Legenden

El rayo de luna

Der Mondstrahl

In Soria sieht ein junger Adliger, der Träume den Menschen vorzieht, in einer Sommernacht zwischen den Ruinen der Templer etwas Weißes, das sich im Mondlicht bewegt.

Kapitel 4 Spanisch B1 Mittelstufe
Nomen Eigenname Verb Hilfsverb Adjektiv Adverb Pronomen Determinativ Adposition Zahlwort Nebenordnende Konjunktion Unterordnende Konjunktion Partikel Interjektion Sonstiges

Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia. Lo que sí puedo decir es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste. Otro, con esta idea, tal vez habría escrito un libro de filosofía; yo escribí esta leyenda, que, a los que no vean nada en su fondo, por lo menos podrá entretenerlos un rato.

Era noble y había nacido entre el ruido de las armas, pero ni el grito de una trompa de guerra le habría hecho levantar la cabeza del viejo pergamino donde leía los versos de un trovador.

—¿Dónde está Manrique? ¿Dónde está su señor? —preguntaba a veces su madre.

—No sabemos —respondían los criados—. Quizás está en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de una tumba, escuchando a ver si oye alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el puente, mirando pasar las olas del río; o entre las rocas, contando las estrellas. Estará en cualquier parte, menos donde está todo el mundo.

Y era verdad: Manrique amaba la soledad, y la amaba tanto que algunas veces habría querido no tener sombra, para que su sombra no lo siguiera a todas partes. En la soledad, libre su imaginación, creaba un mundo fantástico, lleno de seres extraños, hijos de sus sueños de poeta.

Creía que entre las brasas del fuego vivían espíritus de mil colores, que corrían como insectos de oro por los troncos encendidos, y pasaba horas sentado junto a la alta chimenea, inmóvil, con los ojos fijos en las llamas. Creía que en el fondo del río y sobre la niebla del lago vivían unas mujeres misteriosas que suspiraban, cantaban y reían en el murmullo del agua, y él lo escuchaba en silencio, tratando de entenderlo.

¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante: a esta porque era rubia, a aquella porque tenía los labios rojos, a la otra porque se movía al andar como un junco.

A veces se quedaba una noche entera mirando la luna y las estrellas, y decía:

—Si es verdad que esos puntos de luz pueden ser mundos, si es verdad que en la luna vive gente, ¡qué hermosas serán las mujeres de esos mundos de luz! Y yo no podré verlas, y yo no podré amarlas... ¿Cómo será su belleza? ¿Cómo será su amor?

Sobre el Duero, junto a las viejas murallas de Soria, hay un puente que lleva de la ciudad al antiguo convento de los templarios, en la otra orilla del río. En la época de esta historia, los caballeros de la Orden ya lo habían abandonado, pero todavía se veían los grandes arcos de su claustro, cubiertos de hiedra, y en sus jardines, donde ya no entraba nadie, las plantas crecían libres entre los álamos.

Era una noche de verano, tibia, llena de perfumes y de rumores suaves, con una luna blanca en medio de un cielo azul y transparente. Manrique, con la imaginación llena de poesía, cruzó el puente, miró un momento la silueta negra de la ciudad y entró en las ruinas desiertas de los templarios.

Era medianoche. Al entrar en un camino oscuro de álamos que iba del claustro a la orilla del Duero, Manrique dio un grito débil y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de miedo y de alegría.

Al fondo del camino había visto moverse una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la oscuridad: el borde del vestido de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se escondía entre las hojas.

—¡Una mujer desconocida! ¡En este lugar! ¡A estas horas! Esa, esa es la mujer que busco —exclamó Manrique, y corrió tras ella, rápido como una flecha.

Llegó al lugar donde la había visto perderse entre las ramas. Ya no estaba. Allá lejos, entre los troncos de los árboles, creyó ver una forma blanca que se movía.

—¡Es ella, es ella! ¡Tiene alas en los pies y huye como una sombra! —dijo, y corrió de nuevo, apartando las ramas con las manos—. Oigo sus pasos sobre las hojas secas y el ruido de su vestido... Creo que habló... No hay duda, habló... ¿En qué idioma? No sé, pero era una lengua extranjera...

Y corría como un loco de aquí para allá, y no la veía. A veces creía verla, a veces creía oírla; ya le parecía que se movían las ramas por donde ella había pasado, ya creía sentir en el aire su perfume. ¡Esfuerzo inútil!

Así anduvo varias horas, fuera de sí, hasta que llegó al pie de las rocas sobre las que está la ermita de San Saturio, y subió a lo más alto para ver mejor. Desde allí se ve una gran parte del Duero, que corre oscuro y rápido entre sus orillas. De pronto, la luz de la luna le mostró una barca que iba a toda prisa hacia la otra orilla, y en la barca creyó ver una forma blanca: una mujer, sin duda, la mujer de sus sueños.

Bajó de las rocas con la agilidad de un ciervo, tiró al suelo el sombrero y la capa para correr mejor, y salió a toda velocidad hacia el puente. Quería llegar a la ciudad antes que la barca. ¡Locura! Cuando llegó, sin aliento y cubierto de sudor, los que habían cruzado el río ya entraban en Soria por la puerta de San Saturio, una pequeña puerta de la muralla.

No perdió la esperanza de descubrir en qué casa vivían. Entró en la ciudad y empezó a andar sin rumbo por las calles del barrio de San Juan, oscuras y estrechas. Un silencio profundo reinaba en ellas, y solo lo interrumpían de vez en cuando el ladrido lejano de un perro o el ruido de una puerta al cerrarse; a Manrique, cada ruido le parecía el paso de alguien que acababa de doblar la esquina.

Por fin se detuvo al pie de una casa de piedra, oscura y muy antigua, y sus ojos brillaron de alegría. En una de las altas ventanas se veía una luz tibia y suave que pasaba por unas cortinas de seda color de rosa.

—No hay duda: aquí vive mi desconocida —murmuró el joven, sin apartar los ojos de la ventana—. Ella entró por la puerta de San Saturio... Por esa puerta se llega a este barrio... Y en este barrio hay una casa donde, pasada la medianoche, todavía hay alguien despierto... ¿Quién, sino ella, que vuelve de sus paseos nocturnos, puede estar despierto a estas horas? Esta es su casa.

Seguro de esto, esperó el amanecer frente a la ventana. En toda la noche no se apagó la luz, y él no dejó de mirarla ni un momento.

Cuando llegó el día, la gran puerta de la casa se abrió con un chirrido largo y agudo, y apareció un criado con un manojo de llaves en la mano, frotándose los ojos y bostezando con una boca llena de dientes que le habría dado envidia a un cocodrilo. En cuanto Manrique lo vio, se lanzó hacia él y lo agarró del brazo:

—¿Quién vive en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿Tiene esposo? ¡Responde, animal!

El pobre criado lo miró un buen rato con ojos asustados, y por fin le contestó:

—En esta casa vive el señor don Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor el rey. Lo hirieron en la guerra contra los moros, y está en esta ciudad para recuperarse.

—Pero ¿y su hija? —lo interrumpió el joven, impaciente—. ¿O su hermana, o su esposa, o lo que sea?

—No tiene ninguna mujer con él.

—¡Ninguna! Entonces, ¿quién duerme allí, en aquella habitación donde vi una luz toda la noche?

—¿Allí? Allí duerme mi señor don Alonso, que, como está enfermo, deja la lámpara encendida hasta que amanece.

Un rayo que hubiera caído a sus pies no lo habría asombrado más que estas palabras.

Pasó el tiempo, pero Manrique no se rindió.

—La voy a encontrar —se decía—. Y si la encuentro, la voy a reconocer. ¿Cómo? No lo sé... pero el eco de sus pasos, una sola palabra suya, el borde de su vestido me bastarán. Noche y día veo flotar delante de mis ojos aquella tela blanca; noche y día oigo dentro de la cabeza el ruido de su vestido y el rumor de sus palabras. ¿Qué dijo? ¡Ah, si yo pudiera saber lo que dijo!... Es verdad que ya recorrí inútilmente todas las calles de Soria; que pasé noches y noches quieto como un poste en una esquina; que gasté veinte monedas de oro para hacer hablar a los criados de las casas; que una noche seguí como un tonto la litera de un sacerdote, creyendo que el borde de su ropa era el vestido de mi desconocida... Pero no importa: la voy a encontrar.

—¿Cómo serán sus ojos? —se preguntaba—. Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la noche. Y su pelo, negro, muy negro y largo... Me parece que lo vi flotar aquella noche, y era negro. Y es alta, alta y delgada como los ángeles de piedra de las puertas de nuestras iglesias. Y su voz es suave como el viento en las hojas de los álamos. Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños, que piensa como yo pienso, que ama lo que yo amo, ¿no me va a amar como ya la amo yo, con todas las fuerzas de mi vida? Vamos al lugar donde la vi la primera y única vez... ¿Quién sabe si, amiga de la soledad como yo, no viene a pasear entre las ruinas en el silencio de la noche?

Habían pasado dos meses desde que el criado de don Alonso le había quitado la ilusión; dos meses en los que cada hora había construido un castillo en el aire que la realidad deshacía de un soplo, y en los que había buscado en vano a aquella mujer desconocida, por la que sentía un amor absurdo que crecía con sus fantasías. Una noche, perdido en estas ideas, cruzó el puente que lleva a los templarios y entró en sus jardines.

La noche estaba tranquila y hermosa; la luna llena brillaba en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba dulcemente entre las hojas de los árboles.

Manrique llegó al claustro y miró entre sus columnas... Estaba desierto. Salió, se dirigió hacia el camino oscuro de álamos que baja al Duero, y todavía no había entrado en él cuando se le escapó un grito de alegría.

Había visto flotar un instante y desaparecer el borde del vestido blanco, del vestido blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.

Corrió, corrió a buscarla; llegó al lugar donde la había visto desaparecer, pero al llegar se detuvo, fijó en el suelo los ojos llenos de espanto y se quedó un momento inmóvil. Un ligero temblor le recorrió el cuerpo, un temblor que fue creciendo, creciendo, hasta que por fin estalló en una carcajada, una carcajada fuerte, aguda, horrible.

Aquella cosa blanca, ligera, que flotaba, había vuelto a brillar ante sus ojos; pero había brillado a sus pies un instante, nada más que un instante.

Era un rayo de luna, un rayo de luna que entraba de vez en cuando entre las ramas verdes de los árboles, cuando el viento las movía.

Pasaron algunos años. Manrique, sentado junto a la alta chimenea de su castillo, casi inmóvil, con una mirada perdida e inquieta, apenas prestaba atención a las caricias de su madre o a los consuelos de sus criados.

—Tú eres joven, tú eres hermoso —le decía ella—. ¿Por qué te encierras en la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer a quien amar y que, amándote, pueda hacerte feliz?

—¡El amor! El amor es un rayo de luna —murmuraba el joven.

—¿Por qué no despierta de ese sueño, señor? —le decía uno de sus escuderos—. Póngase la armadura de pies a cabeza, mande levantar su bandera, y vamos a la guerra. En la guerra se encuentra la gloria.

—¡La gloria! La gloria es un rayo de luna.

—¿Quiere que le cante una canción, la última que compuso el trovador Arnaldo?

—¡No! ¡No! —exclamó el joven, enderezándose furioso en su asiento—. No quiero nada... Es decir, sí: quiero que me dejen solo... Canciones, mujeres, gloria, felicidad... Todo es mentira, fantasmas que creamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro gusto, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué? ¿Para qué? Para encontrar un rayo de luna.

Manrique estaba loco; por lo menos, eso creía todo el mundo. A mí, en cambio, me parece que lo que había hecho era recuperar el juicio.

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