Don Quijote de la Mancha, primera parte

El vizcaíno

Don Quijote cree que unos frailes llevan a una princesa prisionera y se enfrenta a un escudero de Vizcaya.

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A las tres de la tarde vieron Puerto Lápice.

—Aquí, hermano Sancho Panza, vamos a encontrar muchas aventuras —dijo don Quijote—. Pero escucha bien. Puedes verme en el mayor peligro del mundo, pero no debes sacar tu espada para defenderme. Contra gente baja, sí, puedes ayudarme. Pero contra caballeros, no. Las leyes de la caballería no lo permiten, porque tú no eres caballero.

—Muy bien, señor —respondió Sancho—. Yo soy un hombre de paz, y no me gustan las peleas. Pero si alguien me ataca a mí, me voy a defender. Eso lo permiten todas las leyes.

—De acuerdo —dijo don Quijote—. Pero contra caballeros, nunca.

En ese momento aparecieron por el camino dos frailes de San Benito. Iban sobre dos mulas tan grandes como camellos. Llevaban lentes para el polvo del camino y sombrillas para el sol. Detrás de ellos venía un carruaje. Lo acompañaban cuatro o cinco hombres a caballo y dos muchachos a pie. En el carruaje iba una señora de Vizcaya. Viajaba a Sevilla, donde la esperaba su marido. Él iba a viajar a América para un trabajo muy importante. Los frailes no iban con ella; solo iban por el mismo camino.

—O me equivoco, o esta es la aventura más famosa del mundo —dijo don Quijote—. Esos bultos negros de allí son encantadores. Llevan en ese carruaje a una princesa prisionera. Tengo que salvarla.

—Esto va a ser peor que los molinos de viento —dijo Sancho—. Mire, señor: esos son frailes de San Benito, y el carruaje es de unos viajeros. Mire bien lo que hace. El diablo lo puede engañar.

—Ya te dije, Sancho, que sabes muy poco de aventuras —respondió don Quijote—. Ahora vas a ver que tengo razón.

Se puso en el centro del camino y esperó. Cuando los frailes llegaron cerca, les gritó:

—¡Gente del diablo! ¡Dejen libres ahora mismo a las princesas de ese carruaje! Si no, prepárense para morir.

Los frailes pararon sus mulas, sorprendidos.

—Señor caballero —le respondieron—, nosotros no somos gente del diablo. Somos dos frailes de San Benito. Vamos por nuestro camino, y no sabemos quién va en ese carruaje.

—¡Conmigo no valen las palabras bonitas! —dijo don Quijote—. ¡Ya los conozco, mentirosos!

Y sin esperar más, corrió con la lanza contra el primer fraile. El fraile se tiró de la mula al suelo. Así se salvó de un golpe terrible. El segundo fraile vio a su compañero en el suelo. Entonces empezó a correr por el campo con su mula, más rápido que el viento.

Sancho Panza bajó de su burro y fue hacia el fraile del suelo. Empezó a quitarle la ropa. En ese momento llegaron dos criados de los frailes y le preguntaron por qué lo hacía.

—Esta ropa es mía —respondió Sancho—. Mi señor ganó la batalla, y esto es mi premio.

Los criados no entendían nada de batallas ni de premios. Tiraron a Sancho al suelo, le arrancaron pelos de la barba y le dieron muchas patadas. Lo dejaron en el suelo sin aire y sin sentido. El fraile subió otra vez a su mula, muy pálido. Después se fue con su compañero lo más rápido posible.

Mientras tanto, don Quijote hablaba con la señora del carruaje:

—Hermosa señora, ya es usted libre. Sus enemigos están en el suelo, vencidos por mi brazo. Me llamo don Quijote de la Mancha, caballero andante. Soy prisionero de amor de la bella Dulcinea del Toboso. Solo le pido una cosa como pago. Vaya a El Toboso, preséntese ante mi señora y cuéntele lo que hice por usted.

Uno de los hombres que acompañaban el carruaje lo oyó todo. Era un escudero de Vizcaya. Vio que don Quijote no dejaba pasar el carruaje. Entonces se acercó a él y le agarró la lanza.

—¡Vete, caballero, o te mato! —le gritó—. ¡Deja pasar el carruaje!

—No eres caballero —respondió don Quijote con calma—. Por eso no te castigo.

—¿Que yo no soy caballero? —gritó el vizcaíno—. ¡Mientes! Saca tu espada y vas a ver. ¡Soy hidalgo en la tierra, hidalgo en el mar, hidalgo en todas partes!

—¡Ahora lo vas a ver tú! —respondió don Quijote.

Tiró la lanza al suelo, sacó la espada, tomó el escudo y fue contra el vizcaíno. El vizcaíno iba en una mula mala, y no pudo bajar de ella. Solo pudo sacar su espada. Por suerte estaba cerca del carruaje. Tomó una almohada del carruaje y la usó como escudo. Los demás querían separarlos, pero no pudieron. El vizcaíno gritaba:

—¡Si alguien nos separa, lo mato!

La señora del carruaje tenía mucho miedo. Le ordenó al cochero alejar un poco el carruaje, y desde lejos miraba la pelea.

El vizcaíno le dio a don Quijote un golpe muy fuerte en el hombro. Don Quijote gritó:

—¡Oh, Dulcinea, señora de mi alma, flor de la belleza, ayuda a tu caballero!

Los dos levantaron sus espadas. Todos miraban con miedo. La señora del carruaje y sus criadas rezaban a Dios por el escudero y por ellas.

Esta vez, el vizcaíno golpeó primero, y con mucha fuerza. Ese golpe podía terminar con todas las aventuras de nuestro caballero. Pero la buena suerte movió la espada del vizcaíno. Le dio a don Quijote en el hombro izquierdo. Le quitó toda la armadura de ese lado. También le arrancó una gran parte del casco y la mitad de una oreja. Todo cayó al suelo con un ruido terrible.

¡Qué rabia sintió entonces nuestro caballero! Se levantó sobre los estribos y tomó la espada con las dos manos. Luego le dio al vizcaíno un golpe tremendo. El golpe cayó sobre la almohada y sobre la cabeza del vizcaíno. Al hombre le salió sangre por la nariz, por la boca y por los oídos. Se agarró del cuello de la mula, pero después se soltó. La mula, asustada, empezó a correr por el campo, y el vizcaíno cayó al suelo.

Don Quijote saltó de su caballo y corrió hacia él. Le puso la punta de la espada delante de los ojos.

—¡Ríndete, o te corto la cabeza!

El vizcaíno no podía responder. Entonces llegaron las señoras del carruaje. Le pidieron a don Quijote la vida de su escudero.

—Con mucho gusto, hermosas señoras —respondió don Quijote—. Pero con una condición. Este caballero tiene que ir a El Toboso y presentarse ante la gran Dulcinea. Ella va a decidir qué hacer con él.

La señora tenía mucho miedo. No preguntó quién era Dulcinea, y le prometió todo.

—Confío en su promesa y no le hago más daño —dijo don Quijote.

Mientras tanto, Sancho se levantó del suelo, un poco golpeado. Miró la batalla de su señor y le pidió a Dios una isla para él. Cuando la pelea terminó, se puso de rodillas delante de su amo. Le besó la mano.

—Señor don Quijote —le dijo—, usted ganó una isla en esta batalla. Deme ya su gobierno. Grande o pequeña, yo la voy a gobernar muy bien.

—Escucha, hermano Sancho —respondió don Quijote—. Esta no es una aventura de islas, sino de caminos. En estas aventuras solo se gana una cabeza rota o una oreja menos. Ten paciencia. Vamos a tener otras aventuras, y allí te voy a hacer gobernador, y más.

Sancho le dio las gracias y lo ayudó a subir a Rocinante. Don Quijote entró en un bosque sin despedirse de las señoras del carruaje. Sancho lo siguió en su burro.

—Señor —dijo Sancho—, ese hombre quedó muy mal. Los guardias del rey nos van a buscar. ¿No es mejor escondernos en una iglesia?

—Calla —dijo don Quijote—. ¿Dónde viste tú a un caballero andante delante de un juez?

—Yo no sé nada de eso —respondió Sancho—. Pero usted tiene mucha sangre en esa oreja. Aquí tengo unos trapos limpios y un poco de pomada.

—¡Qué lástima no tener aquí el bálsamo de Fierabrás! —dijo don Quijote—. Con una sola gota, se cura todo.

—¿Qué bálsamo es ese? —preguntó Sancho.

—Yo sé la receta de memoria. Con él no hay que tener miedo a la muerte. Escucha: en las batallas, muchas veces cortan a un caballero por la mitad. Si me pasa a mí, tú tomas la mitad del suelo. La pones con cuidado sobre la otra mitad, en la silla. Tienes que hacerlo enseguida, con la sangre todavía caliente. Después me das dos tragos del bálsamo, y quedo más sano que una manzana.

—¡Entonces ya no quiero la isla! —dijo Sancho—. Solo quiero la receta de ese bálsamo. Lo voy a vender muy caro, y voy a vivir muy bien. ¿Cuesta mucho hacerlo?

—Con menos de tres reales se hace mucho bálsamo.

—¿Y qué espera usted para hacerlo y enseñármelo?

—Calla, amigo —respondió don Quijote—. Más adelante te voy a enseñar secretos más grandes. Ahora vamos a curar mi oreja, porque me duele mucho.

Sancho sacó los trapos y la pomada. Pero entonces don Quijote vio su casco roto, y se enojó muchísimo. Puso la mano en la espada, miró al cielo y dijo:

—Juro no comer en una mesa ni dormir en una cama. Así voy a vivir hasta ganar otro casco tan bueno como este. Se lo voy a quitar a otro caballero. Lo mismo pasó en mis libros con el famoso yelmo de Mambrino.

—Pero, señor —dijo Sancho—, por estos caminos no andan hombres con casco, sino arrieros. ¡Muchos no saben ni qué es un casco!

—Te equivocas —respondió don Quijote—. En menos de dos horas vamos a ver a muchos hombres armados.

Después comieron lo que traía Sancho en las alforjas. Había una cebolla, un poco de queso y pan duro. Para don Quijote no había problema: los caballeros andantes comían lo que encontraban. Comieron los dos en paz y siguieron su camino. Querían llegar a un pueblo antes de la noche, pero no pudieron. La noche los encontró cerca de las chozas de unos pastores de cabras. Allí durmieron. Sancho estaba triste sin una cama. Don Quijote, en cambio, estaba feliz de dormir bajo el cielo, como un verdadero caballero andante.

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