Don Quijote de la Mancha, primera parte

La jaula

Una disputa por la palangana y la albarda reúne a todos, mientras el cura prepara un nuevo plan para don Quijote.

Kapitel 18 Spansk A2 Let øvet
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Ese mismo día llegó a la posada otro viajero: el barbero del yelmo de Mambrino. Llevó su burro al establo, y allí vio a Sancho, que estaba arreglando su albarda. La reconoció enseguida y fue hacia él.

—¡Ah, ladrón, ya te tengo! —gritó—. ¡Devuélveme mi palangana y mi albarda!

Sancho agarró la albarda con una mano. Con la otra le dio un puñetazo en la boca. Pero el barbero no soltó la albarda.

—¡Ayuda! ¡Justicia! —gritaba—. ¡Este ladrón me robó y ahora me quiere matar!

—¡Mientes! —respondió Sancho—. Yo no soy un ladrón. Mi señor don Quijote ganó estas cosas en una batalla.

Todos los de la posada llegaron por el ruido. Don Quijote estaba muy contento. Su escudero se defendía muy bien.

—Señores —decía el barbero—, esta albarda es mía. La conozco muy bien. Y el mismo día me robaron también una palangana nueva.

Don Quijote no pudo callarse más.

—Miren ustedes el error de este buen hombre —dijo—. Llama palangana a lo que fue, es y va a ser siempre el yelmo de Mambrino. Yo se lo quité en una batalla justa. De la albarda no sé nada. Mi escudero me pidió permiso para tomar las cosas del caballo del vencido. Yo se lo di. Ve, Sancho, y trae aquí el yelmo.

Sancho trajo la palangana, y don Quijote la tomó en sus manos.

—¿Cómo puede decir este hombre que esto es una palangana? —preguntó.

Nuestro barbero, Nicolás, conocía bien la locura de su amigo. Quiso seguir la broma para hacer reír a todos.

—Señor barbero —le dijo al otro—, yo también soy barbero, desde hace más de veinte años. Conozco todas las cosas de nuestro trabajo. Y de joven fui soldado, así que sé también qué es un yelmo. Y digo que esto no es una palangana de barbero, sino un yelmo. Aunque no está completo.

—Claro que no —dijo don Quijote—. Le falta la mitad.

El cura dijo lo mismo, y todos los demás también.

—¡Dios mío! —dijo el pobre barbero—. ¿Tanta gente honrada dice que esto no es una palangana, sino un yelmo? Entonces esta albarda también es la silla de un caballo.

—A mí me parece una albarda —dijo don Quijote—. Pero en este castillo pasan cosas muy extrañas. Todo está encantado. Mejor decidan ustedes.

Entonces todos votaron en secreto, uno por uno. Y casi todos dijeron lo mismo: era un yelmo, y la albarda era la silla de un caballo. El pobre barbero no lo podía creer. Pero en la posada estaban también unos guardias del rey. Para ellos, aquello era una palangana y una albarda. Don Quijote se enojó, y empezó una gran pelea. Todos se pegaban con todos.

En medio de la pelea, uno de los guardias recordó algo. Tenía un papel con una orden. Tenía que llevar preso al hombre que soltó a los presos del rey. Leyó el papel despacio, y a cada palabra miraba la cara de don Quijote. ¡Era él, sin duda! Lo agarró del cuello con fuerza.

—¡Ayuden a la justicia! —gritó—. ¡Este es el hombre que soltó a los presos!

Don Quijote se enojó muchísimo y lo agarró a él también del cuello. Los compañeros del guardia tuvieron que ayudarlo. Pero el cura les habló a los guardias en secreto. Les explicó que don Quijote estaba loco, y que un loco no podía ir preso. Al final, los guardias lo dejaron en paz. Todos hicieron las paces. El cura, en secreto, le pagó al barbero ocho reales por la palangana. El barbero se fue contento.

Dos días después, el cura y el barbero empezaron con su plan. Pasaba por allí un hombre con una carreta de bueyes. Le pagaron para llevar a don Quijote a su pueblo. Después hicieron una jaula de palos, grande, para un hombre. Todos se taparon la cara y se disfrazaron. Así, don Quijote no iba a reconocer a nadie.

Entraron en silencio en el cuarto donde don Quijote dormía. Lo agarraron con fuerza y le ataron las manos y los pies. Cuando se despertó, no podía moverse. Vio a su alrededor esas caras tan extrañas y pensó:

—Son fantasmas de este castillo encantado. Ahora estoy encantado yo también.

Era justo lo que esperaba el cura.

Solo Sancho reconocía a todos. Pero no dijo nada, porque quería ver el final de todo esto. Metieron a don Quijote en la jaula y la cerraron muy bien. Luego la levantaron entre todos. Al salir del cuarto, se oyó una voz terrible. Era el barbero Nicolás, que hablaba con voz muy grave:

—¡Oh, Caballero de la Triste Figura, no estés triste en esta prisión! Así tiene que ser, para terminar pronto tu aventura. Un día, el valiente león de la Mancha y la blanca paloma del Toboso se van a casar. Y van a tener hijos tan valientes como el padre. Y tú, el escudero más noble del mundo, no tengas pena. Pronto vas a ser un hombre importante. Las promesas de tu señor se van a cumplir, y vas a recibir tu sueldo. Sigue a tu señor encantado. Adiós.

Don Quijote se quedó muy consolado. Entendió muy bien la profecía. ¡Se iba a casar con su querida Dulcinea del Toboso! Y sus hijos iban a ser la gloria de la Mancha.

Pusieron la jaula sobre la carreta. Don Quijote se despidió de todos, y todos se despidieron de él. Después, la carreta salió despacio por el camino. El cura y el barbero iban a los lados, con la cara tapada. Sancho iba detrás en su burro y llevaba a Rocinante de las riendas.

Por el camino, Sancho se acercó a la jaula.

—Señor, ¿sabe usted quiénes son esos dos con la cara tapada? ¡Son el cura y el barbero de nuestro pueblo! Y todo esto es por envidia de sus grandes hechos.

—Se parecen a ellos —respondió don Quijote—, pero no son ellos. Los encantadores pueden tomar la forma de cualquier persona.

—Entonces, dígame una cosa, señor. Desde que está en la jaula, ¿no ha tenido ganas de hacer sus necesidades?

—Sí, Sancho, y muchas. ¡Sácame de aquí pronto!

—¡Ajá! —dijo Sancho—. ¡Ya lo sabía! Los encantados no comen, no beben, no duermen y no tienen esas necesidades. Y usted las tiene. Por eso no está encantado.

—Los encantamientos cambian con los tiempos, Sancho. Yo sé que estoy encantado, y eso es suficiente para mí.

Sancho le pidió permiso al cura para sacar a su amo de la jaula un rato. Don Quijote prometió no escaparse, y lo dejaron salir. Después volvió a la jaula, y siguieron el camino.

Seis días después, llegaron al pueblo de don Quijote. Era domingo a mediodía, y toda la gente estaba en la plaza. La carreta pasó por el medio. Todos se acercaron a mirar y reconocieron a su vecino. Un muchacho fue corriendo a avisar al ama y a la sobrina. Les dijo que su señor venía flaco y amarillo. Estaba tumbado sobre la paja de una carreta de bueyes. Las dos mujeres empezaron a gritar y a maldecir otra vez los libros de caballerías.

La mujer de Sancho, Juana, supo también la noticia y llegó corriendo. Lo primero que le preguntó a Sancho fue por el burro.

—El burro está mejor que su amo —respondió Sancho.

—¡Gracias a Dios! —dijo ella—. Pero dime, ¿qué ganaste con tus aventuras? ¿Qué vestido me traes a mí? ¿Y qué zapatos para tus hijos?

—No traigo nada de eso, mujer —dijo Sancho—. Pero traigo cosas más importantes. Y si Dios quiere, vamos a salir otra vez a buscar aventuras. Entonces vas a verme conde, o gobernador de una isla. Y no de cualquier isla, sino de la mejor del mundo.

—¿Islas? ¿Y qué es eso de islas, marido? No lo entiendo.

—A su tiempo lo vas a ver, mujer. No hay nada mejor en el mundo que ser escudero de un caballero andante. Es verdad que de cien aventuras, noventa y nueve salen mal. Yo lo sé bien. En una me lanzaron al aire con una manta, y en otras me dieron muchos golpes. Pero es muy bonito cruzar montañas y bosques, visitar castillos y dormir en posadas. ¡Y sin pagar ni una moneda!

Mientras tanto, el ama y la sobrina llevaron a don Quijote a su vieja cama. Él las miraba con ojos extraños, y no entendía bien dónde estaba. El cura le dijo a la sobrina que tenía que cuidarlo mucho y vigilarlo bien. Así no se iba a escapar otra vez. Las dos mujeres tenían miedo: con un poco de salud, su señor podía escaparse otra vez.

Y tenían razón. Esta historia termina aquí, pero don Quijote no se quedó mucho tiempo en casa. En la Mancha dicen que salió una tercera vez a buscar aventuras.

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