La Edad de Oro

La muñeca negra: la noche antes

La noche antes del cumpleaños de Piedad, sus padres entran de puntillas en su cuarto para verla dormir entre sus juguetes.

Kapitel 6 Spansk A2 Let øvet
Navneord Egennavn Udsagnsord Hjælpeudsagnsord Tillægsord Biord Stedord Bestemmerord Forholdsord Talord Sideordnende bindeord Underordnende bindeord Partikel Udråbsord Andet

De puntillas, de puntillas, para no despertar a Piedad, el padre y la madre entraron en el cuarto de la niña. Venían de la mano, riéndose como dos muchachos. La madre iba delante, porque conocía el camino. El padre venía detrás, y parecía que iba a tropezar con todo.

El padre trabajaba mucho para comprar todo lo de la casa, y no podía ver a su hija cuando quería. A veces, en el trabajo, se reía solo, o se ponía triste de repente, o se le veía en la cara como una luz: era que estaba pensando en su hija. Entonces se le caía la pluma de la mano. Pero enseguida empezaba a escribir otra vez, tan rápido que parecía que la pluma volaba.

Él decía que siempre pensaba en ella cuando le llegaba por la ventana el olor de las flores del jardín. Y a veces, cuando hacía cuentas o traducía al español un libro sueco, la veía venir despacio, como en una nube. La niña se sentaba a su lado, le quitaba la pluma para que descansara un poco, le daba un beso en la frente y le tiraba de la barba rubia. Era solo un sueño, de esos que uno tiene sin dormir. Pero el padre decía que era como si la hubiera visto de verdad, y que después tenía más fuerza y escribía mejor.

Ese día el padre no trabajó mucho, porque tuvo que ir a una tienda. ¿Para qué iría el padre a una tienda? Y dicen que por la puerta de atrás entró una caja grande. ¿Qué habría en la caja? ¡Quién sabe! Al día siguiente Piedad iba a cumplir ocho años.

Toda la casa estaba de fiesta. La criada fue al jardín a cortar una flor muy hermosa para un ramo, y se pinchó el dedo. La madre a todo decía que sí. Se puso el vestido nuevo y le abrió la jaula al canario. El cocinero hacía un pastel y cortaba las zanahorias en forma de flores. Hasta le devolvió a la lavandera su gorro de cocinero, porque tenía una mancha que casi no se veía.

—¡Hoy no, señora lavandera! —le dijo—. ¡Hoy el gorro tiene que estar sin mancha!

Piedad no sabía nada, nada. Pero vio que la casa estaba como el primer día de sol, cuando se va la nieve y les salen las hojas a los árboles. Esa noche le dieron todos sus juguetes, todos. Y el padre volvió del trabajo muy temprano, a tiempo para ver a su hija dormida. La madre lo abrazó cuando lo vio entrar, y lo abrazó de verdad.

Ahora el cuarto estaba a media luz. La lamparita de noche, con su vidrio de color ópalo, daba una luz suave, como la de las estrellas. En la almohada se veía la cabecita rubia. Por la ventana entraba la brisa, y parecía que unas mariposas invisibles jugaban con el pelo dorado de la niña. La luz le daba ahora en la mano, y la mano parecía una rosa.

¡Pum! ¡Al suelo, una mesita de juguete! ¡Ese padre ciego, que tropezaba con todo! Pero la niña no se despertó.

No podían llegar a la cama, porque alrededor estaban todos los juguetes, en mesas y en sillas. En una silla estaba la cajita de dulces que la abuela le mandó en Navidad, llena de almendras y mazapanes. Ahora estaba boca abajo, como si alguien la hubiera sacudido para ver si quedaba una almendra en un rincón. ¡Seguro que las muñecas tenían hambre!

En otra silla estaban los platitos, muchos y muy finos, y en cada plato había una fruta pintada: en uno una cereza, en otro un higo, en otro una uva. La luz caía sobre el plato del higo, y en el plato brillaban unas chispas, como de estrella.

—¡Es azúcar! —dijo el padre en voz baja.

—¡Seguro que sí! —dijo la madre—. Las muñecas golosas estuvieron comiendo azúcar.

Pero el gran juego de Piedad estaba en la mesita de noche, al lado de la cama. En el rincón, contra la pared, estaba el cuarto de dormir de las muñequitas: una cama con colcha de flores, una cuna con una muñequita de trapo, tapada hasta la nariz, y un tocador hecho con una cajita de cartón. El espejo del tocador era de los buenos, de los que vendía la señora pobre de la dulcería a dos por un centavo.

Delante estaba la sala de las muñecas. Tenía una mesa hecha con un carrete de hilo y una concha, un piano de madera con las teclas pintadas y un sofá. Y había visitas, por supuesto: muñecas con pelo de verdad, vestidos de seda y zapatos dorados, sentadas muy derechas, sin doblarse. En un sillón blanco estaban sentadas juntas, con los brazos muy rectos, dos muñequitas hermanas.

Y en la almohada, dormida en el brazo de Piedad, con la boca descolorida de tantos besos, estaba su muñeca negra.

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