Don Quijote
Kapitola 23

El tesoro perdido y el hombre salvaje de la montaña

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Después de la terrible pelea, Sancho miró a su amo y le dijo:

Señor, se lo advertí. Ahora la Santa Hermandad (la policía de la época) nos va a buscar. Tenemos que escondernos rápido en la Sierra Morena.

Eres un cobarde, Sanchorespondió don Quijote—. Voy a aceptar tu consejo y me voy a esconder, pero con una condición: nunca debes decirle a nadie que hui por miedo. Solo lo hago porque me lo pides.

Entraron en las montañas de la Sierra Morena. Sancho iba muy contento porque comía los restos de comida montado en su asno. A él no le importaban las grandes aventuras de los caballeros andantes (héroes que viajan buscando aventuras). Solo quería llenar su estómago.

De pronto, don Quijote vio un bulto en el suelo. Era un cojín viejo y una pequeña maleta medio rota. Sancho se bajó rápidamente del burro para abrirla. Adentro encontró camisas de tela muy fina, un cuaderno pequeño y, lo más importante, ¡un montón de monedas de oro!

Al ver el oro, Sancho gritó de alegría:

—¡Bendito sea el cielo por darnos al fin una aventura de provecho!

Sancho guardó el dinero en su bolsa. Pensó que todos los golpes, la falta de comida y el sufrimiento del viaje valían la pena por ese gran premio.

Don Quijote tomó el cuaderno y empezó a leer. Había un poema triste y una carta de amor.

El dueño de esta maleta debe ser un hombre nobledijo don Quijote—. La carta dice que su amada lo rechazó por un hombre más rico. Pobre hombre, tiene el corazón roto.

Mientras hablaban, don Quijote miró hacia arriba y vio a un hombre extraño saltando entre las rocas de la montaña. Iba casi desnudo, tenía la barba larga y la ropa rota, pero saltaba con mucha agilidad.

—¡Ese debe ser el dueño de la maleta! —exclamó don Quijote—. Sancho, baja de tu asno. Tenemos que buscar a ese hombre por toda la montaña.

—¡No, señor, mejor no lo buscamos! —respondió el escudero (ayudante del caballero)—. Si lo encontramos, tendré que devolverle las monedas de oro. Es mejor quedarnos callados y gastar el dinero.

Te equivocas, Sancho. Como ya sospechamos de quién es el oro, es nuestra obligación moral buscarlo y devolver el tesoro.

Siguieron caminando y encontraron una mula muerta. En ese momento, escucharon el silbido de un pastor de cabras. El hombre mayor bajó de la montaña y se acercó a ellos.

Don Quijote le preguntó si sabía de quién era la maleta y la mula.

El pastor les contó una historia sorprendente:

Hace unos seis meses, llegó aquí un joven muy guapo y bien vestido. Montaba esa mula y traía esa misma maleta. Nos preguntó cuál era la parte más salvaje y escondida de la montaña, y se fue hacia allá. No lo vimos por muchos días, hasta que de repente atacó a uno de nuestros pastores y le robó la comida con mucha violencia.

—¿Por qué hizo eso? —preguntó don Quijote.

Porque sufre ataques de locuraexplicó el pastor—. Cuando está tranquilo, es un joven muy educado, llora mucho y nos pide comida por favor. Pero cuando se vuelve loco, ataca a todos y grita contra un hombre llamado Fernando, diciendo que es un traidor. Ayer, mis amigos y yo decidimos buscarlo para llevarlo a un pueblo cercano e intentar curar su enfermedad.

Don Quijote quedó fascinado con la historia. Quería saber quién era ese hombre misterioso y ayudarlo.

De repente, por un camino entre las rocas, apareció el joven loco. Llevaba la ropa destrozada y hablaba solo. Cuando llegó cerca de ellos, saludó con mucha cortesía y educación.

Don Quijote bajó de su rocín (caballo viejo) y, sin decir una palabra, lo abrazó fuertemente durante mucho tiempo, como si fueran viejos amigos. El hombre salvaje también miró a don Quijote con mucha sorpresa, admirando su extraña armadura. Los dos se miraron en silencio, listos para contarse sus tristes historias.

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