Don Quijote de la Mancha, segunda parte

El Caballero de la Blanca Luna

Sancho vuelve de su isla, don Quijote deja el castillo de los duques, y los dos ven el mar por primera vez.

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Sancho salió de la isla con su burro y tomó el camino del castillo de los duques. Quería llegar ese mismo día, pero se le hizo de noche antes. Se apartó del camino para esperar la mañana y, de repente, cayó con su burro en un hoyo muy hondo, entre unas casas viejas. Por suerte, Sancho cayó encima del burro sin hacerse daño. Pero las paredes del hoyo eran lisas y no había por dónde subir, y el pobre burro se quejaba en el suelo.

—¡Ay! —dijo Sancho—. ¿Quién iba a pensar esto? Ayer era gobernador de una isla, y hoy estoy enterrado en un hoyo, sin nadie que me ayude. Mi amo bajó a la cueva de Montesinos y encontró allí palacios. Yo aquí solo voy a encontrar sapos y culebras.

Así pasó toda la noche, quejándose. Por la mañana gritó y gritó, pero nadie lo oyó. Entonces levantó al burro, sacó un pedazo de pan y se lo dio.

—Las penas con pan son menos —le dijo, como si el burro lo entendiera.

En ese momento vio en la pared un agujero pequeño. Detrás había una cueva larga, con un poco de luz. Con una piedra hizo más grande el agujero, para que pasara también el burro, y los dos empezaron a caminar por la cueva, siempre con miedo.

Esa misma mañana, don Quijote salió a pasear a caballo por los alrededores del castillo. De pronto Rocinante se paró delante de un agujero grande en el suelo, y casi se cayeron los dos dentro. Don Quijote miró hacia abajo y oyó una voz:

—¡Eh, los de arriba! ¿Hay algún cristiano que me oiga? ¿Algún caballero que tenga compasión de un pobre gobernador sin gobierno?

A don Quijote le pareció la voz de Sancho, y se asustó mucho. Pensó que Sancho estaba muerto y que su alma sufría allí abajo.

—¿Quién eres? —gritó—. Si eres un alma en pena, dime qué puedo hacer por ti. Yo ayudo a los necesitados de este mundo, y también a los del otro.

—¡Señor don Quijote! —respondió la voz—. Soy Sancho Panza, su escudero, y no me morí nunca en mi vida. Dejé mi gobierno, y anoche me caí en este hoyo con el burro.

En ese momento, el burro empezó a rebuznar tan fuerte que toda la cueva resonaba.

—Conozco ese rebuzno, y conozco tu voz, Sancho mío —dijo don Quijote—. Espera, voy al castillo a buscar ayuda.

Los duques mandaron gente con cuerdas, y con mucho trabajo sacaron a Sancho y al burro a la luz del sol. En el castillo, Sancho primero llevó al burro al establo, y después se puso de rodillas delante del duque y la duquesa.

—Señores, fui a gobernar su isla Barataria, como ustedes quisieron. Juzgué muchos casos, siempre muerto de hambre, porque así lo quiso el doctor Pedro Recio. Y aprendí que gobernar es una carga demasiado pesada para mis hombros. Por eso dejé la isla como la encontré: con las mismas calles, las mismas casas y los mismos techos. Ahora quiero volver al servicio de mi señor don Quijote. Con él como pan con miedo, pero por lo menos como hasta llenarme.

Don Quijote tenía miedo de que Sancho dijera muchas tonterías, y dio gracias al cielo cuando terminó con tan pocas. El duque y la duquesa abrazaron a Sancho y le dijeron que sentían mucho que dejara el gobierno tan pronto.

Pocos días después, don Quijote decidió dejar el castillo. Allí todos lo trataban como a un gran caballero, pero él pasaba los días sin hacer nada, entre fiestas y comidas, y un caballero andante tenía que estar en los caminos. Los duques le dieron permiso para irse, aunque decían que lo sentían mucho. Sancho iba muy contento, porque el mayordomo del duque, el mismo que había hecho de condesa Dolorida, le había dado una bolsa con doscientas monedas de oro para el viaje. Don Quijote no sabía nada.

Cuando por fin se vieron en el campo abierto, don Quijote se sintió otra vez en su lugar, y le dijo a Sancho:

—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos. Por la libertad, como por la honra, se puede y se debe arriesgar la vida. En el castillo comíamos los mejores platos, pero yo sentía hambre, porque nada era mío y todo tenía que agradecerlo. ¡Feliz el hombre que tiene un pedazo de pan y solo tiene que darle las gracias al cielo!

—Todo eso está muy bien, señor —respondió Sancho—, pero también tenemos que agradecer las doscientas monedas de oro que me dio el mayordomo del duque. Las llevo aquí, sobre el corazón. No siempre vamos a encontrar castillos donde nos traten bien. A veces vamos a encontrar posadas donde nos den palos.

Tuvieron otras aventuras por el camino, y después de muchos días llegaron a Barcelona. Llegaron de noche a la playa, y don Quijote esperó el día sobre su caballo. Cuando salió el sol, los dos vieron algo que nunca habían visto: el mar. Les pareció enorme, mucho más grande que las lagunas de la Mancha. En el mar, cerca de la playa, había barcos de guerra llenos de banderas, se oían trompetas, y los cañones disparaban. Al ver tantos remos, Sancho no entendía cómo aquellas cosas tan grandes que se movían por el agua podían tener tantos pies.

Entonces llegaron de la ciudad muchos caballeros en hermosos caballos, y uno de ellos gritó:

—¡Bienvenido a nuestra ciudad, valiente don Quijote de la Mancha, estrella de todos los caballeros andantes!

—Estos nos conocen, Sancho —dijo don Quijote—. Seguro que leyeron nuestra historia.

El caballero que había hablado era don Antonio Moreno, un señor rico de Barcelona. Había leído el libro y quería tener a don Quijote y a Sancho en su casa. Con música, todos fueron a la casa de don Antonio, que era grande y rica, y allí pasaron unos días entre fiestas y paseos.

Una mañana, don Quijote salió a pasear por la playa con todas sus armas. Siempre decía que las armas eran su ropa, y pelear, su descanso. De pronto vio venir hacia él a un caballero, también armado de pies a cabeza, con una luna blanca y brillante pintada en el escudo. Cuando estuvo cerca, el caballero gritó:

—Famoso don Quijote de la Mancha, yo soy el Caballero de la Blanca Luna. Vengo a pelear con usted, para que confiese que mi dama, sea quien sea, es más hermosa que su Dulcinea del Toboso. Si peleamos y yo gano, usted va a dejar las armas y volver a su pueblo por un año, a vivir en paz, sin tocar la espada. Si gana usted, mi vida, mis armas, mi caballo y mi fama son suyos.

Don Quijote se quedó sorprendido, pero respondió con calma:

—Caballero de la Blanca Luna, nunca oí hablar de sus hazañas. Y juro que usted nunca vio a la señora Dulcinea; si no, no diría eso. Acepto su desafío, y ahora mismo. Solo no quiero su fama: me basta con la mía.

Desde la ciudad vieron al caballero, y el virrey de Barcelona bajó a la playa con don Antonio. El virrey pensó que era una broma de don Antonio, pero don Antonio no sabía quién era aquel caballero. Al final, el virrey los dejó pelear.

Don Quijote le pidió ayuda al cielo y a su Dulcinea, como siempre antes de una batalla. Los dos caballeros se separaron un poco y corrieron uno contra otro. El caballo del Caballero de la Blanca Luna era más rápido y más fuerte que Rocinante. El caballero no lo tocó con la lanza, que levantó al parecer a propósito, pero chocó contra él con tanta fuerza que Rocinante y don Quijote cayeron al suelo. Enseguida el Caballero de la Blanca Luna le puso la punta de la lanza sobre el casco.

—Está usted vencido, caballero, y muerto, si no acepta las condiciones de nuestro desafío.

Don Quijote, con todo el cuerpo molido, no levantó la visera. Como si hablara desde dentro de una tumba, dijo con voz débil:

—Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es justo que mi debilidad niegue esta verdad. Empuje la lanza, caballero, y quíteme la vida, porque ya me quitó la honra.

—Eso no lo voy a hacer —dijo el Caballero de la Blanca Luna—. ¡Que viva la fama de la belleza de la señora Dulcinea del Toboso! Solo pido que el gran don Quijote vuelva a su pueblo por un año, como acordamos.

Don Quijote respondió que, si no le pedía nada contra Dulcinea, iba a cumplir todo lo demás, como un caballero de verdad. El virrey, don Antonio y muchos otros lo oyeron. Entonces el Caballero de la Blanca Luna saludó al virrey con la cabeza y volvió a la ciudad.

Levantaron a don Quijote y le quitaron el casco: estaba pálido y sudaba. Rocinante no se podía mover. Sancho, muy triste, no sabía qué hacer. Todo le parecía un sueño, una cosa de encantamiento, y sus esperanzas se iban como el humo con el viento. Al final, llevaron a don Quijote a la ciudad en una silla.

El virrey quería saber quién era aquel caballero, y le pidió a don Antonio que lo siguiera. Don Antonio lo siguió hasta una posada y entró con él en una sala. Mientras un criado le quitaba la armadura, el caballero le dijo:

—Usted quiere saber quién soy, y no tengo por qué esconderlo. Me llamo Sansón Carrasco y soy del mismo pueblo que don Quijote. Hace tres meses salí a buscarlo vestido de caballero andante, con el nombre de Caballero de los Espejos. Quería vencerlo sin hacerle daño y mandarlo a su casa, para curarlo. Pero él me venció a mí y me tiró del caballo. Volví a casa vencido y lleno de golpes, pero no dejé de pensar en buscarlo otra vez. Hoy por fin lo vencí, y él siempre cumple su palabra. Le pido una cosa, señor: no le diga quién soy. Así él puede recuperar la razón. Es un hombre muy inteligente, cuando lo dejan en paz los libros de caballerías.

—¡Ay, señor! —dijo don Antonio—. Que Dios le perdone el daño que le hace a todo el mundo. Usted quiere volver cuerdo al loco más gracioso del mundo. ¿No ve que su locura nos da más alegría que su razón? Pero no le voy a decir nada.

Ese mismo día, Sansón Carrasco puso sus armas sobre una mula y salió de la ciudad, de vuelta a su pueblo.

Don Quijote pasó seis días en la cama, triste y callado, pensando en su derrota. Sancho trataba de animarlo.

—Levante la cabeza, señor, y alégrese si puede. Se cayó, pero no se rompió ninguna costilla. Volvamos a casa. Aunque, si lo pienso bien, el que más pierde aquí soy yo: si usted deja la caballería y no llega a ser rey, yo nunca voy a ser conde.

—Calla, Sancho —respondió don Quijote—. Mi retiro solo va a durar un año. Después vuelvo a mis armas, y no me va a faltar un reino para ganar, ni un condado para darte.

—Dios lo oiga —dijo Sancho—. Más vale una buena esperanza que nada.

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