Don Quijote
Kapitola 5

Donde continúa la desgracia de nuestro caballero

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Como no podía moverse, don Quijote decidió usar su remedio habitual: pensar en las historias de sus libros. Empezó a rodar por el suelo, lleno de dolor, y a recitar en voz alta la historia de un caballero herido en el bosque. Gritaba:

— ¡Oh, noble marqués de Mantua, mi tío y señor! ¿Dónde estás que no vienes a ayudarme?

Por suerte, en ese momento pasó por allí un campesino de su mismo pueblo. Era su vecino, Pedro Alonso, y volvía de llevar trigo al molino. Al ver a aquel hombre tirado en el suelo, se acercó y le preguntó quién era y por qué se quejaba tanto.

Don Quijote creyó que el humilde campesino era el marqués de Mantua, su tío de los libros, y siguió recitando su historia sin responder a las preguntas.

El vecino, muy sorprendido al escuchar aquellas locuras, le quitó el casco, que estaba roto por los golpes, y le limpió la cara llena de polvo. Al hacerlo, lo reconoció.

— ¡Señor Quijana! —le dijo, porque ese era el verdadero apellido de don Quijote antes de volverse loco—. ¿Quién le ha dejado en este estado tan terrible?

Pero don Quijote solo respondía con más frases de sus libros. El buen vecino le quitó la armadura para ver si tenía alguna herida, pero no vio sangre ni ninguna marca grave. Con mucho esfuerzo, lo levantó del suelo y lo subió sobre su propio burro, porque le pareció un animal más tranquilo para viajar que el caballo. Luego recogió las armas rotas, las ató sobre Rocinante, y comenzó a caminar hacia el pueblo.

En el camino, don Quijote suspiraba de dolor y de pronto empezó a creer que era otro personaje diferente, un prisionero de guerra. Le decía a su vecino cosas tan extrañas que el pobre hombre se dio cuenta definitivamente de que don Quijote estaba loco.

Mire, señorle dijo el vecino, cansado de escucharle—. Yo no soy ningún marqués ni ningún héroe. Soy Pedro Alonso, su vecino. Y usted no es un prisionero de guerra, sino el honrado señor Quijana.

— ¡Yo quién soy! —respondió don Quijote enfadado—. Y que puedo ser todos los héroes del mundo juntos, porque mis hazañas son mucho mejores que las suyas.

Llegaron al pueblo cuando ya era de noche. El campesino esperó en la oscuridad un rato para que nadie viera al pobre hidalgo en ese estado. Cuando por fin llegaron a la casa de don Quijote, encontraron a todos muy alterados y preocupados. Allí estaban el cura (el sacerdote) y el barbero del pueblo, que eran los mejores amigos de don Quijote, junto con su ama de llaves y su sobrina.

El ama de llaves lloraba y gritaba:

— ¡Ay, señor cura! Hace tres días que mi señor desapareció, junto con su caballo, su lanza y su escudo. ¡Esos malditos libros de caballerías le han vuelto loco! Muchas veces le escuché decir que quería ser un caballero andante e ir por el mundo buscando aventuras. ¡El diablo se lleve esos libros que han destruido a la mente más inteligente de toda La Mancha!

La sobrina añadió:

Es verdad, señor barbero. A veces mi tío leía esos libros horribles durante dos días y dos noches seguidas. Luego sacaba su espada y empezaba a golpear las paredes luchando contra gigantes invisibles. Decía que el sudor de su cara era sangre de las batallas. ¡La culpa es mía por no avisarles antes para quemar todos esos libros!

Mañana mismo haremos un fuego en la calle y los quemaremos todosdijo el cura con mucha seguridad.

El campesino y don Quijote escucharon todo esto desde la puerta. El vecino llamó y todos salieron corriendo. Al reconocer a don Quijote, intentaron abrazarle.

No me toquéisdijo don Quijote, que todavía no podía bajar del burro—. Vengo muy mal herido por culpa de mi caballo. Llevadme a mi cama y llamad a una maga famosa para que me cure las heridas.

— ¡Malditos sean los libros de caballerías cien veces más! —dijo el ama de llaves, ayudándole a entrar—. No necesitamos magas, nosotros le curaremos aquí.

Lo llevaron a la cama y le buscaron las heridas, pero no encontraron ninguna. Don Quijote les explicó que le dolía todo el cuerpo porque había caído de su caballo Rocinante mientras luchaba contra diez gigantes enormes y peligrosos.

— ¿Gigantes? —dijo el cura, sorprendido—. Mañana quemaré esos libros antes de que llegue la noche.

Le hicieron mil preguntas a don Quijote, pero él no quiso responder a ninguna. Solo pidió que le dieran de comer y que le dejaran dormir, porque era lo que más necesitaba.

Mientras don Quijote dormía, el cura le preguntó al vecino cómo lo había encontrado. El campesino se lo contó todo y le repitió las locuras que el hidalgo decía. Al escuchar esto, el cura y el barbero decidieron exactamente lo que iban a hacer al día siguiente en la biblioteca de su amigo.

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