Don Quijote de la Mancha, primera parte

El bálsamo de Fierabrás

Don Quijote prepara una medicina especial, pero su estancia en la posada trae nuevos problemas.

Capítulo 8 Espanhol A2 Básico
Substantivo Substantivo próprio Verbo Verbo auxiliar Adjetivo Advérbio Pronome Determinante Adposição Numeral Conjunção coordenativa Conjunção subordinativa Partícula Interjeição Outro

Poco después, don Quijote abrió los ojos. Con voz débil, llamó a su escudero:

—Sancho amigo, ¿duermes? ¿Duermes, amigo Sancho?

—¿Cómo voy a dormir? —respondió Sancho, muy enojado—. ¡Esta noche estuvieron conmigo todos los diablos!

—Puedes creerlo —dijo don Quijote—, porque este castillo está encantado. Pero escucha: tienes que jurarme una cosa. Lo que voy a contarte es un secreto hasta mi muerte.

—Lo juro —dijo Sancho—. Lo voy a guardar hasta su muerte. ¡Pero me gustaría contarlo mañana!

—¿Tan mal te trato, Sancho, que me quieres ver muerto tan pronto?

—No es por eso, señor —respondió Sancho—. Es que no me gusta guardar secretos mucho tiempo. Se me pudren.

—Bueno —dijo don Quijote—. Esta noche vino a verme la hija del señor de este castillo. Es la doncella más hermosa del mundo. Pero mientras hablábamos, llegó de repente una mano enorme, tal vez de un gigante. Me dio un golpe terrible en la cara, y después me golpeó todo el cuerpo. Por eso creo que un gigante encantado guarda la belleza de esa doncella. No es para mí.

—Ni para mí tampoco —respondió Sancho—, porque a mí me golpearon más de cuatrocientos gigantes. ¡Los golpes de los arrieros no fueron nada!

—¿También te golpearon a ti? —preguntó don Quijote.

—¿No se lo estoy diciendo? —dijo Sancho.

—No tengas pena, amigo —dijo don Quijote—. Ahora voy a hacer el bálsamo, y en un momento nos vamos a curar.

En ese momento entró el guardia, en camisa y con un pañuelo en la cabeza. Traía una lámpara de aceite en la mano y tenía una cara muy fea.

—Señor —preguntó Sancho—, ¿no es este el gigante encantado? Tal vez vuelve para castigarnos otra vez.

—No puede ser el gigante —respondió don Quijote—. A los encantados nadie los puede ver.

—Si no se pueden ver, se pueden sentir —dijo Sancho—. Si no, pregúntele a mi espalda.

El guardia se acercó a don Quijote, que seguía en el suelo, boca arriba.

—¿Cómo le va, buen hombre? —le preguntó.

—¿Así se habla a un caballero andante en esta tierra, tonto? —respondió don Quijote.

Al guardia no le gustó nada esa respuesta. Levantó la lámpara y le dio a don Quijote con ella en la cabeza. Después salió, y todo quedó otra vez a oscuras.

—Sin duda, señor, este es el gigante encantado —dijo Sancho—. El tesoro es para otros. Para nosotros, solo los golpes.

—Así es —respondió don Quijote—. Pero contra los encantamientos no hay venganza, porque los encantados son invisibles. Levántate, Sancho, si puedes. Pídele al señor del castillo un poco de aceite, vino, sal y romero. Necesito hacer el bálsamo ahora mismo, porque pierdo mucha sangre por esta herida.

Sancho se levantó con mucho dolor y fue a buscar al dueño de la posada. En la oscuridad encontró al guardia.

—Señor —le dijo—, ¿puede darnos un poco de romero, aceite, sal y vino? Son para curar a uno de los mejores caballeros andantes del mundo. Está en esa cama, herido por el gigante encantado de esta posada.

El guardia pensó que el hombre estaba loco. Ya empezaba a amanecer. Abrió la puerta y llamó al dueño. El dueño le dio a Sancho todo lo necesario. Don Quijote tenía las manos en la cabeza y se quejaba mucho. Pero la lámpara solo le dejó dos chichones. Y lo que él pensaba que era sangre era solo sudor.

Don Quijote mezcló todas las cosas en una olla y las cocinó un buen rato. Después puso el bálsamo en una lata de aceite. Rezó más de ochenta oraciones sobre la lata y le hizo una cruz con cada palabra. Sancho, el dueño y el guardia lo miraban todo.

Luego don Quijote quiso probar el bálsamo. En la olla quedaba mucho, y se lo bebió casi todo. Apenas terminó, empezó a vomitar. Vomitó todo lo que tenía en el estómago, y sudó muchísimo. Pidió una manta y se quedó solo. Durmió más de tres horas. Cuando se despertó, se sentía mucho mejor. Para él, ese era el verdadero bálsamo de Fierabrás. ¡Ahora podía ir a cualquier batalla sin ningún miedo!

Sancho pensó también que era un milagro. Le pidió a su amo el resto de la olla, que era bastante. Don Quijote se lo dio, y Sancho se lo bebió casi todo. Pero el estómago de Sancho no era tan delicado como el de su amo. Antes de vomitar, sintió unos dolores terribles y empezó a sudar. Pensó que iba a morir, y maldijo el bálsamo y al ladrón que se lo dio.

—Sancho —le dijo don Quijote—, creo que todo esto te pasa porque no eres caballero. Este bálsamo solo sirve para los caballeros.

—Si usted lo sabía, ¿por qué me lo dio? —gritó Sancho.

En ese momento, el bálsamo empezó a hacer su efecto. Al pobre escudero le salió todo por arriba y por abajo. Sudaba y temblaba tanto que todos pensaron que se moría. Eso duró casi dos horas. Al final no quedó sano como su amo. Estaba tan débil que no podía ni estar de pie.

Pero don Quijote se sentía sano, y quería salir enseguida a buscar aventuras. Él mismo le puso la silla a Rocinante y preparó el burro de su escudero. Después ayudó a Sancho a vestirse y a subir al burro. En un rincón de la posada encontró un palo largo con punta. Lo tomó como lanza.

Más de veinte personas de la posada lo miraban. Lo miraba también la hija del dueño. Don Quijote tampoco dejaba de mirarla, y de vez en cuando daba un suspiro muy profundo. Todos pensaban que era por el dolor de las costillas.

En la puerta, don Quijote llamó al dueño y le habló con voz muy seria:

—Señor, recibí muchos favores en su castillo. Se los voy a agradecer toda mi vida. Tal vez alguien le hizo daño a usted. Mi trabajo es ayudar a los débiles y castigar a los malos. Dígame quién fue, y yo lo castigo.

—Señor caballero —respondió el dueño con la misma calma—, yo no necesito su venganza. Yo mismo sé vengarme. Solo necesito su dinero. Págueme la paja y la cebada de sus animales, la cena y las camas.

—¿Entonces esto es una posada? —preguntó don Quijote.

—Y muy honrada —respondió el dueño.

—Pues yo me equivoqué —dijo don Quijote—. Pensé que era un castillo, y no malo. Pero, si es una posada, usted tiene que perdonarme el pago. Los caballeros andantes nunca pagan en las posadas. Es su derecho, por su duro trabajo. Trabajan de día y de noche, con frío y con calor, con hambre y con sed.

—Eso no me importa —dijo el dueño—. Págueme lo que me debe, y no me hable más de caballeros.

—Usted es un tonto y un mal posadero —respondió don Quijote.

Y salió de la posada con su lanza. Nadie lo paró. No miró si su escudero lo seguía, y se alejó bastante.

Entonces el dueño le pidió el dinero a Sancho. Pero Sancho le dijo que no. Su señor no pagó, y él tampoco iba a pagar. Según él, los escuderos de los caballeros andantes tenían la misma ley que sus amos. El dueño se enojó mucho y lo amenazó. Pero Sancho no quiso pagar ni una moneda.

Por mala suerte, en la posada había nueve o diez hombres muy alegres y bromistas. Bajaron a Sancho del burro. Uno de ellos trajo una manta de una cama. Pusieron a Sancho en el centro de la manta y lo llevaron al patio. Allí empezaron a lanzarlo al aire con la manta, una y otra vez. Se divertían con él como con un perro en una fiesta.

Sancho gritaba tanto que su amo lo oyó. Don Quijote volvió al galope, pero la puerta de la posada estaba cerrada. Dio la vuelta y llegó a la pared del patio, que no era muy alta. Desde allí vio a su escudero. Sancho subía y bajaba por el aire con mucha gracia. Era muy cómico, pero don Quijote estaba demasiado enojado para reírse. Quiso subir a la pared desde el caballo, pero le dolía todo el cuerpo. No pudo ni bajar de Rocinante. Desde el caballo, empezó a insultar a los hombres. Pero ellos siguieron riéndose y lanzando a Sancho. Solo pararon cuando estaban muy cansados.

Después le trajeron el burro, lo subieron y lo cubrieron con su abrigo. Maritornes lo vio tan cansado que le trajo un jarro de agua fría del pozo. Sancho ya se llevaba el jarro a la boca cuando oyó la voz de su amo:

—¡Hijo Sancho, no bebas agua! ¡No la bebas, que te va a matar! Aquí tengo el santo bálsamo. Con dos gotas te vas a curar.

Sancho lo miró de lado y gritó todavía más fuerte:

—¿Se olvidó de que no soy caballero? ¿O quiere usted que vomite todo lo que me quedó de anoche? ¡Guárdese su bálsamo, y déjeme en paz!

Y empezó a beber. Pero era agua, y después del primer trago le pidió vino a Maritornes. Ella se lo trajo con mucho gusto, y lo pagó con su propio dinero. Sancho bebió, y salió de la posada muy contento. ¡No pagó nada! Es verdad que su espalda pagó por él. Y el dueño se quedó con sus alforjas, como pago. Pero Sancho estaba tan confundido que no se dio cuenta.

A tradução ainda não foi criada.

Carregando frases...

50+
20+
10+
5+
4
3
2
1

Que bom ver você de novo!

Entre na sua conta para continuar

Você ainda não tem uma conta? Criar conta