Don Quijote de la Mancha, primera parte

El yelmo de Mambrino

Don Quijote cree ver un yelmo de oro en la cabeza de un viajero y piensa en una nueva aventura.

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Empezó a llover un poco. Sancho quería entrar en la casa del batán, pero don Quijote no quiso. Odiaba esos mazos por la broma tan pesada. Tomaron otro camino hacia la derecha. Poco después, don Quijote vio a un hombre a caballo. En la cabeza llevaba algo que brillaba como el oro.

—Sancho —dijo don Quijote—, el refrán dice: «Donde una puerta se cierra, otra se abre». Anoche la suerte nos cerró una puerta con los batanes. Pero ahora nos abre otra, para una aventura mejor. Mira a ese hombre que viene hacia nosotros. Si no me equivoco, lleva en la cabeza el yelmo de Mambrino. ¿Recuerdas mi promesa?

—Mire bien lo que dice, señor, y mejor lo que hace —dijo Sancho—. No quiero otros batanes.

—¡Qué tienen que ver un yelmo y unos batanes! —respondió don Quijote—. ¿No ves a aquel caballero que viene sobre un caballo gris? ¿No ves el yelmo de oro en su cabeza?

—Yo solo veo a un hombre sobre un burro gris, como el mío —respondió Sancho—. Y en la cabeza lleva algo que brilla.

—Pues ese es el yelmo de Mambrino —dijo don Quijote—. Apártate y déjame solo con él. Vas a ver qué rápido termino esta aventura. Y no me hables más de los batanes.

Sancho se calló, porque tenía miedo de su amo.

La verdad era esta. En esa zona había dos pueblos. Uno era tan pequeño que no tenía barbero. Por eso iba allí el barbero del otro pueblo, a cortar barbas y a curar enfermos. Ese día iba en su burro, con su palangana de metal. Cuando empezó a llover, se puso la palangana en la cabeza. Así no se mojaba su sombrero nuevo. La palangana estaba muy limpia, y brillaba desde muy lejos. Pero don Quijote lo veía todo con los ojos de sus libros. Para él, el burro era un caballo y el barbero era un caballero. Y la palangana era un yelmo de oro.

Cuando el barbero estuvo cerca, don Quijote corrió contra él con la lanza.

—¡Defiéndete, miserable! —gritó—. ¡O dame lo que es mío!

El barbero vio venir a ese fantasma con la lanza. Se tiró del burro al suelo. Enseguida se levantó y empezó a correr por el campo, más rápido que el viento. La palangana se quedó en el suelo. Don Quijote estaba muy contento con ella.

—Recoge el yelmo, Sancho —le dijo.

Sancho tomó la palangana en las manos.

—Es una buena palangana —dijo—. Vale por lo menos un real.

Se la dio a su amo, y don Quijote se la puso en la cabeza. La giró a un lado y a otro, buscando la posición correcta, pero no la encontraba.

—Sin duda, el primer dueño de este famoso yelmo tenía una cabeza enorme —dijo—. Y lo peor es que le falta la mitad.

Cuando Sancho oyó llamar yelmo a la palangana, no pudo aguantar la risa. Pero recordó el enojo de su amo y se calló.

—¿De qué te ríes, Sancho?

—Me río de la cabeza enorme de su primer dueño, señor. Este yelmo parece una palangana de barbero.

—¿Sabes qué pienso, Sancho? Este yelmo encantado llegó a manos de alguien que no conocía su valor. Vio que era de oro puro y fundió la mitad para venderla. Con la otra mitad hizo esto, que parece una palangana de barbero. Pero no importa. En el primer pueblo con herrero lo voy a arreglar. Mientras tanto, lo voy a llevar así. Para las piedras va a ser suficiente.

—Sí, pero no contra las piedras de las hondas —dijo Sancho—. Recuerde la batalla de los dos ejércitos. Allí perdió usted los dientes y la lata del bálsamo. ¡Ese bálsamo me hizo vomitar tanto!

—No me importa mucho —dijo don Quijote—. Ya sabes que tengo la receta en la memoria.

—Yo también la tengo —respondió Sancho—. Pero nunca más voy a hacerlo ni a probarlo.

Después Sancho miró el burro del barbero.

—Señor, ¿qué hacemos con este caballo gris que parece un burro? Su dueño corrió tanto que no va a volver por él. ¡Y es un burro muy bueno!

—Yo nunca les quito nada a los que venzo —dijo don Quijote—. Las leyes de la caballería no lo permiten. Solo puedo tomar el caballo del vencido si pierdo el mío en la batalla. Así que deja ese caballo, o burro. Su dueño va a volver por él más tarde.

—Me gustaría cambiarlo por el mío —dijo Sancho—, que es peor. ¡Qué duras son las leyes de la caballería! ¿Y puedo cambiar por lo menos la albarda?

—De eso no estoy seguro —respondió don Quijote—. Pero si la necesitas mucho, puedes cambiarla.

—La necesito mucho, señor —dijo Sancho.

Y le quitó al burro del barbero su albarda nueva. Se la puso a su burro, que quedó muy bonito. Después comieron parte de la comida de los sacerdotes. Bebieron agua del río de los batanes. Pero no miraron los batanes: todavía los odiaban por el miedo de la noche. Subieron a sus animales y siguieron el camino que eligió Rocinante.

—Señor —dijo Sancho por el camino—, estas aventuras no le sirven de mucho. Aquí no hay gente. Nadie las ve, y nadie las va a conocer. ¿No es mejor ir a servir a un emperador? Él lo va a premiar a usted, y alguien va a escribir sus grandes hechos.

—No está mal, Sancho —respondió don Quijote—. Pero primero tengo que ser famoso. Después voy a llegar a la corte de un rey. Me voy a casar con su hija, y voy a ser rey. Y entonces, a ti te voy a hacer conde.

—¡Conde! —dijo Sancho—. Entonces voy a vestirme de oro y de perlas. Y voy a llevar siempre detrás de mí a un barbero. Así hacen los grandes señores con sus criados.

—Muy bien —dijo don Quijote—. Tal vez vas a ser el primer conde con su barbero detrás.

—Del barbero me encargo yo —dijo Sancho—. Usted encárguese de ser rey y de hacerme conde.

—Así va a ser —respondió don Quijote.

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