Leyendas

Los ojos verdes

En una cacería en el Moncayo, el joven Fernando sigue a un ciervo herido hasta una fuente que todos temen, y desde ese día ya no es el mismo.

Capítulo 2 Espanhol B1 Intermediário
Substantivo Substantivo próprio Verbo Verbo auxiliar Adjetivo Advérbio Pronome Determinante Adposição Numeral Conjunção coordenativa Conjunção subordinativa Partícula Interjeição Outro

Hace mucho tiempo que tengo ganas de escribir algo con este título. Hoy, por fin, lo escribí con letras grandes en la primera hoja de papel y luego dejé volar la pluma.

Creo que vi unos ojos como los que pinto en esta leyenda. No sé si en sueños, pero los vi. Seguramente no podré describirlos como eran: luminosos, transparentes como las gotas de lluvia que caen de las hojas después de una tormenta de verano.

—¡El ciervo va herido, no hay duda! Se ve la sangre entre las zarzas... En cuarenta años de montero no he visto un golpe mejor. Pero, ¡por San Saturio, patrón de Soria!, córtenle el paso por esas encinas, suelten los perros, toquen las trompas con todas sus fuerzas. ¿No ven que va hacia la fuente de los Álamos? Si llega allí antes de morir, lo podemos dar por perdido.

En los valles del Moncayo, el eco repitió el sonido de las trompas y los ladridos de los perros. Hombres, caballos y perros corrieron hacia el lugar que señaló Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, para cortarle el paso al animal.

Pero todo fue inútil. Cuando el perro más rápido llegó a las encinas, el ciervo ya las había saltado de un solo brinco, rápido como una flecha, y había desaparecido por un camino estrecho que llevaba a la fuente.

—¡Alto! ¡Alto todos! —gritó entonces Iñigo—. Dios quería que se escapara.

Los caballos se detuvieron, las trompas callaron y los perros dejaron la pista. En ese momento llegó el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el hijo mayor de los marqueses de Almenar.

—¿Qué haces? —le gritó a su montero, con los ojos llenos de rabia—. ¿Qué haces, imbécil? ¿No ves que el animal está herido, que es el primero que cae por mi mano? ¿Y lo dejas ir a morir en el fondo del bosque? ¿Crees que vine a cazar ciervos para darles de comer a los lobos?

—Señor —murmuró Iñigo—, es imposible pasar de aquí.

—¡Imposible! ¿Y por qué?

—Porque ese camino lleva a la fuente de los Álamos, y en el agua de esa fuente vive un espíritu del mal. El que se atreve a enturbiar su agua lo paga caro. ¿Cómo va a ir usted a buscar el ciervo sin atraer sobre su cabeza alguna desgracia horrible? Los cazadores somos los reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Animal que se refugia en esa fuente, animal perdido.

—¡Animal perdido! Antes pierdo las tierras de mis padres, antes pierdo el alma en manos de Satanás, que dejar escapar ese ciervo, el primero que hirió mi lanza... ¿Lo ves? Todavía se ve desde aquí... Le fallan las piernas. ¡Suelta esa rienda o te tiro al suelo! A lo mejor lo alcanzo antes de que llegue a la fuente. Y si llega, ¡al diablo la fuente, su agua y sus habitantes! ¡Vamos, Relámpago! ¡Vamos, caballo mío!

Caballo y jinete salieron como un huracán.

Iñigo los siguió con la mirada hasta que desaparecieron entre los arbustos. Luego miró a su alrededor: todos, como él, estaban inmóviles y asustados.

—Señores, ustedes lo vieron —dijo por fin el montero—: casi muero bajo las patas de su caballo para detenerlo. Yo cumplí con mi deber. Contra el diablo no sirve el valor. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí en adelante, que pase el capellán con su agua bendita.

Desde aquel día Fernando no era el mismo. Una noche estaba sentado en el castillo, perdido en sus ideas, y con su cuchillo de caza sacaba astillas de su banco sin darse cuenta. Iñigo le habló:

—Está usted pálido, triste, sombrío. ¿Qué le pasa? Desde que llegó a la fuente de los Álamos detrás del ciervo herido, parece que una bruja lo hechizó. Ya no va al monte con los perros, ni se oyen sus trompas. Todas las mañanas toma la ballesta, se mete solo en el bosque y no vuelve hasta que se esconde el sol. Y cuando vuelve al castillo, pálido y cansado, nunca trae caza. ¿Qué hace tantas horas lejos de los que más lo quieren?

Después de un largo silencio, el joven le habló como si no hubiera escuchado una sola palabra:

—Iñigo, tú eres viejo y conoces todos los rincones del Moncayo. Dime: ¿alguna vez encontraste a una mujer que vive entre sus rocas?

—¡Una mujer! —exclamó el montero, y lo miró fijamente, sorprendido.

—Sí —dijo el joven—. Me pasa algo extraño, muy extraño... Creí que podría guardar este secreto para siempre, pero ya no puedo. Tú me ayudarás a descubrir el misterio de esa mujer. Parece que existe solo para mí, porque nadie la conoce, nadie la ha visto, nadie sabe nada de ella.

El montero, sin decir nada, acercó su banquito al de su señor, y no le quitaba de encima los ojos asustados. Fernando siguió así:

—Desde el día en que llegué a la fuente de los Álamos, crucé su agua y recuperé el ciervo, mi alma se llenó de un deseo de soledad. Tú no conoces aquel lugar. El agua nace escondida en una roca, cae gota a gota entre las hojas verdes, brilla como el oro, suena como la música, y corre, unas veces riendo, otras suspirando, hasta un lago profundo y quieto. Cuando por la mañana me veías tomar la ballesta e ir al monte, nunca era para cazar, no. Iba a sentarme junto a la fuente, a buscar en el agua... no sé qué. ¡Una locura! El día en que salté sobre ella con mi Relámpago, me pareció ver brillar en el fondo algo extraño, muy extraño: unos ojos de mujer. Tal vez era un rayo de sol en la espuma, tal vez una flor entre las algas... No sé. Yo creí ver una mirada que se clavó en la mía, y desde entonces tengo un deseo absurdo, imposible: encontrar a una persona con unos ojos como aquellos. Por eso iba un día y otro a aquel lugar. Por fin, una tarde... creí que era un sueño, pero no, es verdad, ya hablé con ella muchas veces, como hablo contigo ahora... una tarde encontré sentada en mi lugar a una mujer hermosísima. Su pelo era como el oro, y entre sus pestañas se movían, inquietos, unos ojos que yo ya conocía... sí, porque eran los ojos que yo llevaba clavados en la mente, unos ojos de un color imposible, unos ojos...

—¡Verdes! —gritó Iñigo con terror, y se levantó de un salto.

Fernando lo miró, sorprendido de que terminara su frase, y le preguntó, nervioso y alegre a la vez:

—¿La conoces?

—¡Oh, no! —dijo el montero—. ¡Dios me libre de conocerla! Pero mis padres me dijeron mil veces que el espíritu, demonio o mujer que vive en esa agua tiene los ojos de ese color. Por lo que usted más quiera en la tierra, se lo pido: no vuelva a la fuente de los Álamos. Un día u otro lo alcanzará su venganza, y pagará con la muerte el delito de haber enturbiado su agua.

—¡Por lo que más quiero! —murmuró el joven con una sonrisa triste—. ¿Sabes tú lo que más quiero en este mundo? ¿Sabes por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de mi madre y todo el cariño de todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos... ¿Cómo voy a dejar de buscarlos?

Una lágrima cayó en silencio por la mejilla del viejo montero, que dijo con voz sombría:

—¡Que se cumpla la voluntad del cielo!

El sol ya había pasado detrás de la cumbre del monte, el viento gemía entre los álamos de la fuente y la niebla empezaba a subir del lago y a envolver las rocas de la orilla. Sobre una de esas rocas, una que parecía a punto de caer al agua, Fernando estaba de rodillas a los pies de su misteriosa amada, y le preguntaba en vano por su secreto:

—¿Quién eres? ¿De dónde eres? ¿Dónde vives? Vengo a buscarte un día y otro, y nunca veo el caballo que te trae ni a los criados que te acompañan. Te amo y, seas noble o campesina, seré tuyo, tuyo para siempre...

Ella era hermosa, hermosa y pálida como una estatua de alabastro, y entre sus pestañas rubias brillaban sus ojos como dos esmeraldas en una joya de oro. Movió los labios como para decir algo, pero solo salió de ellos un suspiro débil y triste, como el de una ola pequeña que muere entre los juncos.

—¡No me respondes! —exclamó Fernando—. ¿Quieres que crea lo que me dijeron de ti? ¡Oh, no! Háblame. Quiero saber si me amas, quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer...

—O un demonio... ¿Y si lo fuera?

El joven dudó un instante; un sudor frío le corrió por el cuerpo. Pero, fascinado por el brillo de aquellos ojos, casi loco, gritó con pasión:

—Si lo fueras... te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más allá.

—Fernando —dijo entonces la hermosa, con una voz que parecía música—, yo te amo todavía más que tú a mí. Yo no soy una mujer como las que existen en la tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los demás hombres. Vivo en el fondo de esta agua; sin cuerpo como ella, ligera y transparente, hablo con su murmullo y me muevo con sus ondas. Yo no castigo al que se atreve a enturbiar la fuente donde vivo; al contrario, lo premio con mi amor, porque es superior a las supersticiones de la gente.

Mientras ella hablaba, el joven, perdido en su belleza fantástica, atraído como por una fuerza desconocida, se acercaba cada vez más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes siguió:

—¿Ves el fondo claro de ese lago? ¿Ves esas plantas de hojas largas y verdes que se mueven allí abajo? Ellas nos darán una cama de esmeraldas y corales... y yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que soñaste y que nadie más te puede dar... Ven, la niebla del lago flota sobre nuestras cabezas, el agua nos llama con sus voces misteriosas, el viento canta entre los álamos sus canciones de amor... Ven... ven...

La noche empezaba a caer, la luna se reflejaba en el lago, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como esas pequeñas luces que corren de noche sobre el agua de los pantanos... «Ven... ven...». Estas palabras sonaban en los oídos de Fernando como un hechizo. «Ven...», y la mujer misteriosa lo llamaba desde el borde del abismo, y parecía ofrecerle un beso... un beso...

Fernando dio un paso hacia ella... otro... y sintió unos brazos delgados y suaves que se cerraban alrededor de su cuello, y una sensación fría en sus labios ardientes, un beso de nieve... y dudó... y perdió pie, y cayó al agua con un ruido sordo y triste.

El agua saltó en chispas de luz y se cerró sobre su cuerpo, y sus círculos de plata se fueron ensanchando, ensanchando, hasta morir en las orillas.

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