa todo es encantamiento —decía—. La otra vez me dieron muchos golpes en este mismo lugar, y nunca vi a nadie. Y ahora no aparece la cabeza que vi cortar con mis propios ojos. ¡Y la sangre corría como de una fuente!

—¿Qué sangre ni qué fuente, ladrón? —gritó el dueño—. ¿No ves que la sangre y la fuente son estos odres rotos y mi vino tinto?

—Yo no sé nada —respondió Sancho—. Solo sé esto. Sin esa cabeza, mi condado se va a deshacer como la sal en el agua.

Y Sancho despierto estaba peor que su amo dormido. El dueño juraba que esta vez tenían que pagar el vino, la cena y todo. El cura le sujetaba las manos a don Quijote. Don Quijote creía que la aventura ya estaba terminada y que estaba delante de la princesa. Se puso de rodillas delante del cura y le dijo:

—Alta y famosa señora, ya puede vivir tranquila. Esa mala criatura ya no le puede hacer daño. Y yo ya cumplí mi promesa, con la ayuda de Dios y de mi dama.

—¿No lo dije yo? —dijo Sancho—. ¡No estaba borracho! ¡Mi amo ya mató al gigante! ¡Seguro que voy a ser conde!

Todos se reían de los dos, del amo y del escudero. Todos, menos el dueño de la posada. Con mucho trabajo, llevaron a don Quijote a la cama, y se durmió otra vez. El cura prometió pagar todo el vino.

En los días siguientes llegaron a la posada muchos viajeros. Algunos encontraron allí, por sorpresa, a personas de su familia o a sus amores. Hubo muchas historias y mucha alegría en la posada. Dorotea encontró también la solución a sus problemas de amor. Pero siguió con el plan del cura, y para don Quijote seguía siendo la princesa Micomicona.

Una noche, don Quijote decidió hacer la guardia del castillo. Se puso su armadura, subió a Rocinante y se quedó fuera, delante de la posada. Todos dormían, menos dos personas: la hija del dueño y Maritornes. Ya conocían la locura de don Quijote, y decidieron hacerle una broma.

La posada no tenía ninguna ventana al campo. Solo había un agujero en el cuarto de la paja. Por allí echaban la paja desde fuera. Las dos mujeres se pusieron en ese agujero. Desde allí vieron a don Quijote sobre su caballo, apoyado en su lanza. Daba suspiros muy profundos y hablaba con voz dulce:

—¡Oh, mi señora Dulcinea del Toboso, la más hermosa del mundo! ¿Qué haces ahora? ¿Piensas en tu caballero? ¡Oh, luna, tú que la ves, dime cómo está!

Entonces la hija del dueño lo llamó en voz baja:

—Señor, venga aquí, por favor.

Don Quijote volvió la cabeza y vio el agujero a la luz de la luna. Para él, era una ventana con rejas de oro, como en los castillos ricos. Enseguida pensó que la hermosa hija del señor del castillo estaba otra vez enamorada de él. No quiso ser descortés, y se acercó con Rocinante al agujero.

—Lo siento mucho, hermosa señora —dijo—. Usted me quiere, pero yo no puedo quererla. Mi corazón tiene ya una dueña. Perdóneme, y vuelva a su cuarto. Pero si quiere otra cosa de mí, pídamela, y se la doy.

—Mi señora no necesita nada de eso, señor caballero —dijo Maritornes—. Solo quiere una de sus hermosas manos.

Maritornes bajó del agujero y fue al establo. Allí tomó la cuerda del burro de Sancho y volvió rápidamente. Mientras tanto, don Quijote se puso de pie sobre la silla de Rocinante. Así llegaba a la ventana. Metió la mano por el agujero y dijo:

—Tome, señora, esta mano. Ninguna mujer la ha tocado nunca. No se la doy para que la bese, sino para que vea la fuerza de sus músculos. Así puede imaginar la fuerza del brazo.

—Ahora lo vamos a ver —dijo Maritornes.

Le ató la muñeca con la cuerda. Después ató el otro extremo a la puerta del cuarto de la paja, muy fuerte. Las dos mujeres se fueron, muertas de risa.

Don Quijote se quedó de pie sobre Rocinante, con todo el brazo dentro del agujero. Estaba atado por la muñeca. No se atrevía a moverse. Si Rocinante daba un paso, él iba a quedar colgado del brazo. Por suerte, Rocinante era un caballo muy tranquilo, y podía estar sin moverse cien años.

Don Quijote pensó que todo era un encantamiento, como la otra vez en ese mismo castillo. Tiraba del brazo, con cuidado, pero no podía soltarse. Llamó a Sancho, pero Sancho dormía profundamente sobre la albarda de su burro. Llamó a los sabios de sus libros, y a Dulcinea. Al amanecer, gritaba como un toro.

En ese momento llegaron a la posada cuatro hombres a caballo. Llamaron a la puerta con fuerza.

—Caballeros —les dijo don Quijote—, a estas horas las puertas de los castillos no se abren. Esperen hasta la mañana.

—¿Qué castillo ni qué castillo? —dijo uno—. Esto es una posada. Si usted es el dueño, ábranos. Tenemos prisa.

—¿Les parece a ustedes que tengo cara de dueño de posada? —respondió don Quijote.

Los hombres volvieron a llamar, todavía más fuerte. En ese momento, uno de sus caballos se acercó a oler a Rocinante. Y Rocinante, al fin, se movió un poco. Los pies de don Quijote resbalaron de la silla, y se quedó colgado del brazo. Sus pies casi tocaban el suelo. El dolor era terrible, y empezó a gritar con todas sus fuerzas.

Con los gritos, el dueño abrió la puerta, y todos salieron. Maritornes adivinó lo que pasaba. Corrió al cuarto de la paja y desató la cuerda en secreto. Don Quijote cayó al suelo, delante del dueño y de los viajeros.

—¿Qué le pasa? —le preguntaron.

Don Quijote no respondió nada. Se quitó la cuerda de la muñeca, se levantó y subió a Rocinante. Tomó el escudo y la lanza, se alejó un poco y volvió al galope.

—¡Si alguien dice que me encantaron con justicia, lo desafío a una batalla! —gritó.

Los viajeros se quedaron sorprendidos. Pero el dueño les explicó quién era: don Quijote, un loco. No tenían que hacerle caso.

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