Don Quijote von der Mancha, erster Teil

Los libros y Sancho Panza

Die Bücher und Sancho Panza

Der Pfarrer und der Barbier gehen die Bücher von Don Quijote durch, während er daran denkt, mit einem Knappen auszuziehen.

Kapitel 4 Spanisch A2 Grundlagen
Nomen Eigenname Verb Hilfsverb Adjektiv Adverb Pronomen Determinativ Adposition Zahlwort Nebenordnende Konjunktion Unterordnende Konjunktion Partikel Interjektion Sonstiges

A la mañana siguiente, don Quijote todavía dormía. El cura le pidió a la sobrina la llave del cuarto de los libros. Ella se la dio con mucho gusto. Entraron todos, también el ama. En el cuarto había más de cien libros grandes, muy bonitos, y muchos libros pequeños.

Al verlos, el ama salió corriendo. Volvió enseguida con un poco de agua bendita.

—Tome, señor cura —le dijo—. Eche esta agua en el cuarto. Aquí puede haber un encantador de esos libros, y nos puede encantar a todos.

El cura se rio. Le pidió al barbero los libros uno por uno. Quería leer los títulos, porque tal vez algunos eran buenos y no merecían el fuego.

—No, señor —dijo la sobrina—. Todos tienen la culpa. Hay que tirarlos por la ventana al patio y quemarlos.

El ama pensaba lo mismo. Pero el cura quería leer los títulos primero. El primer libro era Amadís de Gaula.

—Este fue el primer libro de caballerías de España —dijo el cura—. Todos los otros vienen de él. Al fuego.

—No, señor —dijo el barbero—. Dicen que es el mejor de todos.

—Es verdad —respondió el cura—. Por eso lo vamos a guardar. ¿Y este otro?

—Es la historia de Esplandián, el hijo de Amadís.

—Pues el hijo no es tan bueno como el padre. Tome, señora ama: abra esa ventana y tírelo al patio.

El ama lo tiró con mucho gusto, y después tiró muchos más. Los libros volaban por la ventana. El cura guardó algunos libros buenos. Entre ellos había uno de un tal Miguel de Cervantes.

—Ese Cervantes es amigo mío desde hace muchos años —dijo el cura—. Sabe más de desgracias que de versos.

Al final, el cura se cansó de leer títulos, y decidió quemar todos los demás. En ese momento, don Quijote empezó a gritar en su cuarto:

—¡Aquí, aquí, valientes caballeros! ¡Ahora tienen que mostrar la fuerza de sus brazos!

Todos corrieron a su cuarto. Don Quijote estaba de pie y daba golpes con su espada al aire, por todas partes. Lo abrazaron y lo llevaron a la cama a la fuerza. Cuando se calmó un poco, le habló al cura:

—Me duele todo el cuerpo. Un caballero malvado me golpeó con el tronco de un árbol, porque me tiene envidia. Pero ahora tráiganme algo de comer.

Le dieron de comer, y se durmió otra vez. Esa noche, el ama quemó en el patio todos los demás libros.

El cura y el barbero tuvieron otra idea para curar a su amigo. Cerraron la puerta del cuarto de los libros con una pared. Así don Quijote no iba a encontrar los libros. Y todos iban a decir lo mismo: un encantador se llevó los libros y el cuarto.

Dos días después, don Quijote se levantó. Lo primero que hizo fue ir a ver sus libros. Pero no encontraba el cuarto. Iba de un lado a otro de la casa. Tocaba con las manos la pared donde antes estaba la puerta, y miraba por todas partes. No decía nada. Por fin le preguntó al ama dónde estaba el cuarto de sus libros.

—¿Qué cuarto busca usted? —le dijo el ama—. En esta casa ya no hay cuarto ni libros. Se los llevó el diablo.

—No fue el diablo —dijo la sobrina—. Fue un encantador. Vino una noche en una nube, sobre una serpiente. Entró en el cuarto, y poco después salió volando por el techo. La casa se quedó llena de humo. Y cuando fuimos a mirar, ya no había ni libros ni cuarto. Antes de irse, el viejo gritó que se llamaba el sabio Muñatón.

—Frestón, quieres decir —dijo don Quijote.

—No sé si Frestón o Fritón —dijo el ama—. Solo sé que su nombre terminaba en «tón».

—Así es —dijo don Quijote—. Es un sabio encantador, y es mi gran enemigo. Él sabe que un día voy a vencer en una batalla a un caballero amigo suyo. Por eso me hace todo el mal que puede. Pero no va a poder cambiar lo que el cielo quiere.

—Claro, señor tío —dijo la sobrina—. Pero ¿por qué tiene que meterse en esas peleas? ¿No es mejor quedarse tranquilo en casa?

—¡Ay, sobrina mía, qué poco sabes! —respondió don Quijote, enojado.

Las dos mujeres no le dijeron nada más.

Don Quijote se quedó quince días en casa, muy tranquilo. Hablaba mucho con el cura y el barbero. Siempre decía lo mismo: el mundo necesitaba caballeros andantes. Pero en esos días hablaba también, en secreto, con un vecino suyo. Era un campesino pobre y bueno, pero no muy listo. Se llamaba Sancho Panza.

—Ven conmigo como mi escudero, Sancho —le decía don Quijote—. En cualquier aventura puedo ganar una isla. Y entonces te voy a hacer gobernador de esa isla.

Con estas promesas, Sancho Panza decidió ser el escudero de su vecino. Iba a dejar a su mujer y a sus hijos.

Don Quijote vendió algunas cosas de la casa y consiguió dinero. Un amigo le prestó un escudo nuevo, y él arregló su casco roto como pudo.

—Lleva unas alforjas para la comida, Sancho —le dijo.

—Las voy a llevar, señor —respondió Sancho—. Y voy a llevar también mi burro, que es muy bueno. Yo no estoy acostumbrado a caminar mucho.

Don Quijote pensó un poco. En sus libros, ningún escudero iba en burro. Pero al final dijo que sí. Más tarde, iba a darle a Sancho el caballo del primer caballero malvado del camino.

Llevó también camisas, como le aconsejó el dueño de la posada. Y una noche salieron del pueblo sin despedirse de nadie. Sancho no se despidió de su familia, ni don Quijote de su ama y su sobrina. Caminaron toda la noche. Al amanecer estaban seguros: ya nadie los podía encontrar.

Sancho iba sobre su burro, muy contento, con sus alforjas y su bota de vino. Solo pensaba en una cosa: la isla. Era temprano, el sol no quemaba, y el viaje era agradable.

—Señor caballero andante —dijo Sancho—, no se olvide de la isla que me prometió. Yo sé gobernarla, grande o pequeña.

—Escucha, amigo Sancho Panza —respondió don Quijote—. Los caballeros andantes siempre hacían gobernadores a sus escuderos. Pero muchas veces esperaban hasta su vejez. Yo no voy a esperar tanto. Si tú vives y yo vivo, en seis días puedo ganar un reino. Y entonces te voy a hacer rey.

—Entonces mi mujer, Juana, va a ser reina —dijo Sancho—. ¡Y mis hijos, príncipes!

—¿Quién lo duda? —respondió don Quijote.

—Yo lo dudo —dijo Sancho—. Mi mujer no sirve para reina, señor. Para condesa, tal vez, y con la ayuda de Dios.

—Deja eso en manos de Dios, Sancho —dijo don Quijote—. Él te va a dar lo mejor. Pero no pidas tan poco.

—No, señor —respondió Sancho—. Usted es un gran amo, y me va a dar lo mejor.

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