Lazarillo von Tormes

La casa donde nunca comen ni beben

Das Haus, in dem man nie isst noch trinkt

Lázaro entdeckt, wie sein Herr, der Knappe, wirklich lebt, und bald ist er es, der für beide etwas zu essen auftreiben muss.

Kapitel 7 Spanisch B1 Mittelstufe
Nomen Eigenname Verb Hilfsverb Adjektiv Adverb Pronomen Determinativ Adposition Zahlwort Nebenordnende Konjunktion Unterordnende Konjunktion Partikel Interjektion Sonstiges

Cuando mi amo desapareció al final de la calle, volví a entrar y en un momento recorrí toda la casa sin encontrar nada. Hice la dura cama, tomé el jarro y me fui al río. Allí, en una huerta, vi a mi amo muy ocupado enamorando a dos mujeres con la cara tapada, de esas que van en las mañanas de verano a desayunar a la orilla del río sin llevar nada, seguras de que alguien las invitará.

Él les decía palabras muy dulces. Pero cuando ellas vieron que ya estaba bien enamorado, no les dio vergüenza pedirle que les pagara el desayuno. Él, que tenía la bolsa tan fría como caliente el corazón, se puso pálido, empezó a confundirse al hablar y a poner excusas que no valían nada. Ellas entendieron enseguida qué enfermedad tenía y lo dejaron solo.

Yo, que estaba desayunando unos tallos de col, volví a casa sin que mi amo me viera y lo esperé, por si traía algo de comer. Pero cuando vi que eran las dos y no venía, y el hambre me apretaba, cerré la puerta, dejé la llave donde me mandó y volví a mi antiguo oficio. Con voz baja y enferma, empecé a pedir pan en las puertas de las casas más grandes. Como este oficio lo había aprendido con el gran maestro, el ciego, salí tan buen alumno que, aunque en esta ciudad no había caridad, antes de que el reloj diera las cuatro ya me había comido cuatro libras de pan, y tenía más de otras dos en las mangas y debajo de la camisa. Al volver, pasé por el lugar donde vendían tripas, y una de aquellas mujeres me dio un pedazo de uña de vaca y unas pocas tripas cocidas.

Cuando llegué, mi amo ya estaba en casa, paseándose por el patio. Pensé que me iba a reñir por llegar tarde, pero, gracias a Dios, no fue así. Me preguntó de dónde venía, y le dije:

—Señor, estuve aquí hasta que dieron las dos, y cuando vi que usted no venía, me fui por la ciudad a pedir ayuda a la buena gente, y me dieron esto.

Le mostré el pan y las tripas, y él puso buena cara y dijo:

—Pues te esperé para comer, y cuando vi que no venías, comí. Pero haces bien, porque más vale pedirlo por amor de Dios que robarlo. Solo te pido que nadie sepa que vives conmigo, por mi honra. Y ahora come, pobre. Desde que entré en esta casa nunca me ha ido bien: hay casas desgraciadas que les pegan la desgracia a los que viven en ellas. Pero te prometo que, cuando se termine el mes, no me quedo aquí aunque me la regalen.

Me senté en una punta del banco y empecé a comer mis tripas y mi pan, y miraba disimuladamente a mi pobre señor, que no apartaba los ojos de mi regazo, que en ese momento me servía de plato. Que Dios tenga tanta lástima de mí como la que yo tenía de él, porque sabía lo que sentía: muchas veces lo había pasado, y lo pasaba cada día. Yo deseaba que me ayudara a comer, y Dios cumplió mi deseo, y creo que también el suyo, porque se acercó y me dijo:

—Te digo, Lázaro, que comes con más gracia que ningún hombre que he visto en mi vida. Nadie te ve comer sin que le den ganas, aunque no las tenga.

—Las muchas ganas que tú tienes —dije yo entre mí— te hacen ver hermosas las mías.

Pero decidí ayudarlo, ya que él mismo me abría el camino, y le dije:

—Señor, este pan está riquísimo, y esta uña de vaca está tan bien cocida que a cualquiera le darían ganas de probarla.

—¿Es uña de vaca?

—Sí, señor.

—Te digo que es el mejor bocado del mundo; no hay faisán que me guste tanto.

—Pues pruébela, señor, y verá qué rica está.

Le puse en las manos la uña y tres o cuatro pedazos del pan más blanco. Se sentó a mi lado y empezó a comer como quien de verdad tiene hambre, royendo cada huesito mejor que un perro.

—Por Dios —decía—, que me supo como si hoy no hubiera comido nada.

—¡Así me vengan los buenos años, como eso es verdad! —dije yo entre mí.

Así pasamos ocho o diez días: el pobre salía por la mañana, con aquel aire satisfecho y aquel paso medido, a tomar el aire por las calles, y vivía de lo que traía el pobre Lázaro. Muchas veces pensaba en mi desgracia: había escapado de amos malos buscando algo mejor, y venía a dar con uno que no me mantenía y al que, además, yo tenía que mantener.

Con todo, lo quería bien. Una mañana, mientras él estaba arriba, busqué en la ropa que había dejado de almohada y encontré una bolsita de terciopelo, sin una maldita blanca dentro ni señal de haberla tenido en mucho tiempo.

—Este es pobre —me dije—, y nadie da lo que no tiene. Pero el ciego y el clérigo tenían de todo, y aun así me mataban de hambre: a aquellos es justo odiarlos, y de este hay que tener lástima.

Todavía hoy, cuando me encuentro con alguno de su clase, con aquel paso y aquella pompa, le tengo lástima. Solo me habría gustado que mi amo tuviera menos orgullo, ya que tanta necesidad tenía. Pero, según me parece, es una regla que entre ellos todos guardan: aunque no tengan ni una moneda, el sombrero tiene que estar en su lugar.

Mi mala suerte, que no se cansaba de perseguirme, no quiso que durara ni siquiera aquella vida. Como aquel año hubo poco trigo, el Ayuntamiento decidió que todos los pobres forasteros salieran de la ciudad, y se anunció con un pregón que al que encontraran desde entonces lo castigarían con azotes. Cuatro días después vi pasar por las calles una procesión de pobres a los que llevaban azotando, y me dio tanto miedo que nunca más me atreví a salir a pedir.

En mi casa había entonces ayuno, tristeza y silencio: a veces pasábamos dos o tres días sin comer un bocado ni decir una palabra. A mí me salvaron la vida las vecinas, unas mujeres pobres que hilaban algodón y vivían junto a nuestra casa; de lo poco que tenían me daban alguna cosa. Pero no tenía tanta lástima de mí como de mi pobre amo, que en ocho días no comió ni un maldito bocado, por lo menos en casa. ¡Y había que verlo bajar la calle a mediodía, con el cuerpo estirado, más largo que un galgo! Y todo por su negra honra: tomaba una paja y salía a la puerta a limpiarse los dientes, que no tenían nada entre ellos, y seguía quejándose:

—La culpa la tiene la mala suerte de esta casa. Como ves, es triste y oscura. Ya quiero que se termine este mes para irnos.

Un día, no sé por qué suerte, llegó a sus manos un real, y vino con él a casa tan orgulloso como si tuviera el tesoro de Venecia. Me lo dio con cara muy alegre y me dijo:

—Toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano. Ve a la plaza y compra pan, vino y carne. Y para que te alegres, te hago saber que alquilé otra casa, y en esta desgraciada no vamos a estar más que hasta que termine el mes. Ve y vuelve pronto, y comamos hoy como condes.

Tomé mi real y mi jarro y empecé a subir la calle hacia la plaza, muy contento. Pero en mi triste suerte está escrito que ninguna alegría me llegue sin susto: de repente me encontré con un muerto que muchos clérigos y otra gente bajaban por la calle. Me arrimé a la pared para dejarlos pasar, y detrás del cuerpo venía una mujer vestida de luto, que debía de ser la viuda, con otras muchas mujeres. Ella iba llorando a gritos y diciendo:

—¡Marido y señor mío! ¿Adónde te llevan? ¡A la casa triste y desdichada, a la casa oscura, a la casa donde nunca comen ni beben!

Cuando oí aquello, se me juntó el cielo con la tierra, y dije:

—¡Ay, pobre de mí! ¡Para mi casa llevan este muerto!

Me abrí paso entre la gente y bajé la calle corriendo con todas mis fuerzas. Entré en casa, cerré la puerta a toda prisa y me abracé a mi amo, pidiéndole que me ayudara a defender la entrada.

—¿Qué es eso, mozo? —me dijo él, algo asustado—. ¿Por qué gritas? ¿Por qué cierras la puerta con tanta furia?

—¡Oh, señor —dije yo—, venga usted aquí, que nos traen un muerto! Lo encontré aquí arriba, y su mujer venía diciendo: «¡A la casa oscura y triste, a la casa donde nunca comen ni beben!». ¡Aquí, señor, nos lo traen!

Cuando mi amo oyó esto, aunque no tenía muchos motivos para estar alegre, se rio tanto que durante un buen rato no pudo hablar. Mientras tanto, yo ya había echado el cerrojo y empujaba la puerta con el hombro. Pasó la gente con su muerto, y cuando mi amo estuvo ya más harto de reír que de comer, me dijo:

—Es verdad, Lázaro: por lo que va diciendo la viuda, tuviste razón en pensar lo que pensaste. Pero, gracias a Dios, siguen adelante, así que abre, abre, y ve a buscar de comer.

Ese día comimos bien, pero no lo disfruté nada, y en tres días no me volvió el color a la cara.

Yo siempre deseaba saber por qué mi amo había venido a esta tierra. Por fin, un día en que habíamos comido bastante bien y él estaba contento, me contó su historia: era de Castilla la Vieja, y había dejado su tierra solo por no quitarse el sombrero ante un caballero vecino suyo, más rico que él, que no se lo quitaba primero.

—Eres un muchacho —me dijo— y no entiendes las cosas de la honra, que hoy es toda la riqueza de los hombres de bien. Me acuerdo de que un día, en mi tierra, quise pegarle a un artesano, porque cada vez que me encontraba me decía: «Mantenga Dios a usted». «Tú, villano miserable», le dije yo, «¿así me saludas, como si yo fuera cualquiera?». Desde entonces se quitaba el sombrero y me hablaba como debía.

—¿Y no es una buena manera de saludar —dije yo— decirle a un hombre que Dios lo mantenga?

—¡Qué poco sabes! —dijo él—. Eso se les dice a los hombres de poca categoría; pero a los más altos, como yo, no se les puede decir menos que «Beso las manos de usted». Y no aguantaré nunca a ningún hombre del mundo, del rey para abajo, que me diga «Mantenga Dios a usted».

—¡Pobre de mí! —dije yo entre mí—. Por eso tiene Dios tan poco cuidado de mantenerte, porque no dejas que nadie se lo pida.

—Además —siguió él—, no soy tan pobre: en mi tierra tengo un solar de casas que, si estuvieran en pie y bien construidas, valdrían mucho dinero, y un palomar que, si no estuviera caído como está, daría cada año más de doscientos pichones. Vine a esta ciudad pensando que encontraría un buen puesto. ¡Ah, si encontrara a un gran señor! Yo sabría servirlo bien: reírle sus chistes, aunque fueran malos, y mentirle tan bien como cualquiera. Pero mi suerte no quiere que lo encuentre.

Estábamos en esto cuando entraron por la puerta un hombre y una vieja: el hombre le pidió el alquiler de la casa, y la vieja, el de la cama. Por dos meses le pidieron lo que él no habría juntado en un año: creo que fueron doce o trece reales. Él les respondió muy bien: que iba a salir a la plaza a cambiar una moneda, y que volvieran por la tarde. Pero su salida no tuvo vuelta.

Por la tarde ellos volvieron, pero ya era tarde. Llegó la noche, y él no; me dio miedo quedarme solo, así que me fui a casa de las vecinas y dormí allí. A la mañana siguiente, el hombre y la vieja volvieron con un alguacil y un escribano, abrieron la puerta y entraron para llevarse los bienes de mi amo hasta cobrar la deuda. Recorrieron toda la casa, la encontraron vacía, y me dijeron:

—¿Dónde están los bienes de tu amo, sus arcas, sus tapices y sus muebles?

—Yo no sé nada de eso —les respondí.

—Sin duda anoche los sacaron y se los llevaron a alguna parte —dijeron ellos—. Señor alguacil, detenga a este mozo, que él sabe dónde están.

Entonces el alguacil me agarró del cuello de la camisa y me dijo:

—Muchacho, quedas preso si no dices dónde están los bienes de tu amo.

Del cuello me habían agarrado muchísimas veces, pero suavemente, para que le mostrara el camino al que no veía. Tuve mucho miedo y, llorando, les prometí decir lo que sabía. El escribano se sentó para escribir la lista de los bienes.

—Señores —dije yo—, lo que este amo mío tiene, según me dijo, es un muy buen solar de casas y un palomar caído.

—Bien está —dijeron ellos—. Por poco que valga, alcanza para pagar la deuda. ¿Y en qué parte de la ciudad lo tiene?

—En su tierra —respondí.

—¡Por Dios, qué buen negocio! ¿Y dónde queda su tierra?

—Me dijo que era de Castilla la Vieja.

El alguacil y el escribano se rieron mucho y les dijeron a los otros:

—Con estos datos, bien pueden ustedes cobrar su deuda, aunque fuera mayor.

Las vecinas, que estaban allí, dijeron:

—Señores, este es un niño inocente: hace pocos días que está con ese escudero, y no sabe de él más que ustedes. El pobrecito viene a nuestra casa y le damos de comer lo que podemos por amor de Dios.

Al ver mi inocencia, me dejaron libre. Entonces el alguacil y el escribano les pidieron al hombre y a la vieja que les pagaran su trabajo, y hubo una gran pelea. Al final, después de muchos gritos, un ayudante del alguacil cargó con la vieja manta de la vieja, y allá se fueron todos, gritando. No sé cómo terminó. Creo que aquella pobre manta pagó por todos.

Así, como he contado, me dejó mi pobre tercer amo, y así terminé de conocer mi mala suerte, que lo hacía todo al revés conmigo: los amos suelen ser dejados por sus mozos, pero conmigo no fue así, sino que mi amo me dejó a mí y huyó de mí.

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