Todos los presentes disfrutaron mucho del cuento. Don Quijote, siempre dispuesto a ayudar, se levantó y le dijo al pastor:
—Hermano cabrero, si yo no estuviera ocupado, iría ahora mismo a rescatar a la hermosa Leandra. La sacaría del monasterio y se la entregaría a usted, como es mi deber de caballero andante (héroe que busca aventuras y ayuda a los débiles).
El cabrero miró la extraña figura de don Quijote y le preguntó al cura:
—Señor, ¿quién es este hombre que habla de una manera tan rara? Yo creo que está loco y que tiene la cabeza vacía.
Don Quijote, al escuchar este insulto, se enfadó muchísimo. Agarró un trozo de pan duro que estaba en la mesa y se lo tiró a la cara al pastor con tanta fuerza que le hizo sangrar la nariz. El cabrero, muy furioso, saltó sobre don Quijote y lo agarró por el cuello. Sancho Panza corrió a defender a su amo y tiró al cabrero sobre la mesa, rompiendo los platos y las tazas. Mientras el cura y el barbero se morían de risa, don Quijote y el pastor continuaron su pelea en el suelo, con las caras llenas de sangre.
De repente, el sonido triste de una trompeta interrumpió la pelea. Todos miraron hacia el camino y vieron bajar a un grupo de hombres vestidos de blanco. Era una procesión (desfile religioso) de campesinos que rezaban para que lloviera, y llevaban una imagen de la Virgen María cubierta con ropa negra.
Don Quijote, olvidando sus golpes, imaginó que era una nueva aventura. Pensó que esos hombres eran delincuentes y que la imagen era una princesa secuestrada. Rápidamente, subió a su rocín (caballo viejo y de poco valor), tomó su espada y gritó:
—¡Paren ahora mismo, criminales! ¡Dejen libre a esa noble señora que llevan contra su voluntad!
Los hombres de la procesión pensaron que don Quijote era un loco y empezaron a reír. Esa risa fue como fuego para la rabia de don Quijote, que atacó al grupo con su espada. Uno de los hombres se defendió con un bastón de madera grande. El bastón se rompió, pero un trozo golpeó con muchísima fuerza el hombro de don Quijote. El pobre caballero cayó al suelo, gravemente herido y sin moverse.
Sancho Panza corrió hacia él llorando a gritos. Se tiró sobre el cuerpo de su amo pensando que estaba muerto.
—¡Oh, el mejor y más valiente de los hombres! —lloraba Sancho—. ¡Qué desgracia para el mundo y para mí, que ahora me quedo sin mi prometida isla!
Con los gritos de Sancho, don Quijote despertó. Con una voz muy débil, dijo:
—Sancho, amigo, ayúdame a subir al carro. No puedo montar a caballo porque tengo el hombro destruido. Volvamos a nuestro pueblo a descansar.
Pusieron a don Quijote sobre un montón de hierba seca en el carro tirado por bueyes. Después de seis días de viaje, llegaron a su pueblo un domingo por la tarde. Todo el mundo estaba en la plaza. Cuando los vecinos vieron a don Quijote tan flaco, amarillo y golpeado, se quedaron sorprendidos.
El ama y la sobrina de don Quijote empezaron a llorar y a maldecir de nuevo a los malditos libros de caballerías que habían destruido la mente de su tío. Por otro lado, la mujer de Sancho, llamada Juana Panza, corrió a recibir a su marido.
—Dime, marido —preguntó Juana—, ¿qué regalos me traes después de tanto tiempo? ¿Traes vestidos nuevos para mí o zapatos para tus hijos?
—No traigo ropa, mujer —respondió Sancho—, pero traigo cosas mucho más importantes. Muy pronto seré gobernador de una ínsula (isla o territorio para gobernar), la mejor del mundo.
—No entiendo qué es eso de ínsulas, Sancho, pero me alegra que estés vivo —dijo Juana, abrazándolo.
Mientras tanto, en la casa, el cura, el ama y la sobrina acostaron a don Quijote en su cama. Las mujeres estaban muy preocupadas, temiendo que su tío volviera a escapar en cuanto recuperara la salud.
Y así termina la primera parte de esta historia. El autor de este libro cuenta que es un misterio lo que ocurrió en la tercera salida de don Quijote. Solo se sabe que, años más tarde, un médico encontró una antigua caja de plomo enterrada. Dentro de la caja había unos viejos documentos con poemas que celebraban la belleza de Dulcinea, la lealtad de Sancho, la paciencia de Rocinante y la valentía del gran don Quijote de la Mancha.