Después de la cueva, siguieron su camino con el estudiante, y esa noche llegaron a una posada. Sancho se alegró mucho, porque esta vez su amo dijo «posada» y no «castillo», como otras veces. Poco después entró un hombre que llevaba el ojo izquierdo y media mejilla tapados con un parche verde.
—Señor posadero, ¿hay sitio para esta noche? Aquí viene el mono adivino con el teatro de Melisendra.
—¡Pero si es maese Pedro! —dijo el posadero—. ¡Para usted siempre hay sitio! ¡Esta noche va a ser buena!
Maese Pedro salió a buscar su carreta, y el posadero les explicó quién era: un titiritero famoso que iba de pueblo en pueblo con un teatro de títeres y un mono increíble. Si alguien le hacía una pregunta, el mono le hablaba al oído a su amo, y maese Pedro decía la respuesta, por dos reales.
Volvió maese Pedro con su carreta, su teatro y el mono, grande y sin cola. Don Quijote le preguntó enseguida:
—Dígame, señor adivino: ¿qué va a ser de nosotros? Aquí tiene mis dos reales.
—Señor —respondió maese Pedro—, este animal no sabe nada del futuro. Sabe algo del pasado, y un poco del presente.
—¡Pues yo no pago para que me digan lo que ya me pasó! —dijo Sancho—. ¿Quién lo sabe mejor que yo? Pero si sabe el presente, aquí tiene mis dos reales: que me diga el señor mono qué hace ahora mi mujer.
Maese Pedro no quiso tomar el dinero antes de la respuesta. Se dio dos golpes en el hombro izquierdo, y el mono saltó encima, acercó la boca a su oído y movió la boca muy rápido, como si hablara. Después saltó al suelo. Entonces maese Pedro corrió a ponerse de rodillas delante de don Quijote y le abrazó las piernas.
—¡Oh, famoso don Quijote de la Mancha, que resucitó la olvidada caballería andante! ¡Oh, ayuda de los débiles y consuelo de los tristes!
Todos se quedaron con la boca abierta. Y maese Pedro siguió:
—Y tú, buen Sancho Panza, el mejor escudero del mejor caballero del mundo, alégrate: tu mujer está bien. Ahora mismo está trabajando el lino, y a su izquierda tiene una jarra de vino, para trabajar más contenta.
—Eso lo creo muy bien —dijo Sancho—. Mi mujer sabe cuidarse.
—¡Hay monos que adivinan! —dijo don Quijote, admirado—. Yo soy, sin duda, ese don Quijote de la Mancha.
Maese Pedro dijo que, en honor de don Quijote, iba a mostrar su teatro gratis a todos los de la posada. Mientras lo preparaba, don Quijote llevó a Sancho a un rincón.
—Mira, Sancho, creo que este maese Pedro tiene un pacto con el diablo. Por eso su mono sabe el pasado y el presente, pero no el futuro: el futuro solo lo sabe Dios.
—Aun así —dijo Sancho—, me gustaría que el mono nos dijera si es verdad lo que le pasó a usted en la cueva de Montesinos. Yo creo, con perdón, que todo fue mentira, o por lo menos un sueño.
Don Quijote se lo preguntó a maese Pedro, y el mono subió otra vez al hombro de su amo.
—El mono dice que una parte de lo que usted vio en esa cueva es falsa, y otra parte puede ser verdad —dijo maese Pedro—. Si quiere saber más, tiene que esperar al viernes. Hoy ya se le terminó el poder.
—¿No lo decía yo? —dijo Sancho.
—El tiempo lo va a decir, Sancho —respondió don Quijote—. Ahora vamos a ver el teatro.
El teatro estaba lleno de velas encendidas. Maese Pedro se puso dentro, para mover los títeres, y fuera se quedó un muchacho con un palito en la mano, para señalarlos y contar la historia. Todos los de la posada se sentaron delante, y don Quijote y Sancho tuvieron los mejores lugares. Sonaron tambores y trompetas, y el muchacho empezó:
—Esta historia verdadera cuenta cómo don Gaiferos liberó a su esposa Melisendra, prisionera de los moros en la ciudad de Sansueña. Miren allí al emperador Carlomagno, con su corona: regaña a don Gaiferos, que juega y ya no se acuerda de su esposa. Y en aquella torre, en el balcón, está la hermosa Melisendra, que mira el camino de Francia y piensa en su esposo.
—Aquí llega don Gaiferos a caballo —siguió el muchacho—. Melisendra lo reconoce y baja del balcón para subir al caballo. Pero ¡ay!, su falda se queda enganchada en un hierro, y ella queda colgada en el aire. Don Gaiferos la baja, sin importarle la falda, y de un salto la pone en su caballo, detrás de él. ¡Y salen de la ciudad hacia París! Pero alguien los vio y avisó al rey Marsilio, el rey de los moros. Escuchen cómo suenan las campanas en todas las torres de la ciudad.
—¡Eso no! —dijo don Quijote—. Los moros no usan campanas, sino tambores.
—No se fije en tonterías, señor don Quijote —dijo maese Pedro desde dentro—. Sigue, muchacho.
—Miren cuántos caballeros moros salen de la ciudad detrás de los dos esposos —dijo el muchacho—. ¡Cuántas trompetas, cuántos tambores! Me temo que los van a alcanzar y los van a traer atados a la cola de su caballo.
Don Quijote vio tantos moros y oyó tanto ruido que decidió ayudar a los que huían. Se levantó y gritó:
—¡Mientras yo viva, nadie va a hacerle daño a un caballero tan famoso como don Gaiferos! ¡Alto, canallas! ¡No los sigan, o van a luchar conmigo!
Sacó la espada, saltó junto al teatro y empezó a dar golpes con una furia nunca vista. A unos moros los tiraba al suelo, a otros les cortaba la cabeza. Uno de sus golpes pasó muy cerca de maese Pedro, que tuvo que agacharse muy rápido.
—¡Deténgase, señor don Quijote! —gritaba maese Pedro—. ¡Estos no son moros de verdad, sino títeres! ¡Ay de mí, que me destruye todo lo que tengo!
Pero don Quijote no se detuvo. En dos minutos, el teatro estaba en el suelo, hecho pedazos, con todos sus títeres: el rey Marsilio, muy mal herido, y el emperador Carlomagno, con la corona y la cabeza partidas en dos. La gente gritaba, el mono se escapó por el tejado, y hasta Sancho tuvo mucho miedo: nunca había visto a su señor tan furioso. Por fin, don Quijote se calmó un poco.
—Quiero ver aquí a todos los que dicen que los caballeros andantes no sirven para nada —dijo—. Sin mí, esos perros iban a alcanzar al buen don Gaiferos y a la hermosa Melisendra. ¡Viva la caballería andante!
—Viva, sí —dijo maese Pedro con voz triste—, y que me muera yo. Hace media hora era señor de reyes y emperadores, y ahora soy pobre, y además estoy sin mi mono.
—Ahora lo entiendo —dijo don Quijote—. Los encantadores que me persiguen me muestran las cosas como son, y después me las cambian. A mí me pareció que todo era real: Melisendra era Melisendra, y los moros eran moros. La culpa no es mía, sino de mis enemigos. Pero quiero pagar el daño. Diga, maese Pedro, cuánto quiere por los títeres rotos.
El posadero y Sancho hicieron de jueces. Maese Pedro levantó del suelo al rey Marsilio, sin cabeza.
—Este rey ya no tiene arreglo. Por él pido cuatro reales y medio.
—¡Adelante! —dijo don Quijote.
—Por este Carlomagno, partido de arriba abajo, cinco reales y cuarto.
—No es poco —dijo Sancho.
—Que le den los cinco reales y cuarto —dijo don Quijote—. Y termine pronto, maese Pedro, que ya es hora de cenar.
—Por esta, sin nariz y con un ojo menos, que es la hermosa Melisendra, pido dos reales y medio.
—¡Eso no! —dijo don Quijote—. Melisendra y su esposo ya están, por lo menos, en la frontera de Francia, porque su caballo parecía volar. No me venda gato por liebre: esta no es Melisendra.
Maese Pedro vio que don Quijote volvía a su locura, y no quiso perder su dinero.
—Entonces no debe de ser Melisendra, sino una de sus doncellas. Por ella me conformo con dos reales.
Así siguió con todos los títeres rotos, y Sancho pagó en total más de cuarenta reales, y dos más para buscar al mono. Después todos cenaron en paz, y don Quijote, que era muy generoso, pagó la cena de todos. Al día siguiente, antes del amanecer, maese Pedro recogió los restos de su teatro y a su mono, que ya había vuelto, y se fue. No quería hablar más con don Quijote, porque lo conocía muy bien.
¿Quién era, en realidad, maese Pedro? Era Ginés de Pasamonte, el preso que don Quijote liberó en su viaje anterior. La justicia lo buscaba por sus muchos delitos, y por eso se tapó el ojo izquierdo con un parche y se hizo titiritero. Le enseñó a su mono a subirse a su hombro con una señal y a mover la boca junto a su oído. Antes de entrar en un pueblo, Ginés preguntaba en los pueblos de al lado qué le había pasado a la gente de allí. Después, el mono «adivinaba», y todos creían en él. Así, cuando entró en la posada, reconoció enseguida a don Quijote y a Sancho, y le fue muy fácil sorprenderlos. Pero esa noche estuvo a punto de pagarlo caro: la espada que le cortó la cabeza al rey Marsilio casi le corta la suya.