Cuando don Quijote pudo levantarse, salieron de Barcelona. Don Quijote iba sin armadura, en Rocinante, y Sancho iba a pie, porque el burro llevaba las armas. Al salir de la ciudad, don Quijote miró el lugar de la playa donde había caído.
—Aquí cayó mi suerte —dijo—, y nunca más va a levantarse.
—Señor —respondió Sancho—, dicen que la Fortuna es una mujer borracha y además ciega: no sabe a quién tira al suelo ni a quién levanta.
—Muy filósofo estás, Sancho —dijo don Quijote—. Pero cada uno hace su propia suerte. Yo hice la mía, pero sin cuidado: tenía que saber que el pobre Rocinante no podía contra aquel caballo tan grande. Perdí la honra, pero no perdí, ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra. Camina, amigo Sancho: vamos a pasar este año en nuestro pueblo, y después volvemos a las armas.
—Señor, caminar a pie no es nada divertido. ¿Por qué no colgamos estas armas de un árbol, como si fueran un ahorcado? Así yo voy en el burro, con los pies lejos del suelo.
—Bien dices, Sancho. Que cuelguen mis armas como un trofeo.
—Y si no nos hiciera falta Rocinante para el camino, también podíamos colgarlo a él.
—¡Entonces, ni a él ni a las armas! —respondió don Quijote—. No quiero que nadie diga que pago mal a quien me sirvió bien.
—Tiene razón, señor. La culpa de este desastre es suya. Castíguese usted, y no a las pobres armas, ni a Rocinante, ni a mis pies.
Así siguieron varios días. Don Quijote iba muy pensativo, y un día le dijo a Sancho:
—Sancho, todavía no te diste en serio los azotes para desencantar a mi señora.
—Señor —respondió Sancho—, la verdad, no creo que los azotes en mi trasero tengan nada que ver con los encantamientos. Es como decir: «Si te duele la cabeza, úntate las rodillas». Pero, por si acaso, me los voy a dar cuando tenga ganas y tiempo.
Poco después pasaron por un prado verde, y don Quijote tuvo una idea nueva.
—Sancho, ¿qué te parece si nos hacemos pastores mientras dura este año? Yo compro unas ovejas y todo lo que hace falta. Yo me voy a llamar el pastor Quijotiz, y tú el pastor Pancino. Vamos a andar por los montes y los prados, cantando y bebiendo el agua clara de las fuentes.
—¡Me gusta mucho esa vida! —dijo Sancho—. Y mi hija Sanchica nos va a llevar la comida al campo. Pero cuidado, que es muy guapa, y hay pastores más malos que tontos. Ya se sabe: ojos que no ven, corazón que no siente, y...
—No más refranes, Sancho. Ya te entendí.
Unos días después, don Quijote le hizo a Sancho una propuesta:
—Sancho, si quieres un pago por los azotes, te lo doy con gusto. Tú llevas mi dinero: págate tú mismo.
Sancho abrió mucho los ojos y las orejas. Pensó en su mujer y en sus hijos, y dijo:
—Muy bien, señor. ¿Cuánto me va a dar por cada azote?
—Para pagarte lo que vale este remedio, no basta todo el oro del mundo. Pon tú el precio.
—Son tres mil trescientos azotes —dijo Sancho—. A un cuarto de real cada uno, y no lo hago por menos, son ochocientos veinticinco reales. Los saco del dinero de usted, y llego a mi casa rico y contento, aunque bien azotado.
—¡Oh, Sancho bendito! —gritó don Quijote—. ¡Dulcinea y yo vamos a estar siempre en deuda contigo! Y si empiezas pronto, te doy cien reales más.
—Esta misma noche, sin falta.
Don Quijote esperó la noche con muchísima impaciencia. Por fin se metieron entre unos árboles, cerca del camino, y cenaron. Después Sancho hizo un látigo con la cuerda del burro y se alejó unos veinte pasos.
—No te hagas pedazos, amigo —le dijo don Quijote—. Ve despacio, no sea que te mueras antes de terminar. Yo voy a contar los azotes con mi rosario.
Sancho se quitó la camisa y empezó a darse azotes, y don Quijote empezó a contar. Después de seis u ocho, Sancho se paró: la broma le pareció pesada, y el precio, muy barato.
—Señor, me equivoqué. Cada azote de estos vale medio real, no un cuarto.
—Sigue, Sancho, y no te desanimes. Te doy el doble.
—Entonces, ¡que lluevan azotes!
Pero el muy pícaro ya no se azotaba la espalda, sino que golpeaba los árboles. Y de vez en cuando soltaba unos suspiros tan tristes que parecía que se le iba el alma. Don Quijote tuvo miedo de que Sancho se muriera allí.
—Basta por hoy, amigo. Según mi cuenta, ya te diste más de mil.
—No, no, señor. Déjeme darme otros mil.
Sancho siguió con tanta fuerza que les quitó la corteza a muchos árboles. Al fin, don Quijote corrió hacia él y le agarró la cuerda.
—Sancho, no quiero que pierdas la vida por mi gusto. Tu mujer y tus hijos te necesitan. Dulcinea puede esperar un poco.
—Como usted quiera, señor. Pero écheme su capa sobre la espalda, que estoy sudando y no quiero resfriarme.
Don Quijote lo cubrió con su capa, y Sancho durmió hasta que lo despertó el sol.
Al día siguiente llegaron a una posada. Esta vez don Quijote no la tomó por un castillo, porque desde su derrota pensaba con más juicio en todas las cosas. La noche siguiente, otra vez entre los árboles, Sancho siguió con su tarea, y los árboles sufrieron mucho más que su espalda. Don Quijote contó todos los golpes, uno por uno: ya iban tres mil veintinueve. Y a la noche siguiente, Sancho terminó. Don Quijote estaba feliz. Creía en la promesa de Merlín, y por el camino miraba bien a cada mujer, por si era Dulcinea, ya libre de su encantamiento.
Así llegaron a lo alto de una colina, y desde allí vieron su pueblo. Sancho se puso de rodillas y dijo:
—Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo. No viene muy rico, pero sí muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también a tu hijo don Quijote. Viene vencido por otro, pero vencedor de sí mismo, y eso, según él me dijo, es la mayor victoria.
—Déjate de tonterías —dijo don Quijote—, y vamos a entrar con buen pie en nuestro pueblo.
A la entrada del pueblo, dos muchachos se peleaban, y uno le dijo al otro:
—No te canses, Periquillo, que no la vas a ver en toda tu vida.
—¿Oíste, Sancho? —dijo don Quijote—. «No la vas a ver en toda tu vida». Eso quiere decir que ya no voy a ver a Dulcinea.
Sancho iba a responder, pero en ese momento llegó corriendo una liebre, perseguida por unos perros y unos cazadores. La pobre se escondió debajo del burro de Sancho. Sancho la atrapó con la mano y se la dio a don Quijote.
—¡Mala señal, mala señal! —decía don Quijote—. ¡La liebre huye, los perros la persiguen, y Dulcinea no aparece!
—Qué raro es usted, señor —dijo Sancho—. Supongamos que esta liebre es Dulcinea, y los perros son los encantadores que la convirtieron en campesina. Ella huye, yo la atrapo y se la doy a usted, y usted la tiene en sus brazos. ¿Dónde está la mala señal?
Después les preguntó a los muchachos por qué se peleaban. El que había hablado dijo que le había quitado al otro una jaula de grillos y que no pensaba devolvérsela nunca. Sancho le dio unas monedas por la jaula y se la puso en las manos a don Quijote.
—Ahí tiene, señor: ya no hay malas señales. Además, el cura de nuestro pueblo dice que un buen cristiano no cree en esas tonterías. Usted mismo me lo dijo hace pocos días.
Los cazadores llegaron y pidieron su liebre, y don Quijote se la dio. Un poco más adelante encontraron al cura y a Sansón Carrasco, que fueron hacia ellos con los brazos abiertos. Don Quijote bajó del caballo y los abrazó. Rodeados de muchachos, llegaron a la casa de don Quijote, donde ya esperaban en la puerta el ama y la sobrina.
La mujer de Sancho también supo la noticia. Llegó corriendo, despeinada y mal vestida, con Sanchica de la mano. Pero Sancho no parecía un gobernador.
—¿Cómo vienes así, marido? Vienes a pie y cansado, y pareces cualquier cosa menos un gobernador.
—Calla, mujer —respondió Sancho—. Vamos a casa, que allá vas a oír maravillas. Traigo dinero, que es lo que importa, y lo gané con mi trabajo, sin hacerle daño a nadie.
—Trae tú dinero, marido mío, y no importa cómo lo ganaste.
Sanchica abrazó a su padre y le preguntó qué le traía, y los tres se fueron a su casa.
Don Quijote, en cambio, se encerró enseguida con el cura y con Sansón. Les contó su derrota y su promesa: no podía salir a buscar aventuras durante un año, y lo iba a cumplir como un caballero andante. Por eso pensaba ser pastor ese año, y les pidió que fueran sus compañeros. Ya tenía hasta los nombres: él era el pastor Quijotiz; Sansón, el pastor Carrascón; el cura, el pastor Curambro; y Sancho, el pastor Pancino.
Los dos amigos se quedaron sorprendidos con esta nueva locura. Pero no querían que don Quijote se fuera otra vez a buscar aventuras, y esperaban que en ese año se curara. Por eso dijeron que sí.
—Y yo, como todo el mundo sabe, soy un poeta famosísimo —dijo Sansón—. Voy a escribir versos para cantar por esos campos.
Cuando se fueron, entraron la sobrina y el ama, que lo habían oído todo.
—¿Qué es esto, tío? —dijo la sobrina—. Nosotras pensábamos que usted se iba a quedar tranquilo en casa, ¿y ahora quiere ser pastor?
—¿Y va a poder usted pasar en el campo el calor del verano y el frío del invierno, oyendo a los lobos? —dijo el ama—. Si hay que elegir, ¡es mejor ser caballero andante que pastor! Quédese en su casa.
—Callen, hijas —respondió don Quijote—, que yo sé bien lo que tengo que hacer. Llévenme a la cama, que no me siento muy bien.
Y las dos lo llevaron a la cama, le dieron de comer y lo cuidaron todo lo que pudieron.