Don Quijote von der Mancha, zweiter Teil

Clavileño

Eine Gräfin kommt aus einem fernen Land auf das Schloss und bittet Don Quijote um Hilfe.

Kapitel 8 Spanisch A2 Grundlagen
Nomen Eigenname Verb Hilfsverb Adjektiv Adverb Pronomen Determinativ Adposition Zahlwort Nebenordnende Konjunktion Unterordnende Konjunktion Partikel Interjektion Sonstiges

Al día siguiente, la duquesa le preguntó a Sancho si ya había empezado con los azotes. Sancho dijo que sí: la noche anterior se había dado cinco.

—¿Y con qué? —preguntó la duquesa.

—Con la mano.

—Eso no son azotes, Sancho, sino palmadas. Me parece que el sabio Merlín no va a estar contento.

—Deme usted algo para azotarme, señora —respondió Sancho—, pero que no duela demasiado. Yo soy un campesino, pero tengo la piel muy fina.

Aquella tarde, después de comer en el jardín, se oyó de repente una música muy triste de tambores. Entró un hombre enorme, vestido de negro, con una barba blanca larguísima. Se puso de rodillas delante del duque y dijo con voz grave:

—Señor, soy el escudero de la condesa Trifaldi, la Dolorida. Mi señora viene a pie desde el reino de Candaya, muy lejos de aquí, y busca al valiente don Quijote de la Mancha. Está en la puerta y pide permiso para entrar.

—Que venga esa señora —dijo don Quijote— y pida lo que quiera. Mi brazo está a su servicio.

Primero entraron doce damas vestidas de negro, con las caras cubiertas por velos negros, tan gruesos que no se veía nada. Detrás venía la condesa, con una falda negra larguísima que llevaban tres pajes. Se puso de rodillas y habló con una voz grave y ronca:

—Antes de contar mi desgracia, quiero saber si está aquí el valerosísimo caballero don Quijote de la Manchísima y su escuderísimo Panza.

—Aquí estamos, dolorosísima señora —respondió Sancho antes que nadie—, prontísimos a servirla.

Los duques casi reventaban de risa. Ellos sabían muy bien quién era la Dolorida.

La condesa contó una historia larga y triste de amor, de una princesa y de un gigante malvado, Malambruno. Al final dijo:

—Y para castigarnos a nosotras, Malambruno nos dejó esto.

Ella y sus doce damas se quitaron el velo. Todas tenían barba: unas rubias, otras negras, otras blancas.

—¡Pobres señoras! —dijo Sancho—. Seguro que no tienen dinero para pagar a un barbero.

—Es verdad, señor —respondió una de las damas—. Y si don Quijote no nos ayuda, vamos a llegar a la tumba con barba.

—Me arranco la mía —dijo don Quijote— si no las libro de las suyas. Díganme qué tengo que hacer.

—Malambruno me prometió algo —explicó la Dolorida—: cuando yo encuentre a nuestro caballero, él va a enviar un caballo de madera, para llevarlo por el aire hasta su reino, con su escudero detrás. Se llama Clavileño. Tiene una clavija en la frente, y con ella se guía. Vuela tan suave que se puede llevar en la mano una taza llena de agua sin derramar una gota. Esta misma noche va a estar aquí.

Llegó la noche. Entraron en el jardín cuatro salvajes vestidos de hojas verdes, con un gran caballo de madera sobre los hombros. Lo pusieron en el suelo, y uno de ellos dijo:

—Suba a esta máquina el que tenga valor. Y detrás, el escudero. Basta con girar esta clavija. Pero tienen que taparse los ojos, para que la altura no los maree, hasta que el caballo relinche. Esa será la señal del final del viaje.

Y se fueron por donde habían venido.

—Yo no subo —dijo Sancho—. Los caballeros se llevan la fama y los escuderos el trabajo. Y además, ¿qué van a decir los de mi isla cuando sepan que su gobernador anda paseando por los vientos? Y si el viaje dura años, cuando vuelva ya no voy a tener isla.

—Sancho, amigo —dijo el duque—, la isla no se va a mover de su sitio. Pero el precio de su gobierno es este: acompañe usted a su señor en esta aventura. Cuando vuelva, en el caballo o a pie, su isla lo va a estar esperando.

—Basta, señor —dijo Sancho—. Soy un pobre escudero y no puedo con tanta cortesía. Que suba mi amo, que me tapen los ojos, y que Dios me ayude.

Antes de subir, don Quijote llevó a Sancho entre unos árboles y le dijo en voz baja:

—El viaje es largo, Sancho, y no sabemos cuándo vamos a volver. ¿Por qué no vas a tu cuarto y te das ahora unos quinientos azotes? Así ya tienes una parte hecha.

—¿Ahora, que voy a ir sentado en una tabla dura? —respondió Sancho—. A la vuelta, señor, se lo prometo.

Don Quijote subió primero y se tapó los ojos con un pañuelo. Sancho subió detrás, muy despacio. La madera le pareció más dura que una piedra, y pidió un cojín; pero la Dolorida dijo que Clavileño no lo permitía. Así que Sancho se sentó de lado, como las damas, y le taparon los ojos. Don Quijote tocó la clavija, y todos en el jardín empezaron a gritar:

—¡Que Dios te guíe, valeroso caballero!

—¡Ya van por el aire, más rápidos que una flecha!

—¡Cuidado, Sancho, no te caigas!

Sancho se abrazó fuerte a su amo.

—Señor, si vamos tan alto, ¿cómo es que oímos sus voces tan cerca?

—No te preocupes, Sancho. En estos viajes por el aire se oye todo, aunque sea a mil leguas. Y no me aprietes tanto, que me tiras. Yo nunca subí a un caballo tan tranquilo. Parece que no nos movemos.

—Pues por este lado me da un viento muy fuerte —dijo Sancho—. Es como si me soplaran con mil fuelles.

Y era verdad. Unos criados les hacían viento con unos fuelles grandes. Todo estaba muy bien preparado por los duques y su mayordomo.

—Ya debemos de estar en la segunda región del aire —dijo don Quijote—, donde nacen la nieve y el granizo. Si seguimos subiendo, pronto vamos a llegar a la región del fuego.

En ese momento, con un poco de fuego en la punta de unas cañas largas, los criados les calentaron la cara.

—¡Que me maten si no estamos ya en la región del fuego! —gritó Sancho—. ¡Se me está quemando la barba!

Para terminar la aventura, prendieron fuego a la cola de Clavileño. El caballo estaba lleno de cohetes, y con un ruido terrible saltó por el aire. Don Quijote y Sancho cayeron al suelo, medio quemados.

Se levantaron llenos de golpes y miraron a todas partes. Estaban en el mismo jardín. La Dolorida y sus damas ya no estaban, y todos los demás estaban tirados por el suelo, como desmayados. A un lado había una lanza clavada en la tierra, y en ella un papel con letras de oro:

«El famoso caballero don Quijote de la Mancha terminó la aventura de la condesa Trifaldi solo con intentarla. Malambruno está contento, y las damas ya no tienen barba. Y cuando el escudero termine sus azotes, la blanca paloma va a quedar libre de los que la persiguen. Así lo manda el sabio Merlín».

Don Quijote entendió que la blanca paloma era Dulcinea. Fue a despertar al duque, que abrió los ojos poco a poco, como si saliera de un sueño; todos hacían muy bien su papel. El duque leyó lo escrito, abrazó a don Quijote y le dijo que era el mejor caballero de todos los tiempos.

La duquesa le preguntó a Sancho cómo había sido el viaje.

—Señora, cuando íbamos por la región del fuego, me levanté un poquito el pañuelo, sin que nadie me viera, y miré hacia abajo. La tierra entera me pareció del tamaño de un grano de mostaza, y los hombres, poco más grandes que unas avellanas.

—Pero, Sancho —dijo la duquesa—, si la tierra era como un grano de mostaza y cada hombre como una avellana, un solo hombre cubría toda la tierra.

—Será así —respondió Sancho—, pero yo la vi toda, por encantamiento. Y además pasamos junto a esas estrellas que llaman las siete cabrillas. Como de niño fui pastor de cabras, me dieron muchas ganas de jugar con ellas. Así que bajé de Clavileño sin decir nada y estuve con las cabrillas casi tres cuartos de hora. Y Clavileño me esperó sin moverse.

—¿Y cómo eran esas cabras? —preguntó el duque.

—Dos verdes, dos rojas, dos azules y una de varios colores.

—Pues aquí en la tierra no hay cabras de esos colores.

—Claro, señor. Las cabras del cielo no son como las de la tierra.

—Yo no me destapé los ojos —dijo don Quijote— y no vi ni el cielo ni la tierra. Y sé que no se puede pasar la región del fuego sin quemarse. Así que Sancho miente, o Sancho sueña.

—Ni miento ni sueño —respondió Sancho.

Los duques no le preguntaron nada más. Entonces don Quijote se acercó a Sancho y le dijo al oído:

—Sancho, si quieres que te crean lo que viste en el cielo, tú tienes que creerme lo que yo vi en la cueva de Montesinos. Y no te digo más.

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