Legenden

La corza blanca

Die weiße Hirschkuh

In Aragonien erzählt ein Hirte, dass am Fluss Hirschkühe über ihn lachen, und Garcés, der junge Jäger, der heimlich die stolze Constanza liebt, beschließt, die weiße Hirschkuh zu jagen.

Kapitel 7 Spanisch B1 Mittelstufe
Nomen Eigenname Verb Hilfsverb Adjektiv Adverb Pronomen Determinativ Adposition Zahlwort Nebenordnende Konjunktion Unterordnende Konjunktion Partikel Interjektion Sonstiges

En un pequeño lugar de Aragón, allá por los años mil trescientos, vivía en su torre un famoso caballero llamado don Dionís. Después de servir a su rey en la guerra, descansaba ahora de los combates y pasaba los días en su diversión favorita: la caza.

Un día de verano, don Dionís salió a cazar con su hija, a quien su belleza y su extraordinaria blancura le habían dado el apodo de la Azucena. A la hora de la siesta, cuando el sol más quemaba, descansaron en un pequeño valle por donde corría un arroyo, saltando de roca en roca con un ruido suave y agradable. Don Dionís, recostado en la hierba a la sombra de los álamos, charlaba con sus monteros y se contaban unos a otros las aventuras más curiosas de su vida de cazadores. De pronto, desde lo alto de la ladera, empezó a oírse una campanita, y poco después bajaron hacia la otra orilla del arroyo unos cien corderos blancos como la nieve. Detrás de ellos, con la capucha bien calada para protegerse del sol, apareció el pastor que los guiaba.

—Hablando de aventuras extraordinarias —le dijo a don Dionís uno de sus monteros—, ahí tiene usted a Esteban, el pastor. Desde hace un tiempo anda todavía más tonto de lo que Dios lo hizo, que ya es mucho. Según él, oye hablar a los ciervos. Jura que los ciervos de estos montes se han puesto de acuerdo para no dejarlo en paz, que los ha oído preparar las bromas que le van a hacer y, después, reírse a carcajadas.

Constanza, que así se llamaba la hermosa hija de don Dionís, quiso conocer la historia, y uno de los monteros llevó al pastor ante su señor. Esteban era un muchacho de diecinueve o veinte años, fuerte, con la cabeza pequeña hundida entre los hombros, los ojos pequeños y azules, la mirada torpe y un pelo áspero y rojo que le caía sobre la cara. Todos decían que era muy simple, aunque un poco desconfiado y malicioso, como buen campesino.

Don Dionís, fingiendo un enorme interés, le hizo un montón de preguntas. Al principio Esteban no quería hablar, pero su señor insistía, y Constanza, que parecía la más curiosa de todos, se lo pedía también. Al fin el pastor miró a su alrededor con desconfianza, se rascó la cabeza tres o cuatro veces y empezó así:

—Pues el caso es, señor, que un cura de Tarazona me dijo que con el diablo no hay que jugar: boca cerrada, muchas oraciones a san Bartolomé y dejarlo en paz, que Dios, que está allá arriba, se encargará de todo. Pero hoy lo voy a contar, para darles gusto a ustedes. Y si el diablo se enoja, llevo unos buenos evangelios cosidos a la chaqueta, y con ellos y con mi garrote creo que me sabré defender.

—Bueno, bueno —lo apuró don Dionís, impaciente—. Déjate de rodeos y ve al grano.

—Ya voy —contestó Esteban con calma—. Hace poco ya no quedaba en estos montes ni un ciervo, pero unos campesinos me dijeron que veían sus huellas en el campo, y que iban hacia el valle del río. Una noche me escondí entre los álamos. Oí a los ciervos llamarse unos a otros, unas veces lejos y otras cerca, y sentí moverse las ramas a mi espalda, pero no pude ver ni uno. Al amanecer, cuando llevé los corderos a beber a este río, no muy lejos de aquí, encontré huellas frescas de ciervos, ramas rotas, el agua un poco turbia y, lo más extraño, entre las huellas de los animales, las de unos pies pequeñitos, como la mitad de la palma de mi mano. Y no exagero.

Al decir esto, el muchacho, como si buscara algo con qué comparar, miró el pie de Constanza, que asomaba bajo su vestido en un precioso zapatito amarillo. Pero con Esteban bajaron los ojos también don Dionís y algunos de los monteros, y la joven escondió el pie enseguida y dijo con el tono más natural del mundo:

—¡Oh, no! Por desgracia, yo no los tengo tan pequeños. Pies de ese tamaño solo los tienen las hadas de las historias que cantan los trovadores.

—Pero la cosa no termina aquí —siguió el pastor—. Otra noche me escondí en otro lugar, por donde los ciervos tenían que pasar para bajar al río. Hacia la medianoche me venció un poco el sueño, pero abrí los ojos cuando me pareció que las ramas se movían a mi alrededor. En el viento se oían, cada vez más cerca, cantos extraños, carcajadas y tres o cuatro voces que hablaban entre sí, con un alboroto como el de las muchachas del pueblo cuando vuelven de la fuente, riendo y bromeando por el camino. Y justo a mi espalda, tan cerca como estoy ahora de ustedes, oí otra voz, fresca y clara, que dijo... créanme, señores, esto es tan seguro como que me voy a morir... dijo claramente estas palabras: «¡Por aquí, por aquí, compañeras, que está ahí el bruto de Esteban!».

Los que escuchaban ya no pudieron aguantar más la risa y soltaron una gran carcajada. De los primeros en reír y de los últimos en parar fueron don Dionís, que a pesar de su falsa seriedad no pudo evitarlo, y Constanza, que cada vez que miraba a Esteban, tan confuso y asombrado, volvía a reír como una loca, hasta que se le saltaron las lágrimas.

El pastor, en cambio, estaba inquieto. Mientras los señores se reían de su inocencia, él miraba con miedo entre los troncos de los árboles, y de vez en cuando fijaba sus ojos asustados en la hija de don Dionís.

—¿Qué pasa, Esteban? ¿Qué te sucede? —le preguntó uno de los monteros.

—Que me pasó una cosa muy extraña —explicó Esteban—. Cuando oí esas palabras, me levanté rápido para sorprender a la persona que las había dicho. Y de las mismas matas donde yo estaba escondido salió una corza blanca como la nieve. Dio unos saltos enormes por encima de los arbustos y se alejó, seguida de otras corzas de su color normal. Y ni ellas ni la blanca bramaban al huir: se reían, con unas carcajadas que juraría que todavía me suenan en los oídos.

—¡Bah, bah, Esteban! —exclamó don Dionís, burlón—. Sigue el consejo del cura de Tarazona y no hables de tus corzas bromistas, no sea que el diablo te quite el poco juicio que tienes. Vuelve con tus corderos, que se te escapan por el valle. Y si los espíritus malos vuelven a molestarte, ya sabes el remedio: padrenuestro y garrotazo.

El pastor recibió medio pan, un trozo de carne de jabalí y un buen trago de vino, se despidió y se fue con su rebaño. Cuando pasaron las horas de calor y el viento de la tarde empezó a mover las hojas de los álamos, don Dionís mandó tocar las trompas, y todos continuaron la caza.

Entre los monteros de don Dionís había uno llamado Garcés. Era hijo de un viejo servidor de la familia, y por eso sus señores lo querían más que a ningún otro. Tenía más o menos la edad de Constanza, y desde niño se había acostumbrado a adivinar sus deseos y a cumplir hasta el más pequeño de sus caprichos. Él afilaba sus flechas, domaba los potros que ella iba a montar y entrenaba a sus perros y a sus halcones. Los otros criados lo envidiaban y decían que era un adulador; pero algunos, más listos o más maliciosos, creían ver en tantos cuidados las señales de un amor mal escondido.

Si era así, la belleza de Constanza era una buena disculpa. En veinte leguas a la redonda la llamaban la Azucena del Moncayo: era tan blanca y tan rubia que, como a las azucenas, parecía que Dios la había hecho de nieve y oro. Sin embargo, la gente murmuraba sobre su origen: don Dionís había vuelto de Palestina a su castillo de Veratón con una niña pequeña, y nadie sabía quién era su madre. Su carácter, unas veces triste y otras alegre, sus caprichos raros y sus ojos negros como la noche en una cara tan blanca daban de qué hablar, y el mismo Garcés estaba convencido de que su señora no se parecía a las demás mujeres.

Garcés había escuchado la historia de Esteban como los demás monteros, pero quizá fue el único que la oyó con verdadera curiosidad.

«Está claro que eso de las corzas que hablan es pura imaginación de Esteban, que es un tonto completo», pensaba mientras seguía en su caballo al de Constanza, que también parecía distraída y callada. «Pero ¿quién dice que no hay algo de verdad en lo que cuenta ese simple? Cosas más extrañas hemos visto en el mundo. Según las canciones de esta tierra, san Huberto, el patrón de los cazadores, tenía una corza blanca. ¡Oh, si yo pudiera atrapar viva una corza blanca para regalársela a mi señora!».

Cuando el sol se escondió y don Dionís mandó a su gente volver al castillo, Garcés se separó del grupo sin que nadie lo notara y se metió en el monte a buscar al pastor.

Era casi de noche cuando don Dionís se sentó a cenar con su hija.

—¿Y Garcés? ¿Dónde está? —preguntó Constanza, al ver que su montero no estaba allí para servirla, como siempre.

Nadie lo sabía. En ese momento llegó Garcés, sin aliento, con la frente cubierta de sudor, pero con la cara más alegre del mundo.

—Perdóneme, señora —le dijo a Constanza—, perdóneme si falté un momento a mi obligación. Pero allá de donde vengo también estaba ocupado en servirla.

—¿En servirme? —repitió Constanza—. No entiendo qué quieres decir.

—Sí, señora, en servirla. Averigüé que la corza blanca existe de verdad. Además de Esteban, otros pastores juran que la han visto. Con su ayuda, y con la de Dios y de san Huberto, espero traérsela al castillo antes de tres días, viva o muerta.

—¡Bah, bah! —exclamó Constanza, burlona, mientras los demás se reían—. Déjate de cacerías de noche y de corzas blancas. Mira que al diablo le gusta tentar a los simples, y si te empeñas en seguirlo, se va a reír de ti como del pobre Esteban.

—Señora —la interrumpió Garcés, con la voz entrecortada, escondiendo como podía la rabia que le daban las risas de sus compañeros—, yo nunca me he encontrado con el diablo. Pero le juro que podrá hacer conmigo cualquier cosa menos reírse de mí, porque eso solo se lo permito a usted.

Constanza vio el efecto de su burla en el joven enamorado, pero quiso probar su paciencia hasta el final:

—¿Y si cuando vas a disparar se te ríe en la cara, y al oír sus carcajadas se te cae la ballesta de las manos, y antes de que te recuperes del susto la corza blanca ya ha desaparecido, más rápida que un relámpago?

—¡Oh! —exclamó Garcés—. En cuanto a eso, esté segura: si la tengo delante de mi ballesta, aunque me haga mil muecas, aunque me hable, y hasta en latín, no se va sin una flecha en el cuerpo.

Entonces don Dionís, muy serio y lleno de ironía, empezó a darle al pobre muchacho consejos para el caso de que se encontrara con el demonio convertido en corza blanca, y con cada nueva ocurrencia de su padre, Constanza miraba a Garcés y se echaba a reír como una loca.

Así fue toda la cena. Cuando todos se retiraron a descansar, Garcés se quedó un largo rato sin saber qué hacer: ¿debía seguir con su plan, a pesar de las burlas de sus señores, o abandonarlo para siempre?

—¡Qué diablos! —exclamó por fin—. No me puede pasar nada peor de lo que ya me pasó. Y si es verdad lo que nos contó Esteban... ¡oh, entonces cómo voy a disfrutar mi triunfo!

Preparó su ballesta, hizo la señal de la cruz en la punta de la flecha, se colgó la ballesta a la espalda y salió por una pequeña puerta del castillo hacia el monte.

Cuando llegó al lugar donde, según Esteban, debía esperar a las corzas, la luna empezaba a subir detrás de los montes. Como buen cazador, examinó con calma los senderos, los árboles y las curvas del río, y por fin se escondió junto a unos álamos altos y oscuros, detrás de unos arbustos que podían ocultar a un hombre tendido en el suelo.

Allí el río, que bajaba del Moncayo, formaba un remanso hondo y tranquilo. Los álamos, los sauces, que mojaban en el agua la punta de sus ramas, y los arbustos cubiertos de madreselvas formaban a su alrededor un muro espeso de hojas: era el soto del río. A ratos, el viento abría las ramas y dejaba pasar un rayo de luna, que brillaba como un relámpago de plata sobre el agua quieta y profunda.

Garcés esperó mucho tiempo, inútilmente. Ya había pasado la medianoche. Poco a poco, el cansancio, el murmullo del agua, el perfume de las flores y las caricias del viento lo fueron adormeciendo, y sus pensamientos se volvieron cada vez más lentos y más vagos...

Hacía ya dos o tres horas que dormía profundamente cuando de pronto abrió los ojos, asustado. En el viento le pareció oír un murmullo de voces finas, dulces y misteriosas que hablaban, reían o cantaban, con un alboroto como el de los pájaros que despiertan con el primer rayo de sol. Fue solo un instante; después todo quedó otra vez en silencio.

«Seguro que soñaba con las tonterías que nos contó el pastor», se dijo Garcés, frotándose los ojos. Iba a apoyar otra vez la cabeza en la hierba cuando volvió a oír, a lo lejos, aquellas voces, que con el rumor del aire, del agua y de las hojas cantaban así:

—El arquero que vigilaba en lo alto de la torre ha apoyado en el muro su cabeza pesada.

—Al cazador que esperaba sorprender a su presa lo ha sorprendido el sueño.

—Reina de las ondinas, sigue nuestros pasos.

—Ven a gozar de la noche, que es el día de los espíritus.

Garcés se quedó inmóvil. Cuando la música terminó, apartó un poco las ramas con mucho cuidado y vio aparecer las corzas. Bajaban del monte en grupo hacia el remanso, saltando los arbustos con una ligereza increíble, parándose como para escuchar y jugando entre sí. Delante de todas, más ágil, más bonita y más alegre que ninguna, iba la corza blanca, que parecía no tocar el suelo con las patas. Su extraño color brillaba como una luz fantástica sobre el fondo oscuro de los árboles.

Sin embargo, aparte de aquel momento en que sus sentidos le habían hecho oír músicas y palabras, nada en las corzas, ni su forma ni sus movimientos ni sus bramidos, era nuevo para un cazador con experiencia. Garcés se rio por dentro de su miedo y solo pensó en el tiro. Se puso la ballesta entre los dientes y, arrastrándose como una culebra detrás de los arbustos, fue a colocarse unos cuarenta pasos más lejos. Esperó hasta que las corzas estuvieron dentro del río, y cuando empezó a oír el agua agitada, se levantó muy despacio, estiró el cuello por encima de los arbustos y levantó la ballesta. Pero cuando buscó con la vista el animal que iba a herir, se le escapó un pequeño grito de asombro.

La luna estaba quieta, como colgada en mitad del cielo. Su luz suave inundaba el soto y dejaba ver las cosas como a través de un velo azul.

Las corzas habían desaparecido.

En su lugar, lleno de asombro y casi de miedo, Garcés vio un grupo de mujeres bellísimas. Unas entraban en el agua jugando; otras se quitaban las túnicas ligeras que todavía las cubrían y las dejaban colgadas de los árboles. Una sacaba la cabeza rubia entre las hojas verdes de una planta del agua, como una flor a medio abrir; otra se mecía colgada de la rama de un sauce, y sus pies dibujaban una línea de plata al rozar el agua; otras bailaban en una ronda rápida, con las manos unidas, o cruzaban el agua como cisnes, y el agua saltaba en chispas de luz sobre las flores de la orilla.

La mirada del montero iba de un lado a otro, sin saber dónde detenerse, hasta que, bajo un techo de ramas verdes, rodeada de mujeres que la ayudaban a quitarse sus vestidos ligeros, creyó ver a la mujer que adoraba en secreto: la hija del noble don Dionís, la incomparable Constanza.

Garcés ya no se atrevía a creer lo que veían sus ojos y pensaba que estaba bajo el poder de un sueño engañoso. Pero cuanto más la miraba, más seguro estaba. No había duda: eran de ella aquellos ojos oscuros, de largas pestañas; de ella aquel pelo rubio que le caía por la espalda como una cascada de oro; de ella aquel cuello blanco y aquella cabeza un poco inclinada, como una flor bajo el peso del rocío.

Entonces sus compañeras empezaron a cantar otra vez, con una melodía dulcísima:

—Espíritus del aire, vengan envueltos en niebla de plata.

—Luciérnagas de fuego, mariposas negras, ¡vengan!

—Vengan, que ha llegado el momento de las transformaciones maravillosas.

—Vengan, que las que los aman los esperan impacientes.

Al oír aquellos cantos, Garcés sintió que los celos le mordían el corazón como una serpiente. Empujado por una fuerza más poderosa que su voluntad, y queriendo romper de una vez el encanto, apartó con mano temblorosa las ramas que lo escondían y de un solo salto se plantó en la orilla del río.

El encanto se rompió. Todo desapareció como el humo, y las corzas, sorprendidas en lo mejor de sus juegos, huyeron asustadas, una por aquí, otra por allá.

—¡Bien decía yo que todo esto no eran más que trucos del diablo! —exclamó el montero—. Pero, por suerte, esta vez fue torpe y me dejó la mejor presa.

Y así era: la corza blanca había querido escapar por el soto y, enredada en las madreselvas, luchaba en vano por soltarse. Garcés le apuntó con la ballesta. Pero en el momento en que iba a disparar, la corza se volvió hacia él y, con voz clara, lo detuvo con un grito:

—Garcés, ¿qué haces?

El joven dudó, y después de un instante dejó caer el arma al suelo, espantado solo de pensar que podía haber herido a su amada. Una carcajada sonora lo sacó por fin de su asombro: la corza blanca se había soltado y huía, ligera como un relámpago, riéndose de la burla que le había hecho al montero.

—¡Ah, maldita criatura de Satanás! —gritó Garcés con una voz terrible, y recogió la ballesta—. ¡Demasiado pronto cantaste victoria! ¡Demasiado pronto te creíste fuera de mi alcance!

Y disparó la flecha, que salió silbando y se perdió en la oscuridad del soto. Al mismo tiempo, en el fondo del soto sonó un grito, y después unos gemidos ahogados.

—¡Dios mío! —exclamó Garcés—. ¡Dios mío! ¿Y si fuera verdad?

Fuera de sí, como loco, corrió hacia el lugar de donde venían los gemidos. Al llegar se le erizó el pelo de horror, las palabras se le quedaron en la garganta y tuvo que agarrarse al tronco de un árbol para no caer al suelo.

Constanza, herida por su mano, se moría allí, ante sus ojos, bañada en su propia sangre, entre las zarzas del soto.

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