Don Quijote de la Mancha, segunda parte

Los duques

En un prado, don Quijote y Sancho conocen a una duquesa que ya sabe muy bien quiénes son.

Capítulo 7 Espanhol A2 Básico
Substantivo Substantivo próprio Verbo Verbo auxiliar Adjetivo Advérbio Pronome Determinante Adposição Numeral Conjunção coordenativa Conjunção subordinativa Partícula Interjeição Outro

Una tarde, a la hora en que se ponía el sol, don Quijote y Sancho salieron de un bosque y vieron un prado verde. Al final del prado había mucha gente a caballo: eran cazadores. Entre ellos venía una señora muy elegante, vestida de verde, sobre un caballo blanco. En la mano izquierda llevaba un halcón. Don Quijote entendió enseguida que era una gran señora y que todos aquellos cazadores eran suyos.

—Corre, Sancho, hijo —dijo—. Dile a aquella señora que el Caballero de los Leones le besa las manos y que quiere servirla. Y habla bien: no le digas ninguno de tus refranes.

Sancho fue rápido en su burro hasta la señora, bajó y se puso de rodillas delante de ella.

—Hermosa señora —le dijo—, aquel caballero que está allí es mi amo, el Caballero de los Leones. Yo soy su escudero, y en mi casa me llaman Sancho Panza. Mi amo le pide permiso para venir a servirla.

—Levántese, buen escudero —respondió la señora—. Y dígame: su amo, ¿no es don Quijote de la Mancha, el del libro? ¿El que ama a una tal Dulcinea del Toboso?

—El mismo, señora. Y el escudero del libro, ese Sancho Panza, soy yo.

—¡Qué alegría! Dígale a su señor que es muy bienvenido. Mi marido, el duque, y yo tenemos un castillo aquí cerca.

Mientras Sancho volvía para contarle todo a su amo, la duquesa llamó al duque y le explicó quién venía. Los dos habían leído el libro de las aventuras de don Quijote y sabían que estaba loco. Por eso decidieron recibirlo como a un caballero andante de los libros, con todas las ceremonias, para divertirse con él. Y todos sus criados tenían que seguir el juego.

Don Quijote llegó en Rocinante, muy derecho. Sancho quiso bajar rápido de su burro para sostenerle el estribo, pero se le enganchó un pie en una cuerda y se quedó colgado, con la cara en el suelo. Don Quijote bajó sin mirar, y como la silla de Rocinante estaba mal atada, caballero y silla terminaron juntos en el suelo.

Los cazadores levantaron a don Quijote, y el duque bajó de su caballo para abrazarlo.

—Lo siento mucho, señor Caballero de los Leones. Su primera visita a mis tierras empezó mal.

—No importa, señor duque —respondió don Quijote—. La alegría de conocerlos a ustedes es tan grande que ninguna caída puede ser mala.

Después fueron todos hacia el castillo. La duquesa quiso tener a Sancho a su lado, porque le gustaba mucho oírlo hablar. El duque se adelantó para dar órdenes a sus criados.

En el patio del castillo, dos jóvenes le pusieron a don Quijote sobre los hombros una capa roja muy fina. Desde las ventanas, los criados gritaban:

—¡Bienvenido sea el mejor de los caballeros andantes!

Y le echaban agua de flores. Don Quijote no podía creerlo. Aquel día, por primera vez, se sintió de verdad un caballero andante, porque lo trataban como a los caballeros de sus libros.

Sancho, en cambio, pensaba en su burro, que se había quedado solo en la puerta. El duque le dijo muy serio:

—No se preocupe, Sancho. Su burro va a recibir el mismo trato que usted.

En la cena sentaron a don Quijote en el lugar más importante de la mesa. La duquesa le preguntó por la señora Dulcinea.

—Ay, señora —respondió don Quijote—. Unos encantadores la convirtieron en la campesina más fea que se puede imaginar.

—Pues a mí me parece la criatura más hermosa del mundo —dijo Sancho—. Y salta sobre una burra como un gato. Yo la vi.

Los duques tuvieron que hacer un gran esfuerzo para no reírse.

En los días siguientes, Sancho pasó muchas horas con la duquesa. Ella se reía con sus historias y sus refranes, y siempre le hablaba con mucha cortesía. Un día le dijo:

—Usted va a ser gobernador, Sancho. Mi marido tiene una isla, y se la va a dar.

Sancho casi lloró de alegría. Por fin iba a tener su isla.

Una semana después, los duques llevaron a sus invitados a cazar a un bosque. Cuando apareció un jabalí enorme, don Quijote sacó la espada para esperarlo, y Sancho corrió a subirse a un árbol. Una rama se rompió, y se quedó colgado de otra, cabeza abajo, gritando, con su burro al lado. Los cazadores mataron al jabalí, y don Quijote bajó a Sancho del árbol.

Al anochecer, de repente, el bosque pareció arder por todas partes. Se oyeron trompetas, tambores y gritos de guerra, como si pasaran muchos ejércitos. Todos se asustaron, también los que sabían la verdad. Entonces pasó delante de ellos un hombre vestido de diablo, tocando un cuerno enorme.

—¿Quién es usted y adónde va? —le preguntó el duque.

—Soy el Diablo —respondió con una voz terrible—. Busco a don Quijote de la Mancha. Por aquí vienen unos encantadores con la señora Dulcinea del Toboso, para decirle a don Quijote cómo puede liberarla de su encantamiento.

El Diablo le dijo a don Quijote que esperara allí, tocó otra vez el cuerno y se fue.

—Aquí voy a esperar —dijo don Quijote—, aunque venga contra mí todo el infierno.

Se hizo de noche del todo. Por el bosque corrían luces, y se oía un ruido terrible de carros y de batallas por los cuatro lados. Sancho se desmayó en la falda de la duquesa, y tuvieron que echarle agua en la cara. Pasaron tres carros con tres viejos magos, y después se oyó una música suave.

—Señora —le dijo Sancho a la duquesa—, donde hay música no puede haber nada malo.

Entonces llegó un carro más grande, lleno de luces. Arriba iba sentada una joven muy hermosa, vestida de plata, con la cara cubierta por un velo fino. A su lado iba una figura con la cabeza tapada con un velo negro. Cuando el carro se paró delante de los duques, la figura se quitó el velo: tenía la cara de la Muerte, un esqueleto. Con voz lenta, dijo:

—Yo soy Merlín, el mago. Desde muy lejos oí llorar a la bella Dulcinea del Toboso, convertida en una pobre campesina. Y vengo a decir cómo se la puede liberar. Valiente don Quijote: para que tu señora vuelva a ser como era, Sancho, tu escudero, tiene que darse tres mil trescientos azotes en el trasero desnudo. Y tienen que dolerle.

—¡Ni tres mil ni tres! —gritó Sancho—. ¿Qué tiene que ver mi trasero con los encantamientos? Si el señor Merlín no conoce otro remedio, la señora Dulcinea puede irse encantada a la tumba.

—Yo te voy a atar desnudo a un árbol —dijo don Quijote, furioso—, y te voy a dar, no tres mil trescientos azotes, sino seis mil seiscientos.

—No puede ser así —dijo Merlín—. Sancho tiene que dárselos por su propia voluntad, no a la fuerza, y cuando él quiera.

—Ni con mi mano ni con la de otro —respondió Sancho—. ¿Soy yo el padre de la señora Dulcinea? Que se azote mi amo, que la llama «mi vida» y «mi alma» a cada momento.

Entonces la joven del carro se levantó y se quitó el velo. Tenía una cara hermosísima, pero habló con una voz fuerte, poco femenina:

—¡Escudero sin corazón! Tengo diecinueve años y estoy perdiendo mi juventud debajo de la piel de una campesina. Mira mis lágrimas. Y si no lo haces por mí, hazlo por tu amo, que tiene el alma en la garganta esperando tu respuesta.

Don Quijote se tocó la garganta.

—Es verdad, señor duque. Aquí tengo el alma.

—Sancho —dijo el duque—, si usted no tiene un corazón más blando, no puede ser gobernador. Yo no puedo enviar a mi isla a un hombre tan duro. O se azota, o no hay isla.

—Señor, ¿no me pueden dar dos días para pensarlo?

—No —dijo Merlín—. Tiene que decidirlo aquí y ahora.

Sancho pensó un momento y suspiró.

—Está bien. Acepto los tres mil trescientos azotes, pero con una condición: yo decido qué días me los doy, y cuántos cada vez, sin prisa. Y si me equivoco al contar, el señor Merlín, que lo sabe todo, me tiene que avisar.

En ese momento volvió a sonar la música. Don Quijote abrazó a Sancho y le dio mil besos en la frente y en la cara. El carro empezó a moverse, y la hermosa Dulcinea, al pasar, saludó a los duques con la cabeza e hizo una gran reverencia a Sancho.

Ya salía el sol. Los duques volvieron a su castillo muy contentos, porque todo había salido como querían. Aquella aventura era una broma suya. El mayordomo del duque, un hombre muy gracioso, la había preparado con los criados: él mismo hizo de Merlín, y un joven criado se vistió de Dulcinea. Y los duques ya pensaban en la próxima broma.

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