La Edad de Oro

Meñique: la princesa

Meñique vuelve al palacio con su nuevo criado, pero la princesa quiere ponerle sus propias pruebas.

Capítulo 4 Espanhol A2 Básico
Substantivo Substantivo próprio Verbo Verbo auxiliar Adjetivo Advérbio Pronome Determinante Adposição Numeral Conjunção coordenativa Conjunção subordinativa Partícula Interjeição Outro

En el palacio había una gran fiesta. Nadie se acordaba de Meñique, ni de que gracias a él tenían agua y luz. De repente oyeron un ruido enorme, y las paredes temblaron, como si una mano gigante moviera el mundo. Era el gigante: no cabía por la puerta grande del palacio y la tiró al suelo de una patada. Todos corrieron a las ventanas para ver qué pasaba, y vieron a Meñique sentado muy tranquilo en el hombro del gigante. La cabeza del gigante llegaba al balcón donde estaba el rey. Meñique saltó al balcón, puso una rodilla en el suelo delante de la princesa y le dijo:

—Princesa y señora mía, usted quería un criado, y aquí tiene dos a sus pies.

El rey se quedó sin palabras. Ya no encontraba ninguna excusa para no casar a Meñique con su hija.

—Hija —le dijo en voz baja—, sacrifícate por la palabra de tu padre el rey.

—Hija de rey o hija de campesino —respondió ella—, una mujer debe casarse con el hombre que le guste. Déjame, padre, defenderme en esto, que es cosa mía.

Y luego dijo en voz alta:

—Meñique, eres valiente y tienes suerte, pero eso no basta para gustarles a las mujeres.

—Ya lo sé, princesa y señora mía. Hay que hacer su voluntad y obedecer sus caprichos.

—Veo que eres un hombre inteligente —dijo la princesa—. Ya que adivinas tan bien, voy a ponerte una última prueba antes de casarme contigo. Vamos a ver quién es más inteligente, tú o yo. Si pierdes, quedo libre para casarme con otro.

Meñique la saludó con una gran reverencia. Toda la corte fue a la sala del trono para ver la prueba. Allí estaba el gigante, sentado en el suelo, con la lanza delante y el sombrero en las rodillas, porque era tan alto que no cabía de pie en la sala. Meñique le hizo una seña, y el gigante caminó agachado, con la espalda contra el techo y arrastrando la lanza, hasta llegar a Meñique. Se echó a sus pies, orgulloso de que todos vieran que tenía un amo tan inteligente.

—Vamos a empezar con un juego —dijo la princesa—. Cuentan que las mujeres dicen muchas mentiras. Vamos a ver quién de los dos dice la mentira más grande. El primero que diga «¡Eso es demasiado!» pierde.

—Para servirla, princesa y señora mía, voy a mentir en el juego y a decir la verdad con toda el alma.

—Estoy segura —dijo la princesa— de que tu padre no tiene tantas tierras como el mío. Cuando dos pastores tocan el cuerno en las tierras de mi padre al anochecer, ninguno de los dos oye el cuerno del otro.

—Eso no es nada —dijo Meñique—. Mi padre tiene tantas tierras que una ternerita de dos meses entra por un lado, y cuando sale por el otro, ya es una vaca que da leche.

—Eso no me sorprende —dijo la princesa—. En tu casa no hay un toro tan grande como el nuestro. Dos hombres sentados en sus cuernos no pueden tocarse, ni con un palo muy largo cada uno.

—Eso no es nada —dijo Meñique—. El toro de mi casa tiene una cabeza tan grande que un hombre sentado en un cuerno no puede ver al que está sentado en el otro.

—Eso no me sorprende —dijo la princesa—. En tu casa las vacas no dan tanta leche como en la mía. Nosotros llenamos veinte barriles cada mañana, y hacemos una montaña de quesos tan alta como las pirámides de Egipto.

—Eso no es nada —dijo Meñique—. En mi casa hacen unos quesos tan grandes que un día nuestra yegua se cayó en uno, y no la encontramos hasta una semana después. El pobre animal tenía el espinazo roto, y yo le puse un pino desde el cuello hasta la cola, como espinazo nuevo. Pero una mañana le salió una rama al pino, por encima de la piel, y la rama creció tanto que yo subí por ella y toqué el cielo. En el cielo vi a una señora vestida de blanco que hacía un hilo con la espuma del mar. Yo me agarré del hilo, pero el hilo se rompió, y caí en un agujero de ratones. Y en el agujero de ratones estaban su padre el rey y mi madre, hilando como dos viejecitos. Y su padre hilaba tan mal que mi madre le tiró de las orejas hasta que se le cayeron los bigotes.

—¡Eso es demasiado! —dijo la princesa—. ¡A mi padre el rey nadie le ha tirado nunca de las orejas!

—¡Amo, amo! —dijo el gigante—. Ella dijo: «¡Eso es demasiado!». ¡La princesa es nuestra!

—Todavía no —dijo la princesa, roja de vergüenza—. Tengo que ponerte tres adivinanzas. Si las adivinas, nos casamos enseguida. Primero, dime: ¿qué es lo que siempre está cayendo y nunca se rompe?

—¡Oh! —dijo Meñique—. Con esa adivinanza me dormía mi madre: ¡es la cascada!

—Ahora dime —preguntó la princesa, ya con mucho miedo—: ¿quién camina todos los días por el mismo camino y nunca vuelve atrás?

—¡Oh! —dijo Meñique—. Con esa adivinanza me dormía mi madre: ¡es el sol!

—Es el sol —dijo la princesa, blanca de rabia—. Ya solo queda una adivinanza. ¿En qué piensas tú y no pienso yo? ¿En qué pienso yo y no piensas tú? ¿Y en qué no pensamos ni tú ni yo?

Meñique bajó la cabeza como quien duda, y en su cara se veía el miedo de perder.

—Amo —dijo el gigante—, si no sabes la respuesta, no te canses la cabeza. Hazme una seña y me llevo a la princesa.

—Cállate, criado —dijo Meñique—. Tú sabes bien que la fuerza no sirve para todo. Déjame pensar.

Hubo un silencio tan grande que casi se oía pasar la luz.

—Princesa y señora mía —dijo por fin Meñique—, casi no me atrevo a responder, aunque en su adivinanza veo mi felicidad. Yo pienso que entiendo lo que usted quiere decirme, y usted piensa que no lo entiendo. Usted, como noble princesa, piensa que este criado suyo es digno de ser su marido, y yo no pienso que lo merezca. Y en lo que no pensamos ni usted ni yo es en que el rey su padre y este pobre gigante tienen tan poca…

—¡Cállate! —dijo la princesa—. Aquí tienes mi mano, marqués Meñique. Seré tu esposa.

—¿Qué es eso que piensan de mí? Quiero saberlo —preguntó el rey.

—Padre y señor —dijo la princesa, y lo abrazó—, que eres el más sabio de los reyes y el mejor de los hombres.

—Ya lo sé, ya lo sé —dijo el rey—. Y ahora déjenme hacer algo por el bien de mi pueblo. ¡Meñique, te hago duque!

—¡Viva mi amo y señor, el duque Meñique! —gritó el gigante, con una voz tan fuerte que los señores de la corte se pusieron azules de miedo, el techo se rompió y saltaron los vidrios de las seis ventanas.

El día de la boda, el gigante estaba tan contento que les ponía su sombrero de tres picos a todos los árboles del camino. Cuando salió el carruaje de los novios, con cuatro caballos tranquilos como palomas, el gigante se lo puso en la cabeza, con caballos y todo, y salió corriendo y gritando de alegría. Lo dejó en la puerta del palacio con mucho cuidado, como una madre deja a su niño en la cuna.

Por la noche hubo discursos y poemas para los novios, lucecitas de colores en el jardín y fuegos artificiales. Todos cantaban, hablaban, comían dulces y bailaban con la música de los violines. Pero en un rincón había uno que no hablaba ni cantaba. Era Pablo, el envidioso, el pálido, el hermano sin orejas. No podía ver feliz a su hermano, y se fue al bosque para no ver ni oír la fiesta. Y en el bosque murió, porque en la noche oscura se lo comieron los osos.

Meñique era tan pequeño que al principio los señores de la corte no sabían si tratarlo con respeto o reírse de él. Pero con su bondad y su cortesía ganó el cariño de su esposa y de toda la corte. Cuando murió el viejo rey, Meñique fue rey, y reinó cincuenta y dos años. Dicen que gobernó tan bien que su pueblo nunca quiso otro rey. Solo era feliz cuando veía contento a su pueblo. Nunca les quitó a los pobres el dinero de su trabajo para dárselo a sus amigos perezosos, como hacen otros reyes. Dicen que nunca hubo un rey tan bueno como Meñique.

Meñique era pequeño, pero sabía mucho, y el saber vale más que la fuerza. Y no hay que decir que era bueno: un hombre tan inteligente tenía que ser bueno. El que es estúpido no es bueno, y el que es bueno no es estúpido. Tener talento es tener buen corazón. Los buenos son los que ganan al final.

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