Lazarillo von Tormes

La culebra que silbaba

Die Schlange, die pfiff

Lázaro schmiedet einen Plan nach dem anderen, um an das Brot in der Truhe zu kommen, und der Geistliche, der immer nervöser wird, sucht nachts nach dem Tier, das es ihm wegfrisst.

Kapitel 5 Spanisch B1 Mittelstufe
Nomen Eigenname Verb Hilfsverb Adjektiv Adverb Pronomen Determinativ Adposition Zahlwort Nebenordnende Konjunktion Unterordnende Konjunktion Partikel Interjektion Sonstiges

El hambre crecía, porque en aquellos días mi estómago se había acostumbrado a más pan. Cuando me veía solo, no hacía otra cosa que abrir y cerrar el arca y contemplar aquella cara de Dios. Pero el mismo Dios, que ayuda a los que sufren, al verme en tal apuro me trajo a la memoria un pequeño remedio. Pensé: «Esta arca es vieja y grande, y está rota por algunas partes, aunque los agujeros son pequeños. Se puede pensar que entran ratones y le hacen daño a este pan. Sacar un pan entero no me conviene, porque va a notar la falta el que me hace vivir con tanta falta de todo. Esto sí puede pasar».

Y empecé a desmigajar el pan sobre unos manteles nada finos que había allí. Tomaba un pan y dejaba otro, de modo que de tres o cuatro saqué un poco de cada uno. Después me lo comí como quien come caramelos, y me consolé algo. Cuando mi amo vino a comer y abrió el arca, vio el daño, y sin duda creyó que lo habían hecho los ratones, porque estaba muy bien imitado, tal como ellos lo suelen hacer. Miró el arca de un lado a otro y vio unos agujeros por donde pensó que habían entrado. Me llamó y me dijo:

—¡Lázaro! ¡Mira, mira lo que le pasó anoche a nuestro pan!

Yo me hice el sorprendido y le pregunté qué podía ser.

—¿Qué va a ser? —dijo él—. Ratones, que no dejan nada vivo.

Nos pusimos a comer, y Dios quiso que también en esto me fuera bien, porque me tocó más pan que la miseria que solía darme: con un cuchillo raspó todo lo que creía que habían tocado los ratones y me lo dio, diciendo:

—Cómete eso, que el ratón es cosa limpia.

Así, aquel día, con la ración que me había ganado con el trabajo de mis manos, o mejor dicho, de mis uñas, terminamos de comer, aunque yo nunca empezaba. Pero enseguida me vino otro susto: lo vi ir de un lado a otro, sacando clavos de las paredes y buscando tablitas, y con ellas cerró todos los agujeros de la vieja arca.

—¡Ay, Dios mío! —me lamenté entonces—. ¡Qué poco duran los placeres de esta vida! Al cerrar los agujeros del arca, este miserable me cierra la puerta del consuelo y me abre la de los sufrimientos.

Así me lamentaba yo mientras mi cuidadoso carpintero terminaba su obra con muchos clavos y tablitas, diciendo:

—Ahora, señores ratones traidores, les conviene cambiar de planes, porque en esta casa no van a prosperar.

En cuanto salió de casa, fui a ver la obra y vi que en la triste arca no había dejado ni un agujero por donde pudiera entrar un mosquito. La abrí con mi llave, sin esperanza, y de los panes que mi amo creía roídos por los ratones saqué todavía un poquito, tocándolos con muchísimo cuidado. Pero la necesidad es una gran maestra, y de noche y de día yo pensaba en cómo seguir vivo. Dicen que el hambre despierta el ingenio, y así era sin duda en mí.

Una noche en que no podía dormir, pensando en cómo sacar provecho del arca, oí que mi amo dormía, porque roncaba y resoplaba fuerte. Me levanté sin hacer ruido, tomé un cuchillo viejo que había dejado a mano durante el día y ataqué la triste arca por el lado que me pareció más débil. Como era tan antigua, la madera estaba blanda y comida por los gusanos, y enseguida se me rindió y me dejó hacerle en el costado un buen agujero. Luego abrí muy despacio el arca herida y, a tientas, hice con el pan empezado lo mismo que antes. Un poco consolado, volví a cerrarla y me fui a dormir a mi cama de paja.

Al día siguiente, mi amo vio el daño en el pan y el agujero que yo había hecho en el arca, y empezó a maldecir a los ratones:

—¿Qué vamos a decir de esto? ¡Nunca ha habido ratones en esta casa hasta ahora!

Y sin duda decía la verdad, porque los ratones no suelen vivir donde no hay nada que comer. Volvió a buscar clavos y tablitas por la casa y tapó los agujeros. Pero cuando llegaba la noche y él se dormía, yo me levantaba con mi herramienta, y todos los agujeros que él tapaba de día, yo los destapaba de noche. Lo hicimos tan bien y con tanta prisa que de ahí debe de venir el dicho: «Donde una puerta se cierra, otra se abre». En pocos días y noches dejamos la pobre arca de tal forma que, con tantos clavos y tachuelas, parecía más una vieja armadura de guerra que un arca.

Cuando vio que su remedio no le servía de nada, dijo:

—Esta arca está tan vieja y maltratada que ya no se puede defender de ningún ratón, y si seguimos así, me va a costar tres o cuatro reales comprar otra. El mejor remedio es poner una trampa dentro para estos malditos ratones.

Enseguida pidió prestada una ratonera y, con cortezas de queso que les pedía a los vecinos, la tenía siempre armada dentro del arca. Para mí fue una gran ayuda, porque me comía las cortezas de queso de la ratonera y además seguía mordisqueando el pan como un ratón.

Como encontraba el pan comido, el queso comido y ningún ratón en la trampa, se volvía loco. Les preguntaba a los vecinos qué animal podía comerse el queso, sacarlo de la ratonera y no quedarse dentro, aunque la puerta de la trampa estaba caída. Los vecinos estuvieron de acuerdo en que no podía ser un ratón, porque alguna vez habría quedado atrapado. Uno de ellos le dijo:

—Yo me acuerdo de que en su casa solía andar una culebra, y sin duda es ella. Y tiene sentido, porque como es larga, puede tomar el cebo; y aunque la puerta de la trampa le caiga encima, como no entra toda, se vuelve a salir.

A todos les pareció bien lo que dijo, y mi amo se puso muy nervioso. Desde entonces ya no dormía tranquilo: cada vez que un gusano hacía ruido de noche en la madera, pensaba que era la culebra que le roía el arca. Enseguida se levantaba y, con un garrote que desde aquel día ponía junto a la cabecera de la cama, daba grandes golpes a la pobre arca para asustar a la culebra. Despertaba a los vecinos con el ruido, y a mí no me dejaba dormir. Venía a mi cama de paja y la revolvía, y a mí con ella, pensando que la culebra se había ido hacia mí y se había escondido en la paja o en mi ropa, porque le decían que de noche estos animales buscan calor y se meten en las cunas de los niños, y hasta los muerden. Yo casi siempre me hacía el dormido, y por la mañana él me decía:

—Anoche, mozo, ¿no oíste nada? Anduve detrás de la culebra, y creo que se va a ir a tu cama, porque son muy frías y buscan calor.

—Quiera Dios que no me muerda —decía yo—, porque le tengo mucho miedo.

Así andaba él de noche, sin dormir, como un fantasma, y la culebra no se atrevía a acercarse al arca; pero de día, mientras él estaba en la iglesia o en el pueblo, yo hacía mis asaltos.

Yo tuve miedo de que, buscando así, encontrara la llave, que yo tenía escondida debajo de la paja, y me pareció más seguro metérmela de noche en la boca. Desde que viví con el ciego, que me revisaba cada costura de la ropa, mi boca era como una bolsa: llegué a tener en ella doce o quince maravedís en monedas pequeñas sin que me molestaran para comer. Así que cada noche me metía la llave en la boca y dormía sin miedo de que el brujo de mi amo la encontrara. Pero cuando la desgracia tiene que llegar, de nada sirve el cuidado.

Quiso mi suerte, o mejor dicho, mis pecados, que una noche, mientras dormía, la llave se me pusiera en la boca, que debía de tener abierta, de tal manera que el aire que yo echaba al respirar salía por el agujero de la llave, que era hueca como un tubo, y silbaba muy fuerte. Mi amo, que estaba siempre alerta, lo oyó y creyó sin duda que era el silbido de la culebra; y la verdad es que debía de parecerlo.

Se levantó muy despacio, con el garrote en la mano, y guiándose por el sonido se acercó a mí con mucho cuidado, para que la culebra no lo oyera. Cuando estuvo cerca, pensó que la culebra se había metido en la paja donde yo estaba acostado, buscando mi calor. Levantó bien el garrote, pensando que la tenía debajo y que con un buen golpe la iba a matar, y con toda su fuerza me dio en la cabeza un golpe tan grande que me dejó sin sentido y con la cabeza abierta.

Cuando se dio cuenta de que me había dado a mí, porque yo debí de quejarme mucho, según contaba él después, me llamó a gritos para despertarme. Pero al tocarme con las manos sintió la mucha sangre que me salía y comprendió el daño que me había hecho, y corrió a buscar una luz. Cuando volvió con ella, me encontró quejándome, todavía con la llave en la boca, porque nunca la solté, con la mitad fuera, tal como debía de estar cuando silbaba.

Asustado, el cazador de culebras se preguntó qué podía ser aquella llave. Me la sacó de la boca, la miró y vio lo que era, porque era igual que la suya. Fue enseguida a probarla en el arca, y con ella descubrió el engaño. El cruel cazador debió de decir:

—Encontré al ratón y a la culebra que me hacían la guerra y se comían mis bienes.

De lo que pasó en los tres días siguientes no puedo decir nada, porque los pasé sin sentido; esto que he contado lo oí después, cuando desperté, de boca de mi amo, que se lo contaba con todo detalle a todos los que venían a la casa.

A los tres días volví en mí y me encontré acostado en mi paja, con la cabeza llena de vendas, aceites y pomadas. Asustado, pregunté:

—¿Qué es esto?

El cruel clérigo me respondió:

—Pues que ya cacé a los ratones y a las culebras que me destruían.

Me miré, y me vi tan maltratado que enseguida sospeché lo que había pasado.

En ese momento entró una vieja que curaba con rezos, y con ella los vecinos, y empezaron a quitarme los trapos de la cabeza y a curarme el golpe. Al verme despierto, se alegraron mucho y dijeron:

—Ya que volvió en sí, si Dios quiere, no será nada.

Y entonces volvieron a contar mis desgracias y a reírse de ellas, y yo, pobre de mí, a llorarlas. Con todo, me dieron de comer, porque estaba muerto de hambre, y apenas lograron quitármela. Y así, poco a poco, a los quince días me levanté, ya sin peligro, pero no sin hambre, y medio curado.

Al día siguiente de levantarme, mi amo me tomó de la mano, me sacó por la puerta y, ya en la calle, me dijo:

—Lázaro, de hoy en adelante eres tuyo y no mío. Busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía un criado tan diligente. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego.

Y haciendo la señal de la cruz delante de mí, como si yo tuviera el diablo dentro, volvió a meterse en casa y cerró la puerta.

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