La Edad de Oro

Tres héroes: Hidalgo y San Martín

Un viejo cura de un pueblo de México y un soldado callado de Argentina pelean por la libertad de América.

Capítulo 9 Espanhol A2 Básico
Substantivo Substantivo próprio Verbo Verbo auxiliar Adjetivo Advérbio Pronome Determinante Adposição Numeral Conjunção coordenativa Conjunção subordinativa Partícula Interjeição Outro

En México había mujeres y hombres valientes. No eran muchos, pero valían por muchos. Media docena de hombres y una mujer planeaban cómo hacer libre a su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo de una mujer liberal y un cura de pueblo que quería mucho a los indígenas: un cura de sesenta años, el cura Hidalgo.

Desde niño, Hidalgo fue de los que quieren saber. Sabía francés, y en esa época eso tenía mucho mérito, porque pocas personas lo sabían. Leyó los libros de los filósofos del siglo dieciocho, que explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. Vio a los esclavos y se llenó de horror. Vio cómo maltrataban a los indígenas, y se sentó entre ellos como un hermano mayor, para enseñarles cosas que ellos aprendían bien: la música, que consuela; la cría del gusano de seda; la cría de la abeja, que da la miel. Tenía fuego por dentro, y le gustaba construir cosas: hizo hornos para cocer ladrillos. De vez en cuando le brillaban mucho los ojos verdes. Todos decían que el señor cura del pueblo de Dolores hablaba muy bien, que sabía muchas cosas nuevas y que ayudaba mucho a los pobres.

A veces iba a la ciudad de Querétaro a hablar con unos amigos valientes. Pero un traidor le contó a un jefe español que los amigos de Querétaro querían hacer libre a México. Entonces el cura subió a su caballo y salió con todo su pueblo, que lo quería como a su propio corazón. Se le unieron los vaqueros y los trabajadores de las haciendas, que iban a caballo; los indígenas iban a pie, con palos y flechas, con hondas y lanzas. Entró triunfante en Celaya, con música y gritos de alegría. Al día siguiente lo nombraron general, y un pueblo empezó a nacer.

Hidalgo hizo lanzas y granadas. Dio discursos que daban calor y echaban chispas, como decía un vaquero de las haciendas. Declaró libres a los esclavos. Les devolvió sus tierras a los indígenas. Publicó un periódico. Ganó batallas y perdió batallas. Un día se le unían siete mil indígenas con flechas, y al otro día lo dejaban solo. Había hombres malos que querían ir con él solo para robar en los pueblos y vengarse de los españoles. Pero Hidalgo les mandaba decir a los jefes españoles que, si los vencía en la batalla, los iba a recibir en su casa como amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser generoso, sin miedo a perder a sus soldados, que querían que fuera cruel. Su compañero Allende tuvo celos de él, e Hidalgo le dio el mando a Allende.

Después de una derrota, los dos iban juntos buscando un lugar seguro, cuando los españoles los atraparon. A Hidalgo lo fusilaron, y pusieron su cabeza en una jaula, en la Alhóndiga de Granaditas. Pero México es libre.

San Martín fue el libertador del Sur, el padre de Argentina y el padre de Chile. Sus padres eran españoles, y lo mandaron a España para que fuera soldado del rey. Cuando Napoleón entró en España con su ejército para quitarles la libertad a los españoles, todos los españoles pelearon contra él: los viejos, las mujeres, los niños. Una noche, un niño valiente de Cataluña hizo huir a un grupo de soldados: les disparó tiros y más tiros desde un rincón del monte. Después encontraron al niño muerto, muerto de hambre y de frío. Pero tenía en la cara como una luz, y sonreía, como si estuviera contento. San Martín peleó muy bien en España, y lo hicieron teniente coronel.

Hablaba poco. Parecía de acero, miraba como un águila, y nadie lo desobedecía. Su caballo iba y venía por el campo de batalla como un rayo por el cielo. En cuanto supo que América peleaba para ser libre, vino a América. ¿Qué le importaba perder su carrera, si iba a cumplir con su deber? Llegó a Buenos Aires. No dio discursos: formó un grupo de soldados a caballo. Su primera batalla fue en San Lorenzo. Con el sable en la mano, San Martín atacó a los españoles, que llegaron muy seguros, tocando el tambor; y los españoles se quedaron sin tambor, sin cañones y sin bandera.

En otros lugares de América los españoles iban ganando. Bolívar tuvo que salir de Venezuela, e Hidalgo estaba muerto. Pero donde estaba San Martín, América seguía libre. Hay hombres así, que no soportan la esclavitud. San Martín no la soportaba, y se fue a liberar a Chile y a Perú.

En dieciocho días cruzó con su ejército los Andes, altísimos y fríos. Los hombres iban como por el cielo, con hambre y con sed. Abajo, muy abajo, los árboles parecían hierba, y los ríos rugían como leones. Al otro lado, San Martín encontró al ejército español y lo derrotó en la batalla de Chacabuco, y después, para siempre, en la batalla de Maipú. Liberó a Chile. Luego subió con sus soldados a los barcos y fue a liberar a Perú. Pero en Perú estaba Bolívar, y San Martín le dejó la gloria.

Se fue a Europa, triste, y murió en los brazos de su hija Mercedes. Había escrito su testamento en una pequeña hoja de papel, corto como el informe de una batalla. Le habían regalado la vieja bandera del conquistador Pizarro, y en el testamento le regaló esa bandera a Perú.

Un escultor es admirable, porque saca una figura de la piedra. Pero estos hombres que hacen pueblos son como más que hombres. Algunas veces quisieron lo que no debían querer; pero ¿qué no le perdona un hijo a su padre? El corazón se llena de ternura cuando pensamos en estos grandes fundadores. Esos son héroes: los que pelean para hacer libres a los pueblos, o los que sufren en la pobreza y la desgracia por defender una gran verdad. Los que pelean por ambición, para hacer esclavos a otros pueblos, para mandar más, para quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales.

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