Buby y Ratón Pérez corren otra vez por los túneles. Pero ahora no van solos. Delante va un grupo de ratones soldados, grandes y fuertes. Cada uno lleva una aguja como bayoneta, y las agujas brillan a veces en la oscuridad. Detrás va otro grupo de soldados, también con sus agujas.
Buby los mira y se pone un poco nervioso. ¿Por qué tantos soldados?
—Sin ellos no lo llevo a usted, Majestad —le explica Ratón Pérez—. Usted es el rey, y viene conmigo. Es una responsabilidad muy grande.
De pronto, los soldados de delante desaparecen por un agujero estrecho. Por el agujero sale un poco de luz.
Es el momento del peligro. Ratón Pérez mueve despacio la punta de la cola. Saca la nariz por el agujero, muy poco a poco. Mira un segundo. Da dos pasos atrás. Avanza otra vez, despacio... Y de pronto toma a Buby de la mano y salta por el agujero. ¡Corre como una flecha! Cruza una cocina grande y entra en otro agujero, detrás del fogón.
Todo pasa en un segundo, pero Buby lo ve todo.
Al lado del fuego, en el lugar más caliente de la cocina, duerme don Gaiferos. Es un gato enorme. Cuando respira, sus bigotes suben y bajan, suben y bajan, muy despacio.
Los ratones soldados están entre el gato y los dos agujeros. No se mueven y no hacen ruido, pero están listos, con sus agujas. Así protegen el camino del rey.
En una silla duerme una mujer vieja. Tiene su tejido en las piernas, a medio hacer.
¡Qué miedo! El corazón de Buby late muy fuerte.
Pero ahora Buby y Ratón Pérez ya están en el otro agujero, detrás del fogón, y el gato sigue dormido. El peligro terminó.