Don Quijote von der Mancha, zweiter Teil

La cueva de Montesinos

Die Höhle des Montesinos

Don Quijote steigt, an ein Seil gebunden, in eine berühmte Höhle hinab, und als er wieder herauskommt, erzählt er wundersame Dinge.

Kapitel 5 Spanisch A2 Grundlagen
Nomen Eigenname Verb Hilfsverb Adjektiv Adverb Pronomen Determinativ Adposition Zahlwort Nebenordnende Konjunktion Unterordnende Konjunktion Partikel Interjektion Sonstiges

Unos días después, don Quijote y Sancho se despidieron de don Diego y siguieron su camino. Don Quijote quería ver la famosa cueva de Montesinos. La gente de la región contaba maravillas de ella, y él quería saber si eran verdad. Un joven estudiante que escribía libros fue con ellos como guía. Esperaba encontrar en la cueva alguna historia para su próximo libro.

Compraron una cuerda larguísima, y al día siguiente llegaron a la cueva. La entrada era ancha, pero estaba cubierta de plantas con espinas. El estudiante y Sancho ataron bien a don Quijote con la cuerda.

—Mire lo que hace, señor —dijo Sancho—. No se entierre vivo. Ese agujero debe de ser peor que una cárcel.

—Ata y calla, Sancho —respondió don Quijote—. Esta aventura estaba guardada para mí.

Don Quijote se puso de rodillas y rezó en voz baja. Después dijo en voz alta:

—¡Oh, Dulcinea del Toboso, señora de mis pensamientos! No me niegue su ayuda ahora. Voy a bajar a este abismo para que el mundo sepa que, con su favor, para mí no hay nada imposible.

Para entrar, cortó las plantas con la espada. Con el ruido salieron de la cueva muchísimos cuervos y murciélagos, tan rápido que lo tiraron al suelo. Pero don Quijote se levantó, y los otros dos empezaron a soltar la cuerda.

—¡Dios lo guíe, flor de los caballeros andantes! —gritó Sancho, haciendo la señal de la cruz—. ¡Allá va usted, corazón de acero, brazos de bronce! ¡Que Dios lo traiga de vuelta sano y salvo!

Don Quijote bajaba y pedía más cuerda, y ellos se la daban. Después ya no oyeron su voz. Cuando se terminó la cuerda, esperaron una media hora y empezaron a subirla. Pesaba tan poco que creyeron que don Quijote se había quedado dentro, y Sancho se puso a llorar. Pero por fin sintieron peso, y poco después vieron a don Quijote.

Cuando lo sacaron, tenía los ojos cerrados: estaba dormido. Lo pusieron en el suelo, le quitaron la cuerda y lo movieron mucho, hasta que por fin se despertó. Se estiró y miró a todas partes, asustado.

—Dios los perdone, amigos. Me sacaron del lugar más hermoso que vio nunca un hombre. ¡Oh, pobre Montesinos! ¡Oh, Durandarte, malherido! ¡Oh, triste Belerma!

Primero pidió algo de comer, porque tenía mucha hambre. Se sentaron los tres sobre la hierba y comieron. Después don Quijote empezó a contar:

—Bajé un buen rato colgado de la cuerda, en la oscuridad, y me cansé. A un lado encontré un hueco grande y entré a descansar. De pronto me quedé profundamente dormido. Cuando me desperté, estaba en el prado más hermoso del mundo. Me toqué la cabeza y el pecho, para saber si era yo mismo, y sí, era yo. Entonces vi un palacio con paredes de cristal. De él salió un anciano de barba blanca y muy larga, me abrazó y me dijo: «Hace mucho tiempo que lo esperamos, valiente don Quijote de la Mancha. Yo soy Montesinos, y por mí esta cueva se llama así».

—Siga, señor —dijo el estudiante—. Lo escucho con mucho gusto.

—Montesinos me llevó a una sala fresca, de piedra blanca. Allí, sobre una tumba, estaba tendido un caballero, no de piedra, como en otras tumbas, sino de carne y hueso. Tenía la mano sobre el corazón. «Este es mi primo Durandarte —me dijo Montesinos—, el más valiente y enamorado de los caballeros de su tiempo. Murió en mis brazos en una gran batalla, y antes de morir me pidió que le sacara el corazón y se lo llevara a su dama, la señora Belerma. Y así lo hice. Pero el mago Merlín nos encantó aquí a todos hace más de quinientos años. Y lo más extraño es que Durandarte, sin corazón, todavía se queja y suspira como si estuviera vivo». Entonces Montesinos le dijo a Durandarte: «Primo, aquí está don Quijote de la Mancha. Tal vez él puede desencantarnos». Y Durandarte respondió con voz débil: «Y si no, primo, paciencia». Y se volvió de lado y se calló.

—Señor don Quijote —dijo el estudiante—, no entiendo cómo vio tantas cosas en tan poco tiempo.

—¿Cuánto tiempo estuve abajo?

—Poco más de una hora —respondió Sancho.

—Eso no puede ser. Allá abajo se hizo de noche y de día tres veces. Estuve tres días.

—Mi señor debe de decir la verdad —dijo Sancho—. Como allí todo es encantamiento, tal vez lo que aquí es una hora, allá son tres días.

—¿Y comió usted en todo ese tiempo? —preguntó el estudiante.

—Ni un bocado, y no tuve hambre. Los encantados no comen ni duermen.

—Pues aquí viene bien el refrán —dijo Sancho—: «Dime con quién andas y te diré quién eres». Pero perdóneme, señor: de todo lo que contó, no creo nada.

—¿Cómo que no? —dijo el estudiante—. El señor don Quijote no tuvo tiempo de inventar tantas cosas.

—Yo no digo que mi señor mienta —respondió Sancho—. Creo que Merlín, o esos encantadores, le metieron todas esas cosas en la cabeza.

—Eso puede ser, Sancho, pero no es así. Lo vi con mis propios ojos y lo toqué con mis manos. ¿Y qué vas a decir de esto? Montesinos me mostró a tres campesinas que saltaban como cabras por aquellos prados. Y enseguida reconocí a una: era la sin par Dulcinea del Toboso. Las otras dos eran las mismas campesinas que venían con ella a la salida de El Toboso.

Cuando Sancho oyó esto, casi se murió de risa. Él sabía la verdad: el encantamiento de Dulcinea era una mentira suya, y el encantador era él. Ahora estaba seguro: su amo estaba completamente loco.

—En mal momento bajó usted a la cueva, señor —le dijo—. Aquí arriba tenía su juicio entero y daba buenos consejos. Y ahora cuenta las mayores tonterías del mundo.

—Como te conozco, Sancho, no hago caso de tus palabras.

—Ni yo de las de usted. Pero dígame: ¿cómo reconoció a nuestra señora? ¿Habló con ella?

—La reconocí por el vestido: llevaba el mismo que el día que tú me la mostraste. Le hablé, pero no me respondió: me dio la espalda y se fue corriendo, más rápida que una flecha. Pero lo que más pena me dio fue esto. Una de sus compañeras se acercó a mí con lágrimas en los ojos y me dijo en voz baja: «Mi señora Dulcinea le besa las manos y le pide un favor, porque tiene una gran necesidad. ¿Puede usted prestarle seis reales? Le deja esta falda nueva como garantía, y se los devuelve muy pronto». Yo, muy sorprendido, le pregunté a Montesinos: «¿Es posible que los encantados también pasen necesidad?». «La necesidad llega a todas partes, señor don Quijote —me respondió—, hasta a los encantados. Si la señora Dulcinea le pide seis reales, déselos».

—¿Y se los dio? —preguntó Sancho.

—Le dije a la muchacha: «No voy a tomar la falda, y tampoco puedo darle seis reales, porque solo tengo cuatro». Y le di los cuatro, los que tú me diste el otro día para los pobres. «Dígale a su señora —le dije— que no voy a descansar hasta desencantarla». Ella tomó los cuatro reales y, en lugar de hacerme una reverencia, dio un salto altísimo en el aire.

—¡Santo Dios! —gritó Sancho—. ¡Qué poder tienen los encantadores! Le cambiaron a mi señor el buen juicio por una locura tan grande. Señor, por Dios, no crea esas tonterías.

—Hablas así porque me quieres, Sancho. Y como no conoces bien las cosas del mundo, todo lo difícil te parece imposible. Pero algún día te voy a contar otras cosas que vi allá abajo, y entonces vas a creer estas.

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