Don Quijote de la Mancha, segunda parte

Alonso Quijano el Bueno

Don Quijote está enfermo en su casa, y sus amigos tratan de animarlo con sus planes de vivir como pastores.

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Don Quijote tuvo fiebre y pasó seis días en la cama. Tal vez era la tristeza de su derrota; tal vez Dios lo quería así. El cura, Sansón Carrasco y el barbero lo visitaban muchas veces, y Sancho Panza no se separaba de su cama. Sus amigos pensaban que estaba triste por su derrota y porque todavía no había visto a Dulcinea desencantada, y trataban de animarlo. Sansón le decía que ya tenía versos para su vida de pastores, y que había comprado con su dinero dos perros muy buenos para cuidar las ovejas. Pero don Quijote seguía triste.

Llamaron al médico. Le tomó el pulso y no le gustó nada. Dijo que don Quijote tenía que pensar en la salud de su alma, porque la del cuerpo estaba en peligro. Don Quijote lo escuchó tranquilo, pero el ama, la sobrina y Sancho empezaron a llorar, como si ya estuviera muerto. Según el médico, la tristeza lo estaba matando.

Don Quijote pidió que lo dejaran solo, porque quería dormir un poco. Durmió más de seis horas seguidas, tanto que el ama y la sobrina tuvieron miedo de que no despertara. Por fin despertó y dijo en voz alta:

—¡Bendito sea Dios, que tanto bien me hizo!

La sobrina notó que hablaba con más juicio que de costumbre.

—¿Qué dice usted, tío? ¿Pasó algo?

—Sí, sobrina. Ya tengo el juicio libre y claro. Los libros de caballerías, que leí sin parar durante tantos años, me llenaron la cabeza de sombras. Ahora veo sus mentiras y sus tonterías, y solo siento descubrirlo tan tarde. Me siento cerca de la muerte, sobrina, y no quiero morir con fama de loco. Llama a mis buenos amigos, el cura, Sansón Carrasco y el barbero: quiero confesarme y hacer mi testamento.

En ese momento entraron los tres. Don Quijote, al verlos, dijo:

—Tengo una buena noticia, señores: ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron el nombre de Bueno. Ahora odio los libros de caballerías y todas sus historias. Ya sé lo tonto que fui y el peligro en que me puso leerlos.

Los tres pensaron que era una nueva locura.

—¿Ahora, señor don Quijote? —dijo Sansón—. ¿Ahora que sabemos que la señora Dulcinea ya no está encantada? ¿Ahora que estamos a punto de hacernos pastores y pasar la vida cantando? Déjese de cuentos.

—Señores, siento que me muero, y muy rápido. Dejen las bromas. Mientras el señor cura me confiesa, vayan a buscar a un notario para hacer mi testamento.

Los amigos se miraron, sorprendidos. Don Quijote hablaba con tanto juicio que al final le creyeron. Y una señal de que se moría era precisamente esa: que había pasado tan fácilmente de loco a cuerdo.

El cura hizo salir a todos y lo confesó. Sansón fue a buscar al notario y volvió con él. Sancho, al ver llorar al ama y a la sobrina, empezó a llorar también. Cuando terminó la confesión, el cura salió y dijo:

—De verdad se muere, y de verdad está cuerdo Alonso Quijano el Bueno. Ya podemos entrar, para que haga su testamento.

Con esta noticia, el ama, la sobrina y Sancho lloraron todavía más. Porque don Quijote, cuando era Alonso Quijano y cuando era don Quijote de la Mancha, siempre fue un hombre bueno y amable, y todos los que lo conocían lo querían.

Entraron todos con el notario, y don Quijote empezó su testamento:

—Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene un dinero mío. Quiero que nadie le pida cuentas de ese dinero. Si sobra algo, después de pagarse lo que le debo, que sea para él. Y si, loco, le di el gobierno de una isla, ahora, cuerdo, le daría un reino, si pudiera, porque lo merece por su sencillez y su lealtad.

Después se volvió hacia Sancho:

—Perdóname, amigo. Por mi culpa pareciste tan loco como yo, porque te hice creer que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

—¡Ay! —respondió Sancho, llorando—. ¡No se muera usted, señor mío! Hágame caso y viva muchos años. La mayor locura de un hombre es dejarse morir así, sin que nadie lo mate, solo de tristeza. No sea perezoso: levántese de esa cama y vámonos al campo vestidos de pastores, como decidimos. Tal vez detrás de algún arbusto encontramos a la señora Dulcinea ya desencantada. Y si se muere de pena por su derrota, écheme la culpa a mí: diga que lo tiraron al suelo porque yo até mal la silla de Rocinante. Además, usted leyó en sus libros que los caballeros se tiran unos a otros del caballo todos los días, y el que hoy pierde, mañana gana.

—Así es —dijo Sansón—. El buen Sancho tiene toda la razón.

—Señores —dijo don Quijote—, vamos despacio. Las cosas ya no son como antes. Yo fui loco, y ya soy cuerdo. Fui don Quijote de la Mancha, y soy ahora, como dije, Alonso Quijano el Bueno. Siga usted, señor notario.

Dejó su casa y todos sus bienes a su sobrina, Antonia Quijana. Pero primero había que pagarle al ama el sueldo de todos sus años de servicio, y algo más para un vestido. Y pidió una cosa más: si Antonia quería casarse, tenía que ser con un hombre que no supiera qué eran los libros de caballerías. Si se casaba con un hombre que los conocía, iba a perder toda la herencia.

Cuando terminó el testamento, don Quijote se desmayó y se quedó tendido en la cama. Vivió todavía tres días, y se desmayaba muy a menudo. La casa estaba revuelta, pero aun así la sobrina comía, el ama bebía y Sancho estaba bastante alegre, porque la idea de recibir una herencia les quitaba un poco la tristeza.

Por fin llegó el último día de don Quijote. Recibió los sacramentos y habló una vez más contra los libros de caballerías. El notario, que estaba allí, dijo que, en los libros de caballerías, ningún caballero andante moría en su cama tan tranquilo y tan cristiano como don Quijote. Y así, entre las lágrimas de todos, se murió.

El cura le pidió al notario un papel firmado: Alonso Quijano el Bueno, llamado don Quijote de la Mancha, había muerto de muerte natural. Así ningún otro escritor podía resucitarlo y escribir nuevas historias falsas de sus hazañas.

Sancho, la sobrina y el ama lloraron mucho por él. Sansón Carrasco escribió unos versos para su tumba. Decían que aquel hidalgo fue tan valiente que asustó a todo el mundo, y que tuvo la suerte de vivir loco y morir cuerdo.

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