Legenden

Maese Pérez el organista

Meister Pérez, der Organist

In Sevilla erzählt an Heiligabend eine äußerst gesprächige Nachbarin, wer Meister Pérez ist: der blinde Organist des Klosters Santa Inés, dessen Musik bei der Christmette die ganze Stadt zu Tränen rührt.

Kapitel 3 Spanisch B1 Mittelstufe
Nomen Eigenname Verb Hilfsverb Adjektiv Adverb Pronomen Determinativ Adposition Zahlwort Nebenordnende Konjunktion Unterordnende Konjunktion Partikel Interjektion Sonstiges

Esta tradición la oí en Sevilla, en el atrio del convento de Santa Inés, mientras esperaba que empezara la Misa del Gallo. Me la contó una mujer que servía a las monjas del convento.

Después de oírla, esperé impaciente la ceremonia, con ganas de ver un milagro. Pero aquella noche no hubo nada menos milagroso que el órgano de Santa Inés, ni nada más aburrido que la música de su organista.

Al salir de la misa, le dije a la mujer, en tono de burla:

—¿Por qué suena ahora tan mal el órgano de maese Pérez?

—¡Pues porque ese no es el suyo! —me contestó la vieja.

—¿No es el suyo? ¿Y qué pasó con él?

—Se cayó en pedazos, de puro viejo, hace muchos años.

—¿Y el alma del organista?

—No ha vuelto a aparecer desde que pusieron el nuevo.

Si alguno de mis lectores quiere hacerme la misma pregunta después de leer esta historia, ya sabe por qué el milagro no ha continuado hasta nuestros días.

—¿Ve usted a ese de la capa roja y la pluma blanca en el sombrero, que parece llevar encima todo el oro de las Indias? Es el marqués de Moscoso. Dicen que quería casarse con la hija de un señor muy rico, pero el padre de la muchacha, que según dicen es un poco avaro... Pero ¡mire! Hablando del rey de Roma, por la puerta se asoma. ¿Ve a aquel que viene a pie, envuelto en una capa oscura, con un solo criado y una linterna? Pues ese es el padre. Cualquiera diría que es un tendero, y tiene más monedas de oro que soldados nuestro señor el rey.

Así hablaba una buena mujer del barrio con su vecina, que acababa de llegar a vivir allí, mientras los nobles de Sevilla llenaban el atrio. Cuando llegó el arzobispo en su litera, rodeado de antorchas, la mujer siguió:

—Vamos, vecina, vamos a la iglesia antes de que se llene, porque en noches como esta no cabe ni un grano de trigo. ¡Qué suerte tienen las monjas con su organista! Los otros conventos le han hecho a maese Pérez ofertas magníficas, y hasta el señor arzobispo le ha ofrecido montañas de oro para llevarlo a la catedral; pero él, nada. Antes dejaría la vida que su órgano... ¿No conoce a maese Pérez? Es verdad que usted es nueva en el barrio. Pues es un santo: pobre, sí, pero da limosna como nadie. No tiene más familia que su hija ni más amigo que su órgano. ¡Y mire que el órgano es viejo! Pero él lo cuida tan bien que suena de maravilla, y lo arregla a ciegas... porque no sé si se lo dije, pero el pobre señor es ciego de nacimiento. ¡Y con qué paciencia lleva su desgracia! Cuando le preguntan cuánto daría por ver, contesta: «Mucho, pero no tanto como creen, porque tengo esperanzas». «¿Esperanzas de ver?». «Sí, y muy pronto», dice, sonriendo como un ángel. «Ya tengo setenta y seis años; por larga que sea mi vida, pronto veré a Dios».

La mujer suspiró y siguió hablando:

—¡Pobrecito! Y sí lo verá, porque es humilde como las piedras de la calle... ¡Y qué manos tiene! Siempre toca bien, pero en una noche como esta es un milagro. A las doce en punto, la hora en que nació Nuestro Señor, cuando el sacerdote levanta la hostia, las voces de su órgano son voces de ángeles. Y no crea que solo lo entiende la gente que sabe de música. Todos esos grupos que ve llegar cantando villancicos a gritos, con sus panderetas y sus tambores, se callan como muertos cuando maese Pérez pone las manos en el órgano. No se oye ni una mosca: de todos los ojos caen lágrimas, y al final se oye como un suspiro enorme, que es la gente que vuelve a respirar... Pero vamos, que ya dejaron de tocar las campanas. Vamos adentro.

Y diciendo esto, la buena mujer cruzó el atrio y, a codazos y empujones, entró en la iglesia y se perdió entre la gente.

La iglesia brillaba con mil luces. Cerca del altar, las damas formaban un círculo brillante de joyas, y junto a ellas, de pie, con sus capas bordadas de oro, los caballeros más nobles de Sevilla parecían un muro que las separaba del pueblo. El pueblo llenaba el fondo de la iglesia con un ruido como el del mar. El arzobispo se sentó junto al altar mayor y bendijo tres veces a la gente.

Era la hora de empezar la misa, pero pasaron unos minutos y el sacerdote no salía. La gente empezó a moverse, impaciente, y el arzobispo mandó a uno de sus ayudantes a la sacristía a preguntar qué pasaba.

—Maese Pérez se puso enfermo, muy enfermo, y no va a poder venir esta noche a la misa —fue la respuesta.

La noticia corrió entre la multitud, y la iglesia se llenó de ruido y de protestas.

En ese momento, un hombre feo, flaco, huesudo y, además, bizco, se acercó al arzobispo.

—Maese Pérez está enfermo —dijo—, y la ceremonia no puede empezar. Si usted quiere, señor arzobispo, yo tocaré el órgano. Maese Pérez no es el mejor organista del mundo, y cuando se muera, este órgano no se va a quedar callado por falta de alguien que sepa tocarlo.

El arzobispo dijo que sí con la cabeza. Algunos fieles conocían a aquel hombre extraño: era un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés. Ya empezaban a protestar, cuando de pronto se oyeron gritos en el atrio:

—¡Maese Pérez está aquí! ¡Maese Pérez está aquí!

Todos volvieron la cara. Era verdad: maese Pérez, pálido y con la cara deshecha, entraba en la iglesia sentado en un sillón que todos querían llevar sobre sus hombros. Ni las órdenes de los médicos ni las lágrimas de su hija habían podido detenerlo en la cama.

—No —había dicho—. Esta es la última vez, lo sé, lo sé, y no quiero morir sin visitar mi órgano, y menos esta noche, en Nochebuena. Vamos, lo quiero, lo mando: vamos a la iglesia.

Lo subieron en brazos a la tribuna del órgano, y empezó la misa. En ese momento el reloj de la catedral daba las doce.

Pasaron las primeras oraciones y llegó la consagración, el momento solemne en que el sacerdote toma la hostia con la punta de los dedos y empieza a levantarla. Una nube de incienso llenó la iglesia, sonaron las campanillas, y maese Pérez puso sus manos tensas sobre las teclas.

Las cien voces de los tubos de metal sonaron en un acorde majestuoso y largo, que se perdió poco a poco, como si se lo llevara el viento. A ese primer acorde, que parecía una voz que subía de la tierra al cielo, respondió otro, lejano y suave, que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de música. Era la voz de los ángeles, que llegaba al mundo.

Luego los cantos se fueron perdiendo uno tras otro, hasta que quedó una sola voz, que sostenía una nota brillante como un hilo de luz... El sacerdote bajó la cabeza, y por encima de su pelo blanco, a través del humo azul del incienso, la gente vio la hostia. En ese instante la nota de maese Pérez se abrió, se abrió, y una explosión gigante de música hizo temblar la iglesia y los cristales de colores de sus ventanas. Parecía que el agua y los pájaros, el viento y los árboles, los hombres y los ángeles, la tierra y el cielo cantaban, cada uno en su idioma, un himno al nacimiento del Salvador.

La multitud escuchaba sin respirar. En todos los ojos había una lágrima. El sacerdote sentía temblar sus manos, porque lo que levantaba en ellas era su Dios, y le pareció ver que el cielo se abría.

El órgano seguía sonando, pero sus voces se apagaban poco a poco, como una voz que se aleja de eco en eco, cuando de pronto se oyó un grito en la tribuna, un grito agudo, terrible: un grito de mujer.

El órgano dio un sonido extraño, como un sollozo, y se quedó mudo.

—¿Qué pasó? ¿Qué pasa? —se preguntaban unos a otros, y nadie sabía responder.

La gente corrió hacia la escalera de la tribuna. Uno de los primeros en subir volvió pálido y fue hacia el arzobispo, que esperaba, como todos, para saber la causa de aquel desorden.

—¿Qué pasó?

—Que maese Pérez acaba de morir.

Los que llegaron a la tribuna vieron al pobre organista caído sobre las teclas de su viejo órgano, que todavía vibraba, mientras su hija, de rodillas a sus pies, lo llamaba en vano entre sollozos.

Pasó un año, y llegó otra Nochebuena.

—Buenas noches, doña Baltasara. ¿Usted también viene esta noche a la Misa del Gallo? Yo pensaba ir a mi parroquia, pero una va adonde va la gente. Y eso que, la verdad, desde que murió maese Pérez, cada vez que entro en Santa Inés siento una piedra sobre el corazón... ¡Pobrecito! ¡Era un santo! Pero así es el mundo: a los muertos nadie los recuerda, y ahora lo que gusta es lo nuevo... ¿Cómo? ¿No sabe nada? Claro, nosotras somos iguales: de la casa a la iglesia y de la iglesia a la casa, sin meternos en nada. Solo que yo, sin querer, una palabra aquí, otra allá, me entero de algunas cosas...

La mujer bajó un poco la voz y siguió:

—Pues sí, señora: esta noche va a tocar en lugar de maese Pérez el organista de San Bartolomé, ese bizco que siempre habla mal de los otros organistas, ese sinvergüenza que parece más un carnicero que un maestro de música. Nadie quería tocar, ni siquiera la hija de maese Pérez, que toca muy bien y que, después de la muerte de su padre, entró de novicia en el convento. Las monjas ya habían decidido que esta noche, en honor del muerto, el órgano se quedaría callado, y entonces, ¡mire usted!, se presenta nuestro hombre y dice que él se atreve a tocarlo... No hay nada más atrevido que la ignorancia. ¡Ay, si el muerto levantara la cabeza, se volvería a morir al oír su órgano en esas manos! Pero, según dicen en el barrio, le tienen preparada una buena: cuando ponga las manos en las teclas, va a empezar un ruido de panderetas y tambores que no se va a oír otra cosa... Pero ¡mire! Ya entra el héroe de la noche. ¡Jesús, qué ropa de colores, qué aires de gran señor! Vamos, vamos, que esta noche vamos a tener mucho que contar.

Y diciendo esto, la buena mujer, que nuestros lectores ya conocen, entró en Santa Inés abriéndose camino, como siempre, a codazos y empujones.

La iglesia brillaba como el año anterior. El nuevo organista, después de besar el anillo del arzobispo, había subido a la tribuna y probaba el órgano con una seriedad tan exagerada como ridícula. Entre la gente pobre del fondo se oía un murmullo sordo; uno preparaba su pandereta, otro su tambor, y solo alguno que otro defendía un poco a aquel hombre, tan orgulloso y tan distinto del humilde y bondadoso maese Pérez.

Por fin llegó la consagración: el sacerdote tomó la hostia en sus manos, sonaron las campanillas, subió el humo del incienso, y sonó el órgano.

En ese instante, un ruido enorme llenó la iglesia y ahogó el primer acorde: gaitas, panderetas, tambores, todos los instrumentos del pueblo sonaron a la vez. Pero el escándalo duró solo unos segundos. Todos se callaron de pronto, a la vez, como habían empezado.

El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, seguía saliendo de los tubos del órgano como una cascada de música sin fin. Cantos del cielo que el alma oye y los labios no pueden repetir, el murmullo de las hojas en los árboles, el canto de los pájaros, el ruido de una tormenta, un coro de ángeles... Todo lo decían las cien voces del órgano, con más fuerza, con más misterio y más poesía que nunca.

Cuando el organista bajó de la tribuna, tanta gente corrió a verlo y admirarlo que casi no pudo llegar hasta el altar mayor, donde lo esperaba el arzobispo.

—Ya ve —le dijo el arzobispo—: vengo desde mi palacio solo para escucharlo. ¿Va a ser usted tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso ahorrarme el viaje y tocar en Nochebuena en la catedral?

—El año que viene —respondió el organista— le prometo darle ese gusto, porque no volvería a tocar este órgano ni por todo el oro del mundo.

—¿Y por qué?

—Porque... —dijo el organista, tratando de controlar la emoción que se veía en la palidez de su cara—, porque es viejo y malo, y no puede expresar todo lo que uno quiere.

Más tarde, cuando ya todos se habían ido, dos mujeres se alejaban de la iglesia por una calle oscura.

—¿Qué quiere usted, doña Baltasara? —decía una de ellas—. Yo soy así: aunque me lo juren los frailes, no me lo creo del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de oír. ¡Si yo lo oí mil veces en San Bartolomé, su parroquia, de donde el cura lo tuvo que echar por malo, y había que taparse los oídos! Y además, basta mirarle la cara, que es el espejo del alma... Yo me acuerdo de maese Pérez cuando, en una noche como esta, bajaba de la tribuna con una sonrisa tan buena... Era viejo y parecía un ángel. En cambio este bajó la escalera dando tropezones, como si lo persiguiera un perro, con una cara de muerto... Mire, doña Baltasara, créame: yo sospecho que aquí hay misterio.

Hablando de esto, las dos mujeres doblaron la esquina y desaparecieron.

No hace falta decirles a nuestros lectores quién era una de ellas.

Pasó otro año. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de maese Pérez hablaban en voz baja, medio escondidas entre las sombras del coro. La campana llamaba a misa desde la torre, pero esta vez el atrio estaba silencioso y vacío, y en la iglesia solo unos pocos vecinos del barrio esperaban tranquilamente la Misa del Gallo.

—Ya lo ves —decía la abadesa—, tu miedo es cosa de niños: no hay nadie en la iglesia, porque toda Sevilla va esta noche a la catedral. Toca tú el órgano, y tócalo sin miedo... Pero sigues callada y suspirando. ¿Qué te pasa?

—Tengo... miedo —dijo la joven, con la voz temblorosa.

—¡Miedo! ¿De qué?

—No sé... de algo sobrenatural... Anoche, madre, quise preparar el órgano para darle una sorpresa hoy. Vine al coro... sola... Abrí la puerta que lleva a la tribuna... En ese momento el reloj de la catedral daba una hora, no sé cuál, con unas campanadas tristísimas, muchas, muchas... Y yo me quedé allí, en la puerta, como clavada.

Bajó la voz y siguió:

—La iglesia estaba vacía y oscura... Allá lejos, al fondo, brillaba como una estrella perdida la luz débil de la lámpara del altar mayor... Y a esa luz vi... lo vi, madre, no lo dude: vi a un hombre que, en silencio y de espaldas a mí, pasaba las manos por las teclas del órgano... Y el órgano sonaba, pero de una manera imposible de explicar: cada nota parecía un sollozo ahogado dentro de los tubos de metal. Yo oía hasta su respiración. El miedo me había helado la sangre. Quise gritar, pero no pude. Aquel hombre había vuelto la cara y me había mirado... no, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!

—¡Bah, hija! Olvida esas fantasías, que el demonio usa para asustar a las almas débiles. Reza un padrenuestro y un avemaría para que san Miguel te proteja de los malos espíritus, y ve a la tribuna: la misa va a empezar. Tu padre está en el cielo, y desde allí, en vez de asustarte, bajará a ayudar a su hija en esta noche que él tanto amaba.

La abadesa fue a sentarse en el coro, entre las monjas. La hija de maese Pérez abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna, se sentó en el banco del órgano, y empezó la misa.

La misa siguió sin nada especial hasta que llegó la consagración. En ese momento sonó el órgano, y al mismo tiempo se oyó un grito de la hija de maese Pérez.

La abadesa, las monjas y algunos fieles corrieron a la tribuna.

—¡Mírenlo, mírenlo! —decía la joven, con los ojos fijos en el banco del órgano, del que se había levantado asustada para agarrarse con las dos manos a la barandilla.

Todos miraron hacia allí. No había nadie sentado al órgano, y sin embargo el órgano seguía sonando... sonando como si lo tocaran los ángeles.

—¿No se lo dije yo mil veces, doña Baltasara? ¿No se lo dije? ¿Cómo? ¿No estuvo usted anoche en la Misa del Gallo? Bueno, ya sabrá lo que pasó; en toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está furioso, y con razón: no fue a Santa Inés, no pudo ver el milagro... ¿y para qué? Para oír al famoso organista de San Bartolomé, que en la catedral, dicen, no hizo más que ruido... Ya lo decía yo. Lo del año pasado no pudo tocarlo el bizco, ¡mentira! Aquí hay misterio.

Y el misterio era, en efecto, el alma de maese Pérez.

Noch keine Übersetzung vorhanden.

Sätze werden geladen …

100+
50+
20+
10+
5+
4
3
2
1

Willkommen zurück!

Bitte melde Dich an, um fortzufahren.

Noch kein Konto? Registrieren