Don Quijote de la Mancha, primera parte

La carta para Dulcinea

Don Quijote decide quedarse en la sierra y manda a Sancho con una carta para Dulcinea.

Capítulo 14 Espanhol A2 Básico
Substantivo Substantivo próprio Verbo Verbo auxiliar Adjetivo Advérbio Pronome Determinante Adposição Numeral Conjunção coordenativa Conjunção subordinativa Partícula Interjeição Outro

—Señor —dijo Sancho—, ahora los guardias del rey nos van a buscar. Vamos a escondernos en la sierra.

—Esta vez voy a seguir tu consejo, Sancho —respondió don Quijote—. Pero no le digas nunca a nadie que me escondí por miedo.

Así entraron en Sierra Morena, unas montañas muy grandes y salvajes. Allí don Quijote pensaba encontrar muchas aventuras. Sancho iba contento detrás de él. Todavía tenía comida de los sacerdotes, y comía por el camino.

Un día encontraron en el suelo una maleta vieja. Dentro había camisas finas y un pañuelo con muchas monedas de oro. También había un pequeño libro para escribir. Don Quijote se quedó con el libro, y le dio el dinero a Sancho. ¡Sancho no podía estar más feliz!

Poco después, llegaron a un lugar muy bonito, al pie de una montaña alta. Había un pequeño río, hierba verde, árboles y flores. Don Quijote se paró.

—Sancho, este es el lugar perfecto —dijo—. Aquí voy a hacer penitencia por mi señora Dulcinea. Voy a imitar al gran Amadís de Gaula. Su dama, Oriana, se enojó con él. Entonces Amadís se fue a vivir solo a una roca. Pasó allí mucho tiempo, triste y llorando. Yo voy a hacer lo mismo. Y voy a hacer también locuras, como otros caballeros de mis libros.

—Pero, señor —dijo Sancho—, esos caballeros tenían un motivo. ¿Qué le hizo a usted la señora Dulcinea?

—Ahí está lo bueno, Sancho —respondió don Quijote—. Volverse loco con un motivo no tiene mérito. Lo difícil es volverse loco sin motivo. Ahora, tú vas a llevar una carta de mi parte a mi señora Dulcinea del Toboso. Y con tu vuelta, se termina mi penitencia.

—¿Y cuánto tiempo va a estar usted aquí?

—Hasta tu vuelta. No tenemos papel, pero voy a escribir la carta en este pequeño libro. En el primer pueblo, alguien la puede copiar en papel. Dulcinea no sabe leer ni escribir, y nunca ha visto una carta mía. Siempre la amé de lejos. En doce años la vi solo cuatro veces. Y tal vez ella no me vio a mí. Su padre se llama Lorenzo Corchuelo, y su madre, Aldonza Nogales.

—¿Cómo? —dijo Sancho—. ¿La señora Dulcinea del Toboso es Aldonza Lorenzo, la hija de Lorenzo Corchuelo?

—Esa es, y merece ser la señora de todo el mundo.

—¡La conozco muy bien! —dijo Sancho—. Es más fuerte que el muchacho más fuerte del pueblo. ¡Y qué voz tiene! Un día subió a la torre de la iglesia. Desde allí llamó a unos trabajadores de su padre. Estaban muy lejos, en el campo, y la oyeron perfectamente. Y no es nada tímida: se ríe y bromea con todo el mundo. Yo pensaba que la señora Dulcinea era una princesa. Por eso usted le mandaba regalos, como el vizcaíno y los presos. Pero ¿qué va a hacer Aldonza Lorenzo con esos hombres de rodillas delante de ella? ¡Tal vez está trabajando en el campo, y se ríe de ellos!

—Sancho, hablas demasiado —respondió don Quijote—. Escucha bien. Para mí, Aldonza Lorenzo es tan buena como la princesa más noble del mundo. Yo la imagino hermosa y noble, y eso es suficiente.

Después escribió la carta en el libro, y se la leyó a Sancho:

—«Soberana y alta señora: Tu caballero, herido por estar lejos de ti, te manda la salud que él no tiene. Si tu belleza no me quiere, no voy a poder vivir con este dolor. Mi buen escudero Sancho te va a contar cómo estoy por ti, ¡oh bella enemiga mía! Si quieres ayudarme, soy tuyo. Si no, voy a morir, y así vas a estar contenta. Tuyo hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».

—¡Es lo más hermoso que he oído en mi vida! —dijo Sancho—. ¡Qué bien dice usted todo, y qué bien queda la firma!

—Ahora vete, Sancho. Pero espera: primero tienes que verme hacer algunas locuras. Así puedes contárselas a Dulcinea.

—No es necesario, señor. Ya vi bastantes.

Pero Sancho subió a su burro, y después de cien pasos volvió.

—Tiene razón, señor. Es mejor ver por lo menos una locura. Así puedo jurar que la vi.

—¿No te lo decía yo? Espera, que en un momento las hago.

Don Quijote se quitó los pantalones a toda prisa y se quedó en camisa. Después dio dos saltos en el aire. Luego dio dos vueltas, con la cabeza abajo y los pies arriba. Sancho vio cosas que no quería ver. Dio la vuelta a su burro y se fue. Ya podía jurar que su amo estaba loco.

Don Quijote se quedó solo en la montaña. Pasaba el día rezando y escribiendo versos para Dulcinea en los árboles. Comía hierbas, y no comía mucho.

Sancho volvió al camino principal y fue hacia El Toboso. Al día siguiente llegó a la posada de la manta. Al verla, sintió otra vez que volaba por el aire, y no quiso entrar. Era la hora de comer, y tenía muchas ganas de comer algo caliente. Mientras pensaba qué hacer, dos hombres salieron de la posada. Lo reconocieron enseguida. ¡Eran el cura y el barbero de su pueblo!

—Amigo Sancho Panza —le dijo el cura—, ¿dónde está su amo?

Al principio, Sancho no quería decirlo. Pero después les contó todo: las aventuras, la penitencia y la carta para Dulcinea. Les explicó que Dulcinea era la hija de Lorenzo Corchuelo. El cura y el barbero lo escuchaban sorprendidos.

—Queremos ver esa carta —dijo el cura—. Yo la puedo copiar en papel con buena letra.

Sancho buscó el libro en su ropa, pero no lo encontró. ¡Don Quijote se quedó con él! Sancho revisó otra vez toda su ropa, pero no encontró el libro. Entonces se agarró la barba con las dos manos y se arrancó la mitad. Después se dio varios golpes en la cara.

—¿Qué le pasa, Sancho? —le preguntaron.

—¡Perdí el libro con la carta para Dulcinea! —dijo Sancho—. Pero no importa mucho. Me la sé casi de memoria.

—Entonces dígala, Sancho, y la copiamos —dijo el barbero.

Sancho se rascó la cabeza. Miró al suelo, miró al cielo, y se mordió un dedo. Por fin dijo:

—Empezaba así: «Alta y sobajada señora».

—No era «sobajada» —dijo el barbero—. Era «soberana».

—Eso es —dijo Sancho—. Después hablaba de un herido sin sueño. Le besaba las manos a una hermosa muy desagradecida. Y algo de salud y de enfermedad. Y terminaba: «Tuyo hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».

El cura y el barbero se rieron mucho. Le pidieron la carta otra vez, y Sancho la repitió tres veces, cada vez con más tonterías. Después les contó los planes de su amo. Primero iba a ser emperador. Después iba a casar a Sancho con una dama de la emperatriz, rica y con muchas tierras. Para entonces, según Sancho, él ya iba a ser viudo. Sancho ya no quería una isla.

Sancho decía todo esto muy serio. El cura y el barbero estaban sorprendidos. ¡La locura de don Quijote era tan grande que también Sancho se volvió un poco loco! Pero no quisieron sacarlo de su error. Era muy divertido escucharlo.

—Pida a Dios por su amo, Sancho —le dijo el cura—. Tal vez llega a ser emperador. O arzobispo, que también es algo grande.

—¿Arzobispo? —dijo Sancho, asustado—. ¿Y qué dan los arzobispos a sus escuderos?

—Algún trabajo en una iglesia.

—¡Pero yo estoy casado, y no sé leer! ¡Qué desgracia, si a mi amo se le ocurre ser arzobispo!

—No tenga miedo, Sancho —dijo el barbero—. Vamos a convencer a su amo de ser emperador, y no arzobispo.

—Ahora tenemos que sacar a su amo de esa montaña —dijo el cura—. Vamos a pensar cómo, y a comer, que ya es hora.

Sancho no quiso entrar en la posada, y no les explicó por qué. Les pidió algo caliente para comer, y comió afuera. Mientras tanto, el cura tuvo una idea. Él se iba a vestir de doncella, y el barbero, de escudero. Así iban a ir a la montaña. La doncella le iba a pedir ayuda a don Quijote contra un caballero malo. Don Quijote, como buen caballero, no podía decir que no. Así lo iban a sacar de la montaña y lo iban a llevar a su casa.

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