La Edad de Oro

La muñeca negra: el cumpleaños

Es el cumpleaños de Piedad: toda la casa le prepara una fiesta, y su padre le tiene una sorpresa muy hermosa.

Capítulo 7 Espanhol A2 Básico
Substantivo Substantivo próprio Verbo Verbo auxiliar Adjetivo Advérbio Pronome Determinante Adposição Numeral Conjunção coordenativa Conjunção subordinativa Partícula Interjeição Outro

Por la mañana temprano la despertaron los pájaros del jardín. Un pájaro llamaba y otro respondía, como si la invitaran a volar. En la casa pasaba algo. Los pájaros se ponían así cuando el cocinero entraba y salía de la cocina con el delantal volando y la olla de plata en las dos manos, y toda la casa olía a leche y a vino dulce. Y si no pasaba nada, ¿por qué estaba allí, al pie de la cama, su vestido nuevo color perla, con la cinta lila y las medias de encaje?

Piedad sentó a su muñeca negra en las rodillas.

—Yo te digo, Leonor, que aquí pasa algo. Dímelo tú, Leonor, que ayer estuviste en el cuarto de mamá cuando yo salí a pasear. ¡Mamá mala, que no te dejó venir conmigo! Dice que te puse muy fea con tantos besos, y que no tienes pelo porque te peiné demasiado. La verdad, Leonor, es que no tienes mucho pelo. Pero yo te quiero así, sin pelo. Yo quiero tus ojos, porque con los ojos me dices que me quieres. Te quiero mucho, porque no te quieren. ¡A ver, quieta, que te voy a peinar! Las niñas buenas se peinan en cuanto se levantan. ¡Y ese lazo del zapato no está bien hecho! ¡Y esas uñas no están limpias, Leonor! Oye, oye a los pájaros: parece que tienen un baile. Dime, Leonor, ¿qué pasa en esta casa?

Piedad ya le había hecho una trenza a Leonor, y la otra mitad del pelo estaba todavía despeinada, cuando se le cayó el peine de la mano. Lo que pasaba, ahora lo estaba viendo: por la puerta venía la procesión.

Primero venía la criada, con su delantal de fiesta, y traía el chocolate con crema y unos panes dulces en una cesta de plata. Después venía la madre, con un ramo de flores blancas y azules: ni una flor roja, ni una flor amarilla. Y al final venía la lavandera, con el gorro blanco que el cocinero no quiso ponerse, y con un estandarte que el cocinero hizo con un periódico y un bastón. Debajo de una corona de flores, el estandarte decía: «¡Hoy cumple Piedad ocho años!».

La besaron, le pusieron el vestido color perla y la llevaron, con el estandarte detrás, a la sala de los libros de su padre. El padre tenía la barba rubia muy bien peinada, cada pelo en su lugar. A cada momento se asomaba a la puerta, para ver si venía Piedad. Escribía un poco y se ponía a silbar.

Cuando oyó los pasos y la música, sacó algo de una caja grande y fue a la puerta con una mano en la espalda. Con el otro brazo levantó a su hija. Después contó que en ese momento sintió como si se le abriera una flor en el pecho; pero entonces no dijo nada. De pronto Piedad dio un salto en sus brazos y quiso subirse a su hombro, porque en un espejo había visto lo que el padre tenía en la otra mano.

—¡Tiene el pelo como el sol, mamá, igual que el sol! ¡Ya la vi, ya la vi, tiene el vestido rosado! ¡Dile que me la dé, mamá! ¡Y tiene medias de encaje, como las mías!

El padre se sentó con ella en el sillón y le puso en los brazos la muñeca de porcelana, con su vestido de seda. Piedad salió corriendo, como si buscara a alguien.

—¿Yo me quedo hoy en casa por mi niña —le dijo su padre—, y mi niña me deja solo?

Ella volvió y escondió la cabecita en el pecho de su padre bueno. Y no la levantó en mucho, mucho tiempo, aunque la barba, de verdad, le picaba.

Hubo un paseo por el jardín y un almuerzo debajo de las parras. El padre hablaba mucho y tomaba a cada momento la mano de la madre, y la madre hablaba poco, y todo lo que decía era como música. Piedad le llevó al cocinero una dalia roja y se la puso en el delantal. A la lavandera le hizo una corona de claveles. A la criada le llenó los bolsillos de flores de naranjo y le puso una flor en el pelo. Y después, con mucho cuidado, hizo un ramo de nomeolvides.

—¿Para quién es ese ramo, Piedad? —le preguntaron.

—No sé, no sé para quién es. ¡Quién sabe si es para alguien!

Y lo dejó a la orilla del agua que corría por el jardín, clara como un cristal. Luego le dijo a su madre un secreto al oído: quería ir a su cuarto.

—¡Déjame ir, mamá!

—¡Qué caprichosa! —le dijo la madre—. ¿Y tu muñeca de porcelana? ¿No te gusta? Mírale la cara, que es muy linda. ¿Y no le viste los ojos azules?

Piedad sí se los había visto. Después de comer, tuvo a la muñeca de porcelana sentada en la mesa y la estuvo mirando sin reírse. Luego le enseñó a caminar por el jardín. Le miraba los ojos, y le tocaba el pecho, del lado del corazón.

—¡Pero, señora muñeca, hábleme, hábleme!

Y la muñeca de porcelana no le hablaba.

—¿Así que no te gustó la muñeca que te compré —le preguntó el padre—, con sus medias de encaje, su cara de porcelana y su pelo fino?

—Sí, papá, sí me gustó mucho. Vamos, señora muñeca, vamos a pasear. Usted querrá carruajes, y criados, y dulces de castañas, ¿verdad, señora muñeca? Vamos, vamos a pasear.

Pero en cuanto Piedad estuvo donde nadie la veía, dejó a la muñeca en un tronco, con la cara contra el árbol. Se sentó sola a pensar, con la cara entre las manos. De pronto salió corriendo: tenía miedo de que el agua se hubiera llevado el ramo de nomeolvides.

Por la noche Piedad tenía mucha prisa por irse a la cama.

—¡Llévame pronto, criada!

—Piedad, ¿qué es eso de «criada»? —le dijo la madre—. Tú nunca la llamas así, como para ofenderla.

—No, mamá, no. Es que tengo mucho sueño. ¡Estoy muerta de sueño! La barba de papá me parece una montaña, el pastel me da vueltas y las flores de zanahoria bailan en el aire. ¡Adiós, mamá! Mañana me levanto muy temprano. Tú, papá, despiértame antes de irte al trabajo: yo siempre te quiero ver antes de que te vayas.

Piedad salió de la sala con la criada, que le llevaba la muñeca de porcelana.

—¡Qué prisa tiene la niña! ¿Quién la espera?

—¡Quién sabe quién me espera!

En su cuarto no le pidió a la criada ningún cuento. Le pidió solo un juguete, lo puso a los pies de la cama, le acarició la mano a la criada y cerró los ojos, como si estuviera dormida. La criada encendió la lamparita de noche, salió de puntillas y cerró la puerta con mucho cuidado.

En cuanto se cerró la puerta, brillaron dos ojitos en el borde de la sábana. La cabecita rubia se levantó de repente. Piedad se puso de rodillas en la cama, subió la luz de la lamparita y tomó el juguete que estaba a sus pies: su muñeca negra. La besó, la abrazó, la apretó contra el corazón.

—Ven, pobrecita, ven, que esos malos te dejaron aquí sola. Tú no eres fea, no, aunque tengas una sola trenza. La fea es esa, la que trajeron hoy, la de los ojos que no hablan. Dime, Leonor, ¿pensaste en mí? Mira el ramo que te traje, un ramo de nomeolvides, de los más lindos del jardín. ¡Así, en el pecho! ¡Esta es mi muñeca linda! ¿Y no lloraste? ¡Te dejaron tan sola! ¡No me mires así, que voy a llorar yo! Ven aquí conmigo, a mi almohada, y vas a ver cómo te calientas. ¡Así, bien tapadita! A ver, mi beso antes de dormir. ¡Ahora, la luz baja! ¡Y a dormir, abrazadas las dos! ¡Te quiero, porque no te quieren!

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