Don Quijote y Sancho entraron en la parte más salvaje de la montaña. Sancho estaba muy aburrido y enfadado porque su amo le había prohibido hablar. Finalmente, no pudo resistir más el silencio.
—Señor don Quijote, deme permiso para hablar o me vuelvo a mi casa con mi mujer y mis hijos. Caminar por estas montañas, de día y de noche, con la boca cerrada, es como estar enterrado en vida. Además, ¿qué necesidad tenía usted de defender a una reina de los libros y pelear con ese loco en el bosque? ¡Nos dio una paliza por nada!
—Puedes hablar, Sancho —dijo don Quijote—. Pero debes saber que un caballero andante (héroe que busca aventuras) tiene la obligación de defender la honra de todas las mujeres, sean reales o de los libros.
—Está bien, señor —dijo Sancho—. Pero, ¿por qué andamos perdidos por aquí sin camino?
—Porque en este lugar voy a hacer una de mis mayores hazañas —explicó don Quijote—. Voy a imitar a los grandes caballeros del pasado. Me voy a volver loco de amor. Lloraré, gritaré, me daré golpes contra las rocas y haré locuras por mi señora Dulcinea del Toboso. Tú irás a su pueblo a darle una carta y le contarás mi sufrimiento.
Sancho lo miró muy confundido.
—Pero, señor —preguntó Sancho—, los caballeros que se volvieron locos tenían una razón. Su dama los había rechazado o engañado. Pero usted no tiene ninguna razón. Dulcinea no le ha hecho nada malo.
—¡Ese es el punto, Sancho! —respondió don Quijote con mucho orgullo—. Volverse loco con una razón es muy fácil y normal. El verdadero mérito está en volverse loco sin ningún motivo.
Don Quijote sacó el pequeño cuaderno que habían encontrado en la maleta de Cardenio para escribir la carta de amor. También escribió un papel prometiendo regalarle a Sancho tres de sus asnos (burros) que tenía en su casa, ya que a Sancho le habían robado el suyo.
—Firme la carta de amor, señor —dijo Sancho.
—Pondré: "Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura" —dijo don Quijote—. No importa que vaya con otra letra, porque Dulcinea no sabe leer ni escribir. En los doce años que llevo enamorado de ella, la he visto muy pocas veces. Sus padres, Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales, la cuidan mucho.
Al escuchar esos nombres, Sancho abrió los ojos con gran sorpresa.
—¡Un momento! —gritó Sancho—. ¿La hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea del Toboso? ¿Su verdadero nombre es Aldonza Lorenzo?
—Así es —dijo don Quijote—, y merece ser la reina de todo el universo.
Sancho empezó a reír a carcajadas.
—¡Yo la conozco muy bien! —dijo el escudero (sirviente y ayudante del caballero)—. ¡Es una campesina fuerte, alta y con pelo en el pecho! Tiene una voz tan potente que puede gritar desde la iglesia y se la escucha a kilómetros. No es una princesa delicada, señor. ¡Es una mujer ruda que trabaja en el campo bajo el sol y hace bromas pesadas con todos los hombres! Pero si los prisioneros o los gigantes que usted vence van a visitarla, la encontrarán lavando ropa o trabajando la tierra, y se reirán de ella.
Don Quijote no se enfadó. Mantuvo su tono serio y formal.
—Sancho, tú eres muy ignorante. No me importa si trabaja en el campo o si es una simple campesina. Para mí, ella es la princesa más hermosa, pura y perfecta de la tierra. Yo la pinto en mi imaginación exactamente como yo quiero que sea, y eso es suficiente para amarla.
—Usted tiene razón y yo soy un burro —dijo Sancho—. Deme la carta. Voy a preparar a nuestro rocín (caballo de poco valor) para mi viaje hacia el pueblo del Toboso.
Don Quijote le entregó el cuaderno con las notas.
—Sancho, antes de irte, quiero que me veas sin ropa haciendo un par de locuras. Así podrás jurar ante mi amada que de verdad estoy loco y sufriendo por ella.
—Por amor de Dios, señor —dijo Sancho, muy asustado—. No quiero verlo desnudo, me dará mucha pena y empezaré a llorar. Mejor me voy ya. Prometo ir cortando ramas de los árboles por el camino para no perderme cuando tenga que volver a buscarlo.
Pero don Quijote insistió. Rápidamente, se quitó los pantalones y se quedó en ropa interior. Sin esperar más, dio dos saltos mortales en el aire, con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba, mostrando partes de su cuerpo que Sancho no quería ver.
Sancho, horrorizado, giró rápidamente su caballo y comenzó su viaje. Se fue completamente contento y satisfecho, porque ahora sí podía jurar por su vida que su amo estaba totalmente loco.