Después de los juicios llevaron a Sancho a un palacio. En una gran sala lo esperaba una mesa llena de platos y de frutas, solo para él. Sancho se sentó, muy contento. A su lado, de pie, se puso un hombre con una varita en la mano.
Un criado le acercó un plato de fruta. Pero apenas Sancho comió un bocado, el hombre tocó el plato con la varita, y un criado se lo llevó enseguida. Le acercaron otro plato, y antes de que Sancho pudiera probarlo, la varita lo tocó, y también desapareció.
—¿Qué es esto? —preguntó Sancho—. ¿Un juego de magia?
—Yo soy médico, señor gobernador —respondió el hombre—. Me pagan para cuidar la salud de los gobernadores de esta isla. Por eso estoy en sus comidas: los dejo comer lo que les hace bien y les quito lo que les hace daño. La fruta tenía demasiada agua, y el otro plato estaba demasiado caliente y tenía demasiadas especias.
—Entonces, aquellas perdices asadas no me van a hacer daño.
—Esas no las va a comer el señor gobernador mientras yo esté vivo.
—¿Y por qué?
—Porque nuestro maestro Hipócrates dice que comer mucho es malo, pero comer mucha perdiz es malísimo.
—Entonces —dijo Sancho—, dígame usted qué plato de esta mesa me hace bien, y déjeme comer en paz, porque me muero de hambre.
—Lo que el señor gobernador debe comer ahora son unos dulces muy finos y un poco de membrillo.
Sancho se echó hacia atrás en la silla y miró al médico fijamente.
—¿Cómo se llama usted?
—Soy el doctor Pedro Recio.
—Pues, señor doctor Pedro Recio —gritó Sancho, rojo de rabia—, ¡quítese de mi vista ahora mismo, o tomo esta silla y se la rompo en la cabeza! ¡Y denme de comer, o quédense con su gobierno, porque un trabajo que no da de comer a su dueño no vale dos habas!
El médico se asustó. En ese momento se oyó una trompeta en la calle: llegaba un mensajero del duque, con una carta. Como Sancho no sabía leer, un secretario la leyó en voz alta:
«Señor don Sancho Panza: sé que unos enemigos van a atacar la isla una de estas noches. Esté atento. También sé que entraron en el pueblo cuatro hombres disfrazados para matarlo. Mire bien quién se le acerca, y no coma nada de lo que le ofrezcan. Su amigo, el duque».
Sancho se quedó helado.
—Lo primero —dijo— es meter en la cárcel al doctor Recio. Si alguien me va a matar, es él, y de la peor manera: de hambre.
Y como no podía comer nada de aquella mesa, pidió solo un pedazo de pan y unos racimos de uvas, porque pensaba que en las uvas no podía venir veneno.
Esa noche, Sancho salió a recorrer el pueblo con el mayordomo, el secretario y muchos guardias. En una calle, un guardia les trajo a un muchacho que había salido corriendo al verlos.
—¿Por qué corrías? —le preguntó Sancho.
—Para no contestar las muchas preguntas que hace la justicia.
—¿Y adónde ibas?
—A tomar el aire.
—¿Y dónde se toma el aire en esta isla?
—Donde sopla.
—¡Muy gracioso! Pues hoy vas a dormir en la cárcel, sin aire.
—Usted no me puede hacer dormir en la cárcel —respondió el muchacho—, aunque tenga todo el poder del mundo.
—¿Cómo que no? Te voy a poner cadenas, y el guardia no te va a dejar salir.
—Puede usted hacer todo eso —dijo el muchacho, tranquilo—. Pero si yo no quiero dormir y me quedo despierto toda la noche, ¿me puede usted hacer dormir?
—No, por cierto —dijo el secretario—. El muchacho tiene razón.
Sancho se rio.
—Pues vete a dormir a tu casa, y que Dios te dé buen sueño. Pero no te burles más de la justicia.
—Cada día se ven cosas nuevas en el mundo —dijo el mayordomo, admirado—. Las bromas se vuelven verdad, y los que se burlan terminan burlados.
A la mañana siguiente, por orden del doctor Recio, Sancho desayunó un poco de dulce y cuatro tragos de agua fría. Sancho quería pan y uvas, pero tuvo que aceptarlo. Con mucha hambre, se sentó a juzgar. Un forastero le hizo una pregunta difícil:
—Señor, sobre un río hay un puente, y al final del puente, una horca. Allí hay unos jueces y una ley: el que quiere pasar tiene que jurar adónde va. Si dice la verdad, pasa. Si miente, muere en la horca. Un día, un hombre juró: «Voy a morir en esa horca». Si lo dejan pasar, mintió, y tiene que morir. Pero si lo ahorcan, dijo la verdad, y tiene que pasar libre. ¿Qué deben hacer los jueces?
Sancho le pidió que lo repitiera dos veces. Después pensó y dijo:
—Ese hombre tiene tantas razones para morir como para vivir. Cuando la justicia tiene dudas, es mejor hacer el bien que el mal. Que lo dejen pasar. Y esto no es idea mía: me lo dijo mi amo don Quijote antes de venir a esta isla. Cuando la justicia esté en duda, hay que elegir la misericordia.
—Ni los grandes sabios antiguos juzgaron mejor —dijo el mayordomo.
Y ese día el mayordomo dejó comer a Sancho todo lo que quiso, porque le pareció injusto matar de hambre a un gobernador tan sabio.
Unos días después, de noche, cuando Sancho ya empezaba a dormirse, oyó un ruido terrible de campanas, gritos, trompetas y tambores. Salió en camisa a la puerta de su cuarto, y vio venir a más de veinte hombres con antorchas y espadas.
—¡A las armas, señor gobernador! ¡Entraron muchísimos enemigos en la isla! ¡Si usted no nos ayuda, estamos perdidos!
—¿Yo? ¿Qué sé yo de armas? Eso es mejor dejarlo para mi amo don Quijote.
—¡Vamos, señor! Usted es nuestro gobernador y tiene que ser nuestro capitán.
Le pusieron dos escudos grandes sobre la camisa, uno delante y otro detrás, y los ataron con cuerdas. Sancho quedó como entre dos tablas, sin poder doblar las rodillas. Le dijeron que caminara. Sancho intentó dar un paso y cayó al suelo con un golpe tremendo. Quedó allí como una tortuga dentro de su concha.
Nadie lo ayudó. Al contrario: apagaron las antorchas, siguieron gritando y corrieron por encima de él, dando golpes de espada sobre los escudos. Sancho escondió la cabeza y sudaba de miedo. Uno se subió encima de él y, desde allí, como desde una torre, daba órdenes a gritos contra los enemigos. Y el pobre Sancho, debajo, rezaba:
—¡Dios mío, que se pierda ya esta isla, y que yo salga de aquí!
Por fin oyó gritos de victoria:
—¡Victoria! ¡Los enemigos huyen! ¡Levántese, señor gobernador, y venga a repartir lo que les quitamos!
—Levántenme —dijo Sancho con voz débil.
Lo levantaron y le quitaron los escudos. Sancho pidió un trago de vino, se sentó en la cama y se desmayó. Cuando volvió en sí, ya amanecía. Sin decir una palabra, empezó a vestirse, despacio, porque le dolía todo el cuerpo. Todos lo miraban en silencio. Fue al establo, y todos lo siguieron. Allí abrazó a su burro, le dio un beso en la frente y le dijo con lágrimas en los ojos:
—Ven aquí, compañero y amigo mío. Cuando vivía contigo y solo pensaba en tu comida, mis días eran felices. Pero desde que te dejé y subí a las torres de la ambición, solo tengo penas.
Le puso la silla al burro, subió y les dijo a todos:
—Abran paso, señores, y déjenme volver a mi antigua libertad. Yo no nací para ser gobernador ni para defender islas de los enemigos. Yo sé arar y cavar la tierra, no hacer leyes. Prefiero comer gazpacho en libertad que vivir con un médico que me mata de hambre. Díganle al duque que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano. Llegué a este gobierno sin una moneda, y sin una moneda me voy.
—No se vaya, señor gobernador —dijo el doctor Recio—. Le prometo que de ahora en adelante puede comer todo lo que quiera.
—¡Demasiado tarde! —respondió Sancho.
—Señor —dijo el mayordomo—, todo gobernador, antes de irse, tiene que dar cuenta de su gobierno. Dé usted cuenta de estos diez días, y después váyase en paz.
—Solo le doy cuenta al duque —respondió Sancho—. Y salgo de aquí sin nada: esa es la mejor prueba de que goberné como un ángel.
Todos estuvieron de acuerdo y le ofrecieron todo lo que necesitara para el viaje. Pero Sancho solo pidió un poco de cebada para el burro, y medio queso y medio pan para él. Después los abrazó a todos, llorando, y ellos se quedaron admirados de sus palabras.